El rostro impenetrable, romanticismo alemán en ambiente western

One Eyed JacksLa única película que dirigió Marlon Brando se erige hoy día como uno de los westerns más atípicos, raros y fascinantes de la historia del género. En España se lo conoce por un título sin duda memorable pero más bien inexacto: El rostro impenetrable, sin que pueda asegurarse a qué se refiere, ya que el personaje protagonista, por más que a ratos aparezca con gesto inescrutable, en ningún momento resulta impenetrable, sino todo lo contrario. El título original, One-Eyed Jacks, se refiere a las sotas de la baraja de póker americano: hay dos que miran de frente y otras dos de lado, por tanto mostrando un solo ojo, las one-eyed jacks. Y ese título (en plural, claro) sí tiene sentido, porque una de las claves dramáticas del film será precisamente la ambivalencia de sus dos personajes centrales, dos forajidos y antiguos amigos, uno de los cuales, Dad Longworth, parece haberse redimido como sheriff de Monterrey (California) y puntal de la buena sociedad del lugar, y el otro, Rio, ha pasado cinco años en un durísimo penal mexicano rumiando su venganza contra el otro, que lo abandonó en un lance apurado.

Ambivalencia porque, por mucho que sea el protagonista y su condición de perdedor romántico inspire simpatía, Rio (Marlon Brando) en el fondo no es sino un canalla especializado en engañar y seducir a las mujeres, una de las cuales será la hijastra de su enemigo, inocente por tanto de toda culpa. Y aún más ambiguo es Longworth (Karl Malden), a quien el mismo Rio acusa de enseñar a todos un falso rostro mientras esconde el auténtico, como la sota del póker: un cínico hipócrita, que le miente a Rio al asegurarle, en su reencuentro, que en el día fatal intentó regresar a ayudarlo —lo cual tanto el espectador como el protagonista sabemos que es mentira—, pero que, en realidad, lo odia tanto por el temor a su inevitable venganza como por ser el recordatorio viviente de esa época de su vida que tanto se ha esforzado por olvidar.

El film fue iniciado por Stanley Kubrick, pero fue despedido al poco de empezar el rodaje, según se cuenta por el choque de egos con su protagonista, Marlon Brando, entonces de muy superior poder en Hollywood. El actor se hizo cargo personalmente de la dirección, tomándose todo el tiempo del mundo para entregar una película de metraje imposible de estrenar comercialmente. La decepción por el subsiguiente recorte sufrido a manos de los productores disuadió a Brando de volver a ponerse tras las cámaras. Ignoro si es cierta en todo su extremo esta historia o es el clásico rumor sobredimensionado para poner de relieve lo malísimos que eran los productores del Hollywood de antaño y lo poco que les importaba la libertad creativa de sus autores. Pues lo cierto es que el visionado de la película no revela tan tremendo corte de metraje: o el que lo hizo era un genio del montaje o no hay para tanto. Es cierto que El rostro impenetrable se alarga a los 135 minutos para contar una historia realmente parca en peripecias (para lo que estila un western), pero nada sobra ni falta en ella, y uno de sus grandes atractivos es, precisamente, el magnífico tempo de su factura, que en su genial segunda mitad acaba congelando toda acción en una especie de deletéreo presente infinito, que atrapa a los personajes en un impasse que casi los convierte en misteriosas figuras mitológicas sometidas a la arbitrariedad de unos dioses que parecen empeñados en condenarlos a una perpetua dilación, víctimas de sus designios inescrutables: nuevos emblemas de Sísifo.

