El regreso de los tripulantes de la Enterprise

La nave estelar Enterprise

Queda muy poco para el esperado estreno de la segunda película del reformulado Star Trek, y por ello es oportuno recordar los parámetros de esta nueva fórmula, tal como se plantearon en el previo, y ya de por sí excelente, primer título dirigido por J.J. Abrams. Pues si hay algo que caracteriza la longeva saga de Star Trek —hoy se utiliza más bien el feo término «franquicia»— es, sin duda, su capacidad de autorre-generación. La serie original creada por Gene Roddenberry en 1966, y estrenada en nuestro país bajo el entrañable título de La conquista del espacio, se cerró en 1969 al cabo de tan solo tres temporadas. Diez años después, y amparada en el increíble fenómeno de fans conocido como trekkiemanía, dio el salto a la gran pantalla por medio de una superproducción de gran presupuesto que se tituló, con sencillez pero al tiempo rotundidad, Star Trek. The Movie (1979), y que se confió a un solvente veterano del Hollywood clásico como Robert Wise. El éxito de la película dio origen a un primer ciclo formado por cinco secuelas más, protagonizado siempre por el mismo elenco de la serie televisiva original, que se cerró en 1991 por puras razones de agotamiento, así como de envejecimiento del reparto. Sin embargo, entremedias había surgido, de nuevo en el medio televisivo, una nueva serie, titulada precisamente Star Trek: la nueva generación (siete temporadas, entre 1987 y 1994), cuyos actores y personajes relevarían, en cine, al casting clásico, prorrogando la saga por cuatro películas más, hasta 2002. En plena fiebre actual de eso que llaman reboots, o sea, la reformulación de sagas, series o ciclos de probado éxito, era lógico que se intentara reflotar de nuevo Star Trek, teniendo en cuenta además que el espectacular avance de la CGI justo en los años anteriores se prestaba de manera eminente para dotar de nuevo atractivo a sus aventuras.

Star Trek, el título escogido para el reinicio de las aventuras, ya no propone un nuevo relevo a los mandos de la Enterprise, sino una vuelta a los orígenes, como es lógico en los reboots, algo que tiene el atractivo de reunir a nuevos y viejos seguidores de la serie, es decir, tanto a los nostálgicos de la tripulación clásica como a quienes, meramente, confían en asistir a una película cuyos ingredientes ya se sabe que han contado con un masivo apoyo popular durante décadas. De este modo, esta película nuevamente seminal lo que narra, sencillamente, es la primera misión de esa tripulación de la Enterprise, y por lo tanto la forma en que se conocen y unen sus trayectorias, muchos años antes del momento en que se inició, de forma «oficial», su saga.

Aunque no lo parezcan, son los mismosDesde este punto de vista, el primer acierto de esta estupenda película es el interés con que el guión sabe volver a situar en primer plano a esos nombres viejos del capitán Kirk, del señor Spock, del doctor Bones y los demás (Uhura, Scottie, Sulu y Chekov) con el barniz de la juventud. Hay que tener en cuenta que el público potencial de este proyecto estaba compuesto por muchos más espectadores además de los trekkies enganchados en distintas etapas, quienes no tienen por qué ni conocer especialmente a aquellos personajes, ni tenerles especial simpatía porque sí. El gran error de la primera película cinematográfica del ciclo, la dirigida por Robert Wise, era precisamente que sus responsables consideraron que bastaba con ir haciendo aparecer a los reconocibles rostros de la serie para ganarse el aplauso inmediato, sin intentar de ningún modo caracterizarlos de modo psicológico: eran tan sólo un rostro con un nombre. Con ello, se ignoraba tanto a los que no los conocían como a los espectadores venideros a quienes aquellos también traerían sin cuidado. (Advierto aquí que este es mi caso: nunca he sido un trekkie, y de hecho solo he visto los tres primeros títulos de la saga, sin que ninguno de ellos me dejara especial huella, salvo el primero, y más bien por el cariño con que recuerdo el impacto de su visionado en cine con pocos años de edad.)

