Sherlock Holmes en el siglo XXI

Sherlock, serie de la BBC¿Ha dejado Sherlock Holmes de estar alguna vez de moda? Pocos personajes tan fértiles conoce la historia de la ficción, de tal modo que fue morir su creador, Arthur Conan Doyle, y comenzar la segunda vida del gran detective, bajo la forma de los pastiches y las adaptaciones a distintos formatos de sus aventuras. En este incipiente siglo XXI, en concreto, la sombra de Holmes está siendo bastante alargada. Primero de forma encubierta, mediante personajes claramente inspirados en su figura: por ejemplo, el misantrópico, drogadicto e inteligentísimo doctor House encarnado por Hugh Laurie en la serie televisiva que discurrió entre 2004 y 2012. En cine, el director inglés Guy Ritchie y el actor Robert Downey jr son las cabezas visibles de una nueva franquicia sobre el personaje, que se sitúa teóricamente en su época original, el final de la Inglaterra victoriana, pero mediante una mirada «posmoderna» que añade a su figura un toque de action hero bastante repelente y una aureola pseudo-existencialista no menos cargante. Puestos a revisar las bases del personaje, mucho mejor lo hace una serie británica, llamada escuetamente Sherlock, que empezó su andadura en el año 2010 y lleva, hasta el momento, dos temporadas compuestas únicamente por tres capítulos de 90 minutos de duración, más el anuncio del inmediato estreno, en enero de 2014, de la tercera. Una serie que sitúa las coordenadas de la creación de Conan Doyle en la época contemporánea, mediante un muy atractivo proceso de adaptación, y que tiene su cabeza visible en la excelente interpretación que del gran detective propone el actor Benedict Cumberbatch. Su papel en esta serie le ha hecho dar el salto al cine y a convertirse en uno de los actores de moda, como prueba el numeroso conjunto de estrenos que acumula este 2013 que acaba, y todos ellos films de grandes expectativas, ya por estar vinculadas a franquicias de gran éxito, ya por presentarse como cine de ambiciosas intenciones críticas: Star Trek: En la oscuridad, El Hobbit: La desolación de Smaug, El quinto poder, 12 años de esclavitud…

No es la primera vez que se lleva a Holmes al tiempo presente. El más famoso ciclo cinematográfico del personaje, compuesto por 14 películas rodadas en el Hollywood clásico entre 1939 y 1946, ya lo había hecho, aunque no se recuerde precisamente por ese detalle. Coetáneo de la II Guerra Mundial, los jerarcas de la Universal —estudio que retomó la serie después de sus dos primeros títulos, filmados en la Fox y que sí se sitúan en la época original— no se resistieron a enfrentar al detective (encarnado por el excelente actor Basil Rathbone) contra los nazis, por ejemplo. Sin embargo, el paso del tiempo ha dotado a ese ciclo de una imagen antañona que no delata precisamente modernidad, de modo que difícilmente puede compararse su coetaneidad con la que luce la serie Sherlock.

Los protagonistas de La pandilla plumillaEstamos ante una producción de la BBC creada por Mark Gatiss y Steven Moffat, nombres unidos al desarrollo actual de una de las series más longevas y míticas de la televisión británica, Dr. Who. Gatiss, de quien no tenía la menor referencia, parece una figura de considerable versatilidad: además de crear y escribir algunos capítulos de la serie (en la 2ª temporada), asume en ella nada menos que el intérprete del personaje de Mycroft, el hermano del detective. Sí conocía ya el nombre de Moffat, que asocio a una modesta pero magnífica serie que se emitió en los inicios de Canal Plus en España y que, creo, apenas tuvo repercusión en nuestro país. Se trata de La pandilla plumilla (gracioso rebautizo del original Press Gang), que narraba las andanzas de un grupo de escolares que publican un periódico juvenil, excusa argumental que servía a Moffat, su alma mater, para desarrollar un magnífico estudio de personajes, bañado en sentido del humor y del detalle, cuyo ingenio y brillantez psicológica estaban a años luz de esas series de adolescentes coetáneas que tan de moda se pusieron en los Estados Unidos de la época (por ejemplo, Salvados por la campana), y que hace que guarde de ella un recuerdo entrañable. El currículum de Moffat, además, incluye una participación en el guión de Las aventuras de Tintín (2011), de Spielberg.

