Romeo y Julieta y Shakespeare se enamoran

Romeo y Julieta, por Frank Dicksee, pintura de 1884El destino de Romeo y Julieta ha sido bastante curioso. Se trata, sin la menor duda, de una de las obras más populares de William Shakespeare, pero no porque se conozca al dedillo su desarrollo sino porque su renombre ha pasado al dominio público como emblema de un tipo de amor romántico (hoy día inevitablemente trasnochado), cuyo trágico final, incluso, suele ser motivo de parodia. Yo mismo, confeso idólatra shakesperiano, nunca me había asomado ni a sus páginas ni había contemplado versión alguna en cine o teatro. Basta, como tantas veces, con abrir la puerta: Romeo y Julieta no solo no es esa antigualla ridícula que uno podía temerse sino que admira por la riqueza de matices que templan esta historia de la que uno creía saberlo todo. Mi entrada en ella, como en tantas ocasiones, ha sido a través de una película: la espléndida versión que dirigió un hombre hoy despreciado, el italiano, Franco Zeffirelli, en 1968. El complemento ideal de esta adaptación y del propio original literario ha sido la exhumación de una película que, hace veinte años, gozó de gran éxito, Oscars incluidos, mas no de aplauso crítico, y a la que, sin embargo, la revisión le sienta bien. Se trata de Shakespeare enamorado (1998), protagonizada por el mismo escritor de Stratford, que propone un juego entre realidad y ficción seguramente nada original, incluso teñido de un toque sentimental demasiado rosáceo, pero que, primero, tiene la virtud de efectuar una mirada contagiosamente cariñosa sobre el medio teatral (que, para mí, siempre ha sido un escenario especialmente sugestivo para poner en pie una historia) y, segundo, de urdir muy bien su entramado argumental a partir de un juego de espejos en torno a la historia de los dos amantes de Verona.

Por lo general (las dos excepciones más sugestivas son El sueño de una noche de verano y La tempestad), Shakespeare gustó de trabajar siempre sobre elementos previos, extraídos de la Historia, de la leyenda o del mito, para reformular esa «materia de la que están hechos los sueños». La fuente original de esta obra, como es natural, es italiana, y llegó al dramaturgo a través de diversas traducciones y reelaboraciones, por medio de una larga cadena que, a quien le interese, está bien explicada en este enlace. Aunque no sea especialmente relevante, confieso que me ha resultado un tanto jocoso descubrir, en este primer acercamiento en profundidad a Romeo y Julieta, que los Cappelletti y Montescchi italianos (en español, Capuletos y Montescos), tienen como contrapartida inglesa los nombres de Capulet y… Montague, apellido este último para mí tan inglés que me sugiere antes a un vetusto comandante destinado en la India o a un baronet rural que a los apasionados hidalgos veroneses dispuestos a sacar la daga a la menor provocación. Se considera que Shakespeare escribió su versión hacia 1595 —la película de 1998, para sus fines, adelante esa fecha de composición—, justo antes, precisamente, de El sueño y a un lustro de que, con Hamlet, de 1600, iniciara su ciclo de grandes tragedias.

Romeo and Juliet. Illustration from Tales from Shakespeare by Charles Lamb (George Routledge, 1894).Desde el primer momento destacan su espléndida fluctuación desde la comedia romántica de su inicio hasta la inexorable tragedia de su parte final, y el espléndido juego de presagios y anticipaciones que va impregnando de fatalismo una historia en principio tan jubilosa. Del mismo modo, supone un hallazgo descubrir que no hay nada de mojigatería en este romance. No solo los dobles juegos sexuales son constantes entre los personajes que rodean a los protagonistas sino que Shakespeare, admirablemente, hace que la pasión madure convincentemente a sus dos criaturas, al principio meros niños cuyo concepto del amor está envuelto en los tópicos románticos más convencionales, al final dos adultos bien conscientes del deseo sexual que acompaña el descubrimiento del cuerpo ajeno.

Buena muestra es el inolvidable despertar de los ya esposos después de su primera, y única, noche juntos (en la misma habitación donde ha crecido la que solo una noche antes era una doncella). Julieta juega a hacer creer a Romeo —ya proscrito por haber matado en pelea callejera a Teobaldo, el pendenciero primo de su amada— que el alba todavía no ha llegado, para retrasar cuanto pueda su obligada huida de la ciudad: «I must be gone and live, or stay and die / Debo irme y vivir, o quedarme y morir», le dirá él, dejándose asimismo querer, ignorantes ambos de que su felicidad tiene ya las horas contadas. Y es que su drama es que, para su desdicha, se verán obligados a conducirse con la autonomía de unos adultos sin haber tenido tiempo para aposentar es estado alcanzado tan súbitamente, entre éxtasis amoroso y en medio de circunstancias que acaban escapando a su control.