Los guionistas Roberto Orci y Alex Kurtzman, supongo que siguiendo las instrucciones de quienes financian el film —pensar que hay algún tipo de iniciativa personal en este tipo de proyectos creo que es utopía, e incluyo en esta consideración la labor del aplaudido director J.J. Abrams—, sí se preocupan por fijar la personalidad de los tripulantes de la Enterprise, en especial de sus miembros más relevantes. Esto quiere decir que se toman el cuidado de seguir las trayectorias de sus dos protagonistas, Kirk y Spock, desde su infancia (incluso se muestra el nacimiento del primero, cuya relevancia argumental ya es otro acierto singular del film), pero también los del resto de tripulantes. De estos, quienes reciben más atención son el doctor Bones, siempre el supuesto secundario carismático del grupo, y la xenolingüista Uhura (antes creo que era la especialista en comunicaciones, sin más), a quien además se convierte en amante de Spock, un rasgo humanizador del entrañable vulcaniano. Pero también se tiene el buen gusto de dar a los otros tres tripulantes clásicos, el ruso Chekov, el oriental Sulu y el inefable ingeniero de vuelo Scottie un momento para el debido lucimiento que permite que el espectador los corporice y sean algo más que un nombre: así, gracias a un error de novato del piloto Chekov, la Enterprise saldrá más tarde que el resto de la flota estelar y eso les salvará la vida; Sulu participa en la más espectacular secuencia de acción de la película al lado de Kirk; y el ingreso de Scottie en la historia, retardado con astucia, permite dedicarle un pequeño tiempo para sellar el pintoresquismo de su trazado básico (el clásico genio destartalado, acompañado aquí además por una mascota monstruosa-pero-graciosa).

La nave romuliana NaradaLa historia comienza de modo espléndido: en medio de las estrellas surge un artefacto espacial que parece un monstruoso pulpo plagado de afilados tentáculos, dispuesto a devorar una nave con el mismo diseño de la Enterprise aunque no lo es. En pocos minutos, la nave más elegante y diminuta es sometida a un ataque letal que concluye con el asesinato de su comandante y el sacrificio de su nuevo y breve capitán para proteger así la huida de los pequeños vehículos de escape. Ese capitán por doce minutos se llama George Kirk, su esposa es una de las fugitivas y justo en ese momento está dando a luz a su hijo, y su esposo sólo tiene tiempo de decidir el nombre del vástago. Es ciertamente muy buena idea situar el nacimiento del héroe mítico de la serie, el futuro capitán James T. Kirk en las circunstancias más dramáticas —idea que un par de años retomaría otro reboot, el mediocre Conan el bárbaro (2011), haciendo que el héroe nazca en medio de una batalla—, convertido desde su primer llanto en un habitante de las estrellas a quien, desde luego, marcará tal acontecimiento. Y además hay un magnífico momento, de los mejores de toda la película: el movimiento de cámara que sigue al tripulante atrapado por una de las explosiones enemigas, y cuyo cuerpo, seguido siempre por el foco de Abrams, acaba siendo arrastrado al sereno silencio del espacio exterior, donde no cabe el dramático ruido que manifiesta la odisea de la nave. En ese prólogo hay tiempo, además, para señalar que la embarcación tentacular procede del futuro (cuyos tripulantes son una de las razas estelares conocidas por los seguidores de la serie, los romulanos) y que su comandante, el fiero capitán Nero, a quien está buscando es nada menos que a Mr. Spock, el vulcaniano de orejas puntiagudas destinado con el tiempo a ser el amigo del alma del niño que está naciendo en una de las pequeñas naves en fuga. Por supuesto, está claro que ese niño se volverá a encontrar con ese tenebroso armatoste tentacular, aunque deban transcurrir muchos años.