El comentario que sigue se refiere a la primera temporada de la serie, compuesta por tres capítulos emitidos originalmente en las islas los días 25 de julio, 1 y 8 de agosto de 2010. Tres capítulos que pueden dividirse, realmente, en dos tandas. El primero, Estudio en rosa, y el último, El gran juego, están dirigidos por Paul McGuigan y escritos por Moffat. El segundo, El banquero ciego, acredita en esas labores a Euros Lyn y Steve Thompson. Y la diferencia es abismal. Quien comience a ver la serie por este segundo capítulo no podrá hacerse una idea de su brillantez, pues es completamente vulgar y, en especial, los personajes carecen de la vida que tienen en los otros dos. Son éstos los que marcan lo memorable de esta nueva visión sobre Holmes.

¿Cómo dibujar a Sherlock Holmes en los inicios de este siglo XXI? En primer lugar, y como es lógico, respetando el carácter básico del personaje y sus circunstancias: la esencia Holmes, sin duda, debe permanecer, pues de lo contrario no tiene sentido arrogarse un nombre y una aureola para atraer espectadores. Sherlock Holmes sigue siendo dueño de unas increíbles dotes deductivas, si bien él insiste en señalar que él solamente ve donde todos los demás miran. Por supuesto, continúa siendo detective. Pero no un detective común, de esos que se anuncian en las páginas de los periódicos o ponen un cartel anunciador en la ventana de sus oficinas. Él se presenta como el único detective consultor del mundo. No necesita abrir una oficina: las personas interesadas en recurrir a sus dotes se dirigen a él.

Tres Sherlock Holmes distintosHolmes, en vez de despacho profesional, tiene una página web titulada La Ciencia de la Deducción, del mismo modo que, cuando Watson, al igual que en los relatos, comienza a escribir acerca de los casos de su amigo, lo hace a través de su propio blog. Es lógico: las nuevas tecnologías se hallan muy presentes, como no podía ser menos, en la vida de alguien cuya mayor habilidad es saber procesar de modo adecuado toda la información de la que dispone. En las historias de detectives de la época clásica, la información era algo así como un venero oculto, y poco abundante, que había que saber encontrar. Ahora es un torrente que amenaza con ahogar a quien no sepa cómo canalizar tan descontrolada corriente.

Consciente de su inigualable capacidad, Holmes sigue siendo el mismo tipo seguro y arrogante de siempre. Arrogancia que todos toman por inhumanidad. De hecho, y es un buen hallazgo de los guionistas, los policías que se ven obligados a tragarse la bilis al ver cómo se ven postergados en la escena del crimen tan pronto aparece ese asesor externo no dudan en calificar a Holmes como un freak, incluso como algo más: como un psicópata en potencia, alguien que disfruta con un crimen y que si hasta ahora se ha conformado con ir en busca de cadáveres que investigar, en un futuro no muy lejano puede que sea él quien los «produzca». Holmes, eso sí, los corrige: él no es un psicópata, sino un sociópata. La riqueza psicológica de Moffat añade todavía un matiz más. El inspector Lestrade —quien aquí no es el patán obtuso y vanidoso de las infinitas películas y series sobre las creaciones de Conan Doyle, sino un hombre bien consciente de sus limitaciones y que por ello prefiere contar con la colaboración del mejor— le dirá a Watson en el final del episodio inaugural que Sherlock Holmes «es un gran hombre y algún día, con suerte, será un buen hombre».

En efecto, las imágenes del medio audiovisual, por su capacidad para desnudar cualquier mínimo gesto de sus personajes, se encargan de subrayar no ya la misantropía del Holmes original, sino su condición de criatura perdida en un mundo que comprende mejor que nadie pero que no lo comprende a él. Quien, por cierto, tampoco pretende ser aceptado por los demás como uno de ellos: no sólo es bien consciente de su diferencia, sino que ni siquiera intenta que su vida ofrezca la menor transacción con la normalidad. Así, su forma de tratar a los demás carece del menor calor humano —sólo, ocasionalmente, con Watson, la única persona con la que entabla algo parecido (para los demás, solo lejanamente) a la amistad—, hasta tal punto que hace comprensible la notable antipatía que todos sienten por él. «No he dicho nada», exclama el inspector Lestrade, ante la mirada de reproche de Holmes, que está examinando un cadáver, quien replica, implacable: «Estabas pensando. Es molesto».