Amigos y enemigosEl rostro impenetrable cuenta la historia de una venganza. En el arranque de la película, tres forajidos (aunque el tercero, encarnado por el fordiano y entrañable Hank Worden, es eliminado enseguida) roban un banco en alguna perdida localidad mexicana y luego se ven sorprendidos por los rurales cuando ya creían haberlos burlado. La persecución acaba en un dantesco paraje entre montañas arenosas, donde el más joven, Rio, se queda esperando al que cree su amigo, Dad, que ha ido en busca de caballos de refuerzo. Se da la circunstancia añadida de que Rio amañó las suertes echadas para que Dad fuese el que partiera: la traición, así, será más dura, porque él, por amistad, prefirió cargar con la parte más peligrosa. Ese prólogo ya contiene tres elementos característicos de la película. Por un lado, su extrema prolijidad, su falta de sentido de la síntesis, en parte por una cuestión, ya señalada, de tempo, y por otra (y segundo elemento) porque se introduce una aparente digresión —Rio tratando de seducir a una señorita de buena familia— que en ese momento parece la primera concesión de Brando a su divismo, pero que sirve para describir esa debilidad del personaje por engañar a incautas mujeres respetables mediante una combinación de sex-appeal y capacidad de embaucamiento; luego utilizará el mismo tipo de señuelo sentimental con Luisa Longworth.

El tercer elemento es la aparición ya del poderoso tratamiento visual de los escenarios que es el sello principal de El rostro impenetrable. La resolución de la persecución en ese paraje dominado por el viento y el polvo —rodado, claro, en el Valle de la Muerte californiano— convoca una sensación fantasmagórica de enorme fuerza (el momento en que Rio advierte que ha sido rodeado sin remedio es estupendo) e indica la importancia que va a tener la atmósfera en la descripción moral de los personajes. Del mismo modo que Rio no puede ver, en medio de la polvareda, cómo los rurales lo rodean, tampoco ha sabido ver la inevitable traición en el alma de quien considera su amigo.

Hay que decirlo ya: El rostro impenetrable es un inolvidable ejemplo de cine romántico en su sentido más germánico. Es decir, una tragedia marcada de modo inexorable por un destino al que ninguno de sus personajes es capaz de escapar, y en cuya atmósfera luciferina es fundamental el tratamiento del escenario, del paisaje. Todos cuantos aman la película recuerdan, en primer lugar, la singularidad visual que la marca: su desarrollo en escenarios al borde del mar, algo completamente insólito en un western, género que asociamos, antes que nada, con el desierto o con las interminables praderas del interior de los Estados Unidos. Sin embargo, esta presencia constante del mar no es meramente una elección fotogénica: es una elección moral. La presencia constante del mar como testigo de ese enfrentamiento cuasi-mitológico entre los dos antiguos amigos, ahora mortales enemigos, tiene múltiples funciones, todas las cuales se complementan de modo enriquecedor.

Significativo cartel francés del filmEl sonido continuo de las olas (como indica algún personaje) tiene el efecto de enervar los ánimos de los forasteros que llegan a Monterrey con diversos intereses, ninguno de ellos benéfico. La bonita casa de Longworth, de diseño casi a lo Mies van der Rohe, señala el propósito, finalmente vano, de su dueño de dejar atrás un pasado turbio (vivido en lugares sucios, feos, nada honorables, como vimos en el prólogo mexicano). La rocosa playa donde Rio y Luisa viven su noche de amor actúa de inútil alerta para la muchacha, incapaz de escuchar el turbulento ruido de fondo que el forajido enmascara con sus palabras llenas de falsa miel. El mar al otro lado de la ventana que Luisa contempla en su infelicidad, tras haberle revelado Rio el engaño del que le ha hecho víctima, delata que, pese a todo, la muchacha está rendidamente enamorada de aquél. El paraje donde Rio y sus compañeros pasan semanas mientras el primero se cura de sus heridas tiene un doble papel. Por un lado, el pequeño riachuelo, de aguas fétidas y estancadas, al pie del cual se halla el establecimiento donde Rio y sus compañeros han encontrado refugio, supone una metáfora visual del encallecimiento de los dos forajidos que lo acompañan y que serán quienes acaben desatando el violento acto final. Por otro, la playa donde el mar desencadenado vuelve a golpear contra las rocas, mientras Rio practica una y otra vez su habilidad perdida, recuerda constantemente que, al engañar a la muchacha al borde de una playa muy similar, perdió la «legitimidad» de su venganza, y por tanto, acarreó la ira del destino o de los dioses: ese mar agitado, una vez más, actúa como metáfora de la turbulencia interior del protagonista. En cualquier caso y bajo cualquier mirada, la impronta visual que ese mar otorga a El rostro impenetrable resulta imborrable.