A continuación se produce un salto para mostrar dos momentos de la adolescencia de los dos protagonistas centrales, cuyo objetivo es dejar ya trazadas sus características psicológicas más relevantes. Aquí viene ya uno de los elementos más molestos de la película (y supongo que incongruentes para los trekkies más veteranos), pues resulta que el Kirk frío, tranquilo y sin excentricidades de carácter (algo lógico en manos de un intérprete tan seco como William Shatner) que todos conocíamos, ahora aparece convertido en un rebelde sin causa desinhibido, ligón, espontáneo y nada amigo de cumplir las reglas. Se supone que hay una explicación, y es que esa muerte del padre ha creado, claro, un Kirk «diferente». Pero eso no quita para que el nuevo retrato resulte insufrible, al menos en sus primeras andanzas (al final, uno se acaba acostumbrando), y en especial esa primera secuencia en que un Kirk niño toma «prestado» un coche y se lanza a toda pastilla por una solitaria carretera, atrayendo la persecución de una moto policía (voladora), y estando a punto de precipitarse por un tremendo cañón (en ese momento, uno, alucinado ante semejante macarrilla, piensa que es una lástima que se salve).

Por su parte, en el caso de Spock asistimos a su periodo de formación en su Vulcano natal, soportando el acoso y discriminaciones de unos compañeros que lo han marcado por ser un mestizo de vulcaniano y humana. La agresiva reacción del pequeño Spock, que no duda en responder con violencia, nos muestra, por tanto, que también este conocido personaje va a recibir un tratamiento diferente, se supone que más humano: alguien que es capaz de dejarse arrastrar por los instintos más primarios, y de hecho no será la primera pelea cuerpo a cuerpo que le veremos en el film (de hecho, a quien golpea con rabia un rato más tarde es al mismo Kirk), del mismo modo que, como ya señalaba, llegaremos a verle besando y abrazando a una mujer, a Uhura.

STAR TREKEl nuevo salto temporal ya nos muestra a Kirk joven y bajo los rasgos de Chris Pine (actor que, al menos en este primer capítulo, carece del empaque necesario y no consigue hacer que esa rebeldía del personaje se convierta en un rasgo psicológico «necesario»), en el momento en que, después de una fenomenal trifulca con varios cadetes de la Flota Estelar (durante la cual conoce a Uhura, a quien se intenta ligar), es abordado por el capitán Pike (Bruce Greenwood), quien intenta convencerlo de que su puesto en la vida está en el servicio espacial. Por supuesto, en la conversación entre ambos personajes, y se supone que en la decisión final del inicialmente remiso Kirk, se cuelan tópicos castrenses de toda la vida, empezando por eso de que el hijo de un buen soldado lleva dentro a otro soldado, que incluso debe proponerse mejorar al padre, etcétera. En la nave que lo conduce a la Academia, Kirk conoce al doctor Bones, con quien traba inmediata amistad (Karl Urban, que hizo de Éomer, el heredero de Rohan, en la trilogía de El Señor de los Anillos de Peter Jackson, y que sí tiene la virtud de hacer creíble un nuevo retrato de personaje contestatario y poco amigo de protocolos).

La película vuelve a adquirir notable fuerza a partir del momento en que, por fin, todos los personajes se reúnen a bordo de la Enterprise y parten para una misión que, en el último momento, Kirk reconoce como la misma trampa que la Narada, la nave romulana, tendió a su padre hace 25 años. La trama se concentra ya hasta el final de la película en el enfrentamiento entre los jóvenes reclutas y el vengativo capitán Nero. Vengativo porque finalmente llega la explicación de sus actos: en el futuro, una estrella supernova destruyó Romulo, su planeta natal, destrucción de la que culpa a la Federación Estelar y en concreto al maduro señor Spock, que llegó demasiado tarde para salvarlo, con una misteriosa sustancia, la Materia Roja, capaz de crear instantáneamente un agujero negro (!!) que hubiera absorbido la supernova. Lo que sucedió fue que la Narada fue transportada al pasado, de ahí que Nero haya decidido ejecutar una venganza contra la Federación, primero destruyendo Vulcano (y teniendo al señor Spock como testigo impotente) y luego los principales planetas que forman aquella, empezando, claro, por la misma Tierra. En el curso de la aventura, los protagonistas no sólo deben detener a Nero sino propiciar la extraordinaria amistad que caracterizará la vida de Kirk y Spock, y que parece imposible a tener del enfrentamiento personal que los une por primera vez… y del inesperado hecho de que el comandante de la Enterprise, en un principio, es el vulcaniano y no el terrestre.