Bonita y clásica ilustración de Holmes, por S. PagetPor supuesto, nada de esto funcionaría sin la excelente interpretación de Benedict Cumberbatch. Su performance empieza, como no podía ser menos, por la concordancia de su físico con el dibujo que todos esperamos del personaje. Alto, delgado, con un cuerpo que se intuye capaz de un esfuerzo físico que, en él, no es incompatible con sus cualidades reflexivas, Cumberbatch traduce además a la perfección las dos características centrales del personaje. Primero, su capacidad para mirar (sin hacer de ello un tic, el actor hace una brillante composición del gesto de escudriñar un cuerpo o un espacio en busca de cualquier mínimo indicio); segundo, la avasalladora voluntad para imponerse en todo momento, acompañado, claro, de la frustrante impaciencia cuando tarda en conseguirlo. El Holmes de Cumberbatch no economiza gestos; de hecho, remarca su alegría cuando algo excita su mente, del mismo modo que un momento después su rostro puede encerrarse bajo una máscara de impenetrabilidad. Añadamos a ello ya detalles propios de una personal caracterización para la serie, como es una apariencia un tanto bohemia (melena descuidada, bufanda al cuello, largo abrigo negro). Y es cierto que es un Holmes muy joven (34 años en esta primera temporada), pero ello no impide que su forma de conducirse por el mundo delate la madurez de alguien que, por desgracia, conoce demasiado…

¿Y el fundamental personaje del doctor Watson? Como es lógico, se ha buscado a un intérprete cuyo aspecto exterior y gestualidad sean mucho más corrientes, incluso vulgares. El actor elegido, Martin Freeman —el Bilbo Bolsón de El Hobbit, de Peter Jackson—, cumple de modo eficaz con lo que se pide de él: sin carisma para no competir con Holmes, pero con el suficiente carácter como para no verse reducido al mero papel de comparsa. Por fortuna, este Watson no es el pánfilo de tantas adaptaciones sobre los dos personajes, sino justo eso, un hombre no excepcional con una vida no excepcional, que se siente tanto fascinado como abrumado por su cercanía a la excepcionalidad que supone su compañero.

Watson, veterano de AfganistánMoffat y Gatiss no descuidan la buena construcción de la relación entre ambos hombres, en especial en su encuentro. Y es que, por mucho que ambos sean indisociables, eso no quiere decir que haya que dar por sentado su mutua compañía de cualquier manera. En el arranque de Escándalo en rosa se nos muestra a Watson teniendo pesadillas por su participación como médico militar en la guerra de Afganistán, conflicto del cual vuelve con una aparente secuela física: una cojera que lo obliga a utilizar un bastón. A partir de ahí, el guión incluye una sugerente interpretación de la necesidad que Watson sentirá por Holmes y su mundo de excitante actividad, que resulta muy coherente con los escritos del Canon. Y es que, del mismo modo que el detective necesita el crimen como excitación de su intelecto, Watson también esconde un anhelo interior. El detective lo analiza al instante: su cojera es psicosomática, como le han dicho los psicólogos, pero no por su trauma posbélico, sino por todo lo contrario, por su temor a la vida rutinaria del regreso a casa. Y uno de los mejores elementos dramáticos de Escándalo en rosa será precisamente la naturalidad de la curación de Watson, embebido en el vértigo de la lucha contra el reloj en que Holmes lo ha embarcado. Al final del capítulo, ya no necesitará su bastón para nada.

Otro elemento que vincula a ambos hombres, de modo oportuno, tiene ya que ver con los tópicos y roles impuestos anacrónicamente a los personajes. Y es la sugerencia homosexual: ya se sabe que una buena cantidad de héroes de la ficción, por el mero hecho de ser camaradas masculinos, han sido reinterpretados desde esa óptica por la más banal crítica psicoanalítica, de Batman y Robin a Roberto Alcázar y Pedrín. Los guionistas no lo eluden. Así, en los primeros momentos más de una vez se ven interpelados acerca de una posible relación e incluso, en una divertida escena, el mismo Holmes llega a dudar acerca de si Watson le está ofreciendo algo más.