Otra cuestión ciertamente fascinadora es que buena parte de la carga dramática que hace tan necesaria la película parte del elemento a priori más temible del film: Marlon Brando dirigiendo a Marlon Brando. Si era lógico temer que El rostro impenetrable constituyera una desatada sinfonía del narcisismo de su gran estrella, lo mágico es que, precisamente, ese narcisismo resulta esencial para la elaboración dramática del film. La profunda carga de masoquismo emocional que respira la historia funde indeleblemente las características y expectativas del Marlon Brando intérprete (eterno sufridor, incluso físicamente, en sus películas más célebres) con las necesidades atmosféricas de la historia. (Y hay que reconocer con rapidez: nadie nunca aprovechó mejor la turbia fotogenia, ante todo sexual, de Brando como el propio Brando.)

Marlon Brando y Pina PellicerHay muchos momentos memorables de esta película memorable, pero prefiero, ante todo, aquellos en los que el elemento romántico, en su sentido más fatalista, resplandece de modo más incontenible. Un buen ejemplo es la secuencia en la playa con Luisa (Pina Pellicer, quien sabe ser maravillosamente delicada), recién alboreado el día y despertada la muchacha de su engaño. Brando construye un par de planos antológicos, en los que él ocupa el centro del encuadre, con la dolida muchacha a un lado (en uno de ellos deposita sobre su rodilla, con insoportable delicadeza, el colgante que antes le dio él como falsa prenda de amor) y una pistola bien visible en primer término. Esa pistola es fundamental: un recordatorio de la violencia que impregna a Rio en todo momento, incluso en los paréntesis de momentánea paz, y de la que ya le resulta imposible escapar. Otro es el momento en que Luisa se traga el orgullo y acude al rincón donde Rio convalece del terrible castigo que le impuso Dolworth (una paliza a latigazos delante de todo el pueblo culminada por el destrozo a culatazos de la mano que lo convierte en un pistolero invencible) para decirle que está embarazada, sin que él, por mucho que la necesite, sea capaz de dejar a un lado su odio para escucharla. Dos secuencias, además, que tienen un imborrable aroma fantastique, debido tanto a esa presencia insistente del mar como al punto de vista muy bajo del encuadre, que casi hace flotar a los personajes ante el fondo marino.

Brando, sin embargo, no sólo se preocupó por esas escenas intimistas en las que podía moverse más cómodo. Las escenas activas también son espléndidas: el genial movimiento con que Rio se revuelve detrás de una delgada viga de madera para abatir al borracho que está a punto de dispararle por la espalda (en una escena que, y seguimos con los insólitos elementos visuales, está presidida por la inesperada reproducción de una Gioconda tras la barra del bar); o esa otra en que, en la tradición de grandes del género como Ford o Hawks, ofrece un momento de inesperado lucimiento a la dignidad de un personaje secundario: Modesto, el amigo mexicano de Rio, que asiste con rabia impotente a la implacable ejecución que le han preparado los otros dos traicioneros componentes de la banda, y todo por mantener su lealtad a aquél.