Entrañable Spock ancianoOtra espléndida idea de los guionistas es que el deus ex machina que propiciará la resolución positiva de ambos conflictos es… la aparición del mismísimo y original señor Spock en el curso de la aventura, también procedente del futuro en el mismo cataclismo que trajo la amenaza del capitán Nero al pasado. Eso significa una aparición especial de un veteranísimo Leonard Nimoy, casi al borde de los 80, cuya mera presencia no sólo resulta conmovedora sino que consigue proponer sin dificultad alguna como la mejor interpretación de toda la película, dejando en mantillas a Zachary Pinto, que interpreta al Spock joven, y que (como sucede con Kirk) tampoco sale del todo bien parado en el reto: conseguir ese equilibrio entre el lado frío y archilógico de su herencia vulcaniana y su faceta humana, lo que Nimoy (al menos el del cine, el único que yo conozco) deparaba sin problema alguno.

Star Trek, de cualquier modo, es una magnífica película de aventuras espaciales, una space opera que sabe compaginar una trama que contiene la debida solidez dramática con los guiños humorísticos e incluso mitómanos que eran de esperar de cara a los mitómanos de la saga. Al mismo tiempo, y como he leído en varias fuentes, tiene la virtud de proponer un punto de encuentro entre las más populares sagas estelares del cine contemporáneo, es decir, ésta y la de Star Wars. De hecho, en más de un momento no desentonaría que los personajes que se cruzaran con Kirk y compañía fueran los Luke Skywalker, Han Solo u Obi Wan Kenobi, e incluso varios de los escenarios recuerdan poderosamente a los del ciclo orquestado por George Lucas: el árido Vulcano retrotrae a la parte más rocosa de Tatooine, del mismo modo que el helado mundo donde Kirk es abandonado recuerda mucho al Hoth donde se inicia El Imperio contraataca (1980), e incluso la escena en que aquél se tropieza con un par de horribles criaturas empeñadas en comérselo parece un homenaje a la muy parecida peripecia que sufría Luke en el arranque de esa cinta.

Sé que queda por hablar de la supuesta alma mater del proyecto, ese J.J. Abrams que para muchos supone siempre garantía de calidad. Al igual que creo que sucede con los guionistas, lo lógico es pensar que la libertad de acción de Abrams fuera mínima, y que se viera bastante condicionado por la obligación de crear un blockbuster de puro espectáculo. Con todo, y con la suerte de un buen guión, el trabajo de Abrams resulta igualmente solvente. No especialmente destacable, pues posee el mismo vicio de tantos realizadores modernos: que las escenas de acción poseen una agitación que impide, en muchos casos, disfrutar de una correcta claridad narrativa. Pero también es cierto que sabe aprovechar muy bien el increíble trabajo de la dirección artística y de los efectos digitales, consiguiendo que los personajes no pierdan casi nunca su carnalidad y sean devorados por la parafernalia técnica. Es posible que haya que esperar a la inminente secuela del film, Star Trek: En la oscuridad, para comprobar realmente sus capacidades, ahora que el éxito de su paso al cine parece que ha encarrilado su carrera como realizador destacado.

Los planos de la Enterprise

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Star Trek / Star Trek. Año: 2009.

Dirección: J.J. Abrams. Guión: Roberto Orci y Alex Kurtzman; personajes de Gene Roddenberry. Fotografía: Daniel Mindel. Música: Michael Giacchino. Reparto: Chris Pine (Kirk), Zachary Pinto (Spock), Zoe Saldana (Uhura), Eric Bana (Capitán Nero), Karl Urban (Dr. McCoy), Winona Ryder (Madre de Spock), Leonard Nimoy (Spock anciano). Dur.: 127 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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