Otros reconocibles elementos del Canon (1) no pueden faltar. Empezando por el mítico domicilio del dúo en el 221b de Baker Street y por su patrona, la señora Hudson. Divertidamente, Holmes se la presenta a Watson como una mujer que le debe un favor porque hace años su marido fue condenado a muerte en Florida. «¿Consiguió usted impedir la ejecución?», pregunta Watson. «Oh, no, me aseguré de ello», responde con alegría Holmes. Además del mencionado Lestrade, también interviene Mycroft, el también agudísimo hermano de Sherlock, quien sigue siendo un hombre situado en las oscuras antesalas del gobierno británico.

El actual Museo de Sherlock Holmes, en el 221b de Baker Street

No falta, claro, el imprescindible Moriarty, cuyo nombre se revela hacia el final del primer capítulo y ya actúa claramente como el rival en la sombra de Holmes a lo largo del tercero. Atención a la sorpresa que produce su aparición final, muy distinta a lo que se podía esperar por parte de los holmesiómanos.

En fin, tampoco falta alguna de las frases icónicas del detective. Por ejemplo, el célebre grito jubiloso «¡El juego ha comenzado / The Game is on!» al lanzarse a la resolución de un caso largamente esperado. Por supuesto, toca el violín, practica el tiro contra la pared (aunque no dibujando las iniciales V. R, o sea, Victoria Regina), usa una lupa aunque no la clásica y, en vez de utilizar una pipa («En Londres se ha puesto extremadamente difícil fumar», argumenta) se pone parches de nicotina. Eso sí, cuando necesita concentrarse, donde el Holmes original señalaba que estaba ante un problema de tres pipas, en este caso lo es de tres parches (y Cumberbatch se arremanga la camisa para mostrárselo a Watson).

Hasta hace todavía no mucho, los críticos utilizaban el término «realización televisiva» para calificar aquellos trabajos de dirección de cine especialmente feos y monótonos. Hoy ya no es posible, porque la revolución audiovisual, incluso narrativa, de las series televisivas es evidente, como prueba el fértil trasvase que se está produciendo entre ambos medios. Sherlock es cine visto a través de una pantalla de televisión (el formato panorámico de los receptores actuales potencia el efecto), y la realización (me refiero a la de Paul McGuigan, no por nada firmante de tres películas para la gran pantalla, si bien es verdad que ninguna de especial repercusión) posee una notable prestancia cinematográfica. En concreto, la modernidad de este nuevo Holmes se remarca materializando sobre la imagen, sin necesidad de monótonos cambios de plano, los textos extraídos de los numerosos aparatos tecnológicos usados por los personajes (especialmente el móvil, que ahora sustituye a la lupa como imprescindible adminículo del detective en sus investigaciones) o las deducciones que ésterealiza ante cuerpos y escenarios. Se otorga así un conseguido sentido del dinamismo a las imágenes, al mismo tiempo que se subraya, con coherencia, la importancia multimedia de este nuevo universo en el que vive el gran detective.

Holmes y Watson, por su retratista original Sidney PagetEstudio en rosa homenajea el título de la aventura inaugural del tándem escrita por Conan Doyle (si bien luego casi nada tiene que ver) y sin duda supone el mejor capítulo de los tres y una pequeña obra maestra en sí misma. Y ello porque sabe alternar magníficamente varios puntos de interés argumental, desde el encuentro entre los dos protagonistas a la caracterización de sus respectivos mundos, amén de ofrecer un magnífico caso para las habilidades del detective. Se trata de una serie de aparentes suicidios que, en realidad, esconden sofisticadísimos asesinatos obra de un serial killer que obliga a sus víctimas a ingerir un veneno. En su extraordinaria parte final, Holmes descubrirá que ese resbaladizo asesino del que ya había adivinado que tenía que ser alguien que pasa desapercibido en medio del tráfago habitual de las calles, es un taxista. Un taxista de maquiavélica inteligencia que obliga a determinados pasajeros a someterse al infernal juego de tener que elegir una de las dos cápsulas que les ofrece. Y que acabará arrastrando a Holmes, con el vértigo de sus propias palabras, a someterse voluntariamente al mismo reto, de tal modo que Watson tendrá que salvarle de modo literal la vida… cometiendo lo que, más o menos justificadamente, no es sino un asesinato. Se ofrece así una estremecedora mirada sobre la necesidad de ese ser de inteligencia excepcional que necesita continuos, y peligrosos, estimulantes para hacer frente a la tediosa normalidad. Y se dota a la relación de ambos de una necesidad: cada uno da al otro algo que éste necesita, Watson el contacto con la realidad vulgar, Holmes el estímulo de lo diferente.