[El espectador que quiera conocer por sí mismo el final de esta espléndida película deberá dejar de leer a partir de aquí]

Con magníficas interpretaciones de todo el reparto (con una mención especial, claro, para Karl Malden, conocido ya de Brando en sus dos más famosos films con Kazan, que aquí tiene posiblemente el mejor papel de su carrera), una bonita música de Hugo Friedhofer y un inolvidable aroma de sugestión melancólica, El rostro impenetrable se erige como una de las grandes obras maestras del western de todos los tiempos. Y que culmina un final de enorme belleza, indefinible (¿alienta una esperanza o encierra la definitiva separación entre Rio y Luisa?). Yo, cada vez que lo veo, creo que, aunque no se diga, la última bala que dispara Longworth, en el duelo final entre ambos, antes de morir —pues no creo en los detalles gratuitos dentro de las obras maestras— ha dado en el protagonista. Bajo la mirada ansiosa de Luisa, con la promesa de volver para conocer a su hijo, Rio espolea su caballo y se pierde en el horizonte, con el mar una vez más como testigo, …tal vez para siempre.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El rostro impenetrable / One-Eyed Jacks. Año: 1961.

Director: Marlon Brando. Guión: Guy Trosper y Calder Willingham, según la novela The Authentic Death of Dendry Jones, de Charles Neider. Fotografía: Charles Lang. Música: Hugo Friedhofer. Reparto: Marlon Brando (Rio), Karl Malden (Dad Longworth), Katy Jurado (María), Pina Pellicer (Luisa), Ben Johnson (Bob Amory). Dur.: 135 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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6 respuestas a El rostro impenetrable, romanticismo alemán en ambiente western

  1. Sin duda muy buena película este extraño western marítimo, y excelente también el post, que desgrana a conciencia todos los entresijos que nos ofrece Brando. Podría suscribir todo lo que aquí se dice, que no es poco, pero como tengo la película muy reciente tengo algo que apuntar. Hay un pequeño error en el comentario del prólogo, donde se dice que utiliza el mismo anillo previamente robado para seducir a la señorita del comienzo y a Luisa Longworth. Como bien se comenta más adelante en el post, es un colgante que ha comprado a una señora en la feria de Monterrey el objeto que utiliza el protagonista con la hija de su archienemigo, si bien el método adoptado sí que es el mismo e incluso con la misma frase. Ésta es algo así como: “sería un honor para mi que lucieras en mi ausencia esta joya que perteneció a mi difunta esposa”, aunque hablo de memoria y seguro que no son las palabras exactas.

    Dicho esto, tambien tengo que comentar que me ha sorpendido la inclusión de Mies van der Rohe en el post, ya que no recuerdo que la casa de Longworth tuviera nada que ver con la arquitectura del maestro del movimiento moderno. ¡Tendré que volver a ver la película con la excusa de fijarme!

  2. johncobble dijo:

    Ja ja, me has pillado en dos renuncios! Cierto, no es el mismo anillo sino la misma táctica la que utiliza, lapsus que ahora editaré. En cuanto a la casa, esto me pasa por ver la peli con un arquitecto. Claro, es una típica casa con porche de los westerns, pero ya mientras la veía esa forma horizontal en contraste con el espacio en que se enclava me recordó, te vas a reír, el famoso pabellón de este autor en Barcelona, al pie de Montjuïc.

  3. Herminia dijo:

    Sí, yo he dejado de leer a partir de la indicación….Mira que el western no es uno de mis géneros favoritos pero dan ganas de ver la película, quizá por ser tan atípica. Me encanta que digas que el mar es una elección moral; es un juego de palabras precioso.

    • johncobble dijo:

      Hola y muchas gracias por tus palabras! Pues sí, “El rostro impenetrable”, precisamente por ser tan rara es muy apropiada para quien no frecuente mucho el western. Particularmente creo que su turbulencia moral y su belleza estética te van a gustar bastante. Si además eres fan de Marlon Brando, no te la pierdas.

  4. felipe jimenez dijo:

    Inolvidable película, con una atmósfera especial y una memorable música.

    • Esta es una de esas películas que uno puede poner como ejemplo de que el cine (en general, cualquier narración) depende sobre todo de la atmósfera. Cualquier cosa es creíble con la atmósfera adecuada, pero en especial una película romántica (y esta lo es, por encima de todo) la necesita como el aire para respirar.

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