El banquero ciego, ya lo he dicho, es un episodio vulgar desde cualquier punto de vista, y su distancia con los otros dos lo remarca, incluso, la ausencia de los personajes secundarios de Lestrade y su equipo policial o Mycroft. Desde la insustancialidad de los personajes —su única «aportación» es introducir un rol femenino como interés sentimental de Watson— a la falta de interés de su argumento, que enfrenta a la pareja con una siniestramente tópica banda de gángsters chinos. En suma, un guión anodino y una realización no menos aburrida, de lo cual incluso se contagia el dibujo de Holmes.

Por último, El gran juego recupera el brío del capítulo inicial, enfrentando a Holmes con un sofisticado asesino que lo reta a resolver contra el reloj una serie de crímenes bajo la amenaza de hacer volar por los aires a un rehén a cuyo cuerpo ha atado una bomba. Moffat, por cierto, mezcla con su argumento original uno de los relatos del Canon, Los planos del Bruce-Partington, acerca del robo de unos valiosos planos (ahora de un misil, en el original un submarino) vitales para la seguridad nacional, lo cual lleva al mismísimo Mycroft a presionar a su hermano para encontrarlos. Holmes y Watson, por tanto, hacen frente a dos casos finalmente unidos por el lógico eslabón: Moriarty, que hace acto final de presencia. El episodio, y la temporada, concluyen con un estupendo cliffhanger que hace aún más necesario el dirigirse rápidamente a los nuevos capítulos.

(1) Término bajo el que los incondicionales del personaje conocen el conjunto de novelas y relatos que fueron escritos por el propio Arthur Conan Doyle, y que juega, de modo gracioso, con el segundo nombre del autor.

Sherlock y Watson, en la nueva serie de la BBC

FICHA DE LA SERIE

Título: Sherlock / Sherlock. Año: 2010 (temporada 1ª).

Creadores: Mark Gatiss y Steven Moffat. Dirección: Paul McGuigan (cap. 1 y 3) y Euros Lyn (cap. 2). Guión: Steven Moffat (1 y 3) y Steve Thompson (2). Reparto: Benedict Cumberbatch (Sherlock Holmes), Martin Freeman (Dr. John Watson), Rupert Graves (Inspector Lestrade), Una Stubbs (Sra. Hudson), Andrew Scott (Moriarty). Duración de cada capítulo: 90 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Sherlock Holmes en el siglo XXI

  1. Renaissance dijo:

    La primera película de Sherlock de Guy Ritchie me entretuvo, la segunda me pareció algo más floja, y sobre todo, muy eclipsada tras la visión de Moffat de Sherlock. No me parece una nueva versión, ni su interpretación, sino realmente cómo podría haber funcionado el personaje de Conan Doyle en la época actual. Algunos detalles, y momentos de humor, son muy suyos (la frase “estoy en shock. Tengo una manta de shock” se ha convertido un clásico entre la gente que conozco), pero tiene detalles como no recurrir a Moriarty como archienemigo contínuo, cosa que los pastiches y la cultura popular han adoptado como canon.

    • Uff, la película de Ritchie me picó el “amor propio”: nunca imaginé que vería el torso desnudo de Holmes, a éste con tantos músculos como Lobezno y practicando boxeo al estilo “300”: el brazo se lanza al ralentí y de pronto se vuelve supersónico. A los Reyes les he pedido la segunda temporada de “Sherlock”, a ver si se he sido lo suficientemente bueno. Solo temo una sobrecarga Cumberbatch: está empezando a hacer tantas películas como Michael Fassbender, y por buenos que sean los dos todo acaba cansando…

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