Poster de Romeo y Julieta que incide en su contenido sensual

Franco Zeffirelli (nacido en 1923 y muerto en 2019), florentino, crecido en el seno de una familia que le facilitó una educación culta y cosmopolita, había conseguido un gran prestigio en los años 60 gracias a sus montajes, tanto de ópera como de teatro, en Londres y Nueva York. Aunque había debutado como director de cine en su Italia natal, en 1958, con una película hoy del todo ignota (Camping), sería diez años después cuando realmente se iniciaría su carrera en este campo, con una primera adaptación shakesperiana (La mujer indomable, rebautizo español de La fierecilla domada), al servicio de la entonces explosiva pareja formada por Richard Burton y Elizabeth Taylor, que ya anticipa su inmediato logro con el mismo autor, pero que, por desgracia, se subordina en exceso a sus protagonistas. La carrera de Zeffirelli se caracterizaría por su irregularidad, pero también por su empeño en popularizar la así llamada alta cultura (Shakespeare y la ópera, sus dos grandes pasiones, sobre todo). En la última parte de su vida, la altisonancia de sus declaraciones políticas concitó un notable grado de rechazo hacia su figura, que injustamente arrastraría la reputación artística que, sin la menor duda, merecen sus mejores empeños.

Romeo y Julieta es la cúspide de su trayectoria en el cine. Zeffirelli, en primer lugar, recordó a todo el mundo, aunque en su momento llamara la atención, que los protagonistas de la obra original son lo que hoy llamaríamos adolescentes (Julieta tiene tan solo 14 años) y entregó los papeles a actores, si no de la misma edad, cuando menos claramente juveniles. Hay que señalar que las versiones anteriores habían sido protagonizadas por actores de mucha mayor edad —la más famosa, dirigida en Hollywood en 1936, cuenta con actores que podrían ser sus padres: Norma Shearer (34 años) y Leslie Howard (¡43!)—, transformando, como bien señala José María Latorre, buen conocedor de las traslaciones de Shakespeare al cine, «un drama juvenil en un enfrentamiento de unos adultos contra otros adultos».

Esplendida Olivia Hussey en el Romeo y Julieta de ZeffirelliZeffirelli se propuso recobrar este espíritu disolvente que animaba al autor al crear a su inmortal pareja, propiciando así, además, una concordancia ideológica entre la obra y el propio espíritu de la época, que convirtió (o quiso convertir) a la juventud en el estandarte contra el establishment, mediante la invocación del amor libre y la denuncia de las convenciones de los adultos. El italiano eligió, por ello, a dos actores muy jóvenes y nada conocidos, Leonard Whiting y Olivia Hussey, que luego tuvieron una carrera dispar: la de él no llegaría nunca a alzar el vuelo; la de ella fue amplia y estable (de hecho, sigue trabajando), pero no volvería a recibir nunca un papel de la misma relevancia.

Con el buen gusto habitual en un hombre de su experiencia sobre las tablas, Zeffirelli preparó el rodaje con sumo cuidado. Se llevó a cabo en Italia, con exteriores filmados en las sugerentes callejuelas medievales de Gubbio (en la Umbría), la bella iglesia de San Pedro en Tuscania (cerca de Roma), con su precioso suelo de mosaicos en estilo cosmatesco, para hacer del templo donde se casa la pareja, y estupendos decorados en Cinecittà para dar vida a la plaza mayor de Verona, que recrean, en realidad, la de la pequeña ciudad de Pienza. Del mismo modo, se cuidó hasta el mínimo detalle para evocar el periodo del Renacimiento en que se sitúa la historia, con un vestuario y una escenografía ciertamente exquisitos.

La cúspide de este trabajo de ambientación histórica estriba en la música de Nino Rota, el compositor tan habitualmente asociado a Fellini, que brindó una inolvidable partitura que se sitúa en el punto justo entre la evocación de época y la exigencia de servir a su aire de desatado romanticismo. El tema central, muy famoso, da pie a una canción bellísima, What is a Youth, situada justo en el momento en que Romeo y Julieta se conocen, que aporta la adecuada atmósfera de ensueño, y Zeffirelli, con una ejecución genial, brinda una de las escenas que mejor han sabido transmitir algo tan difícil como es el momento en que, a primera vista, nace un amor destinado a sobrevivir a la muerte. Para ello, elabora una coreografía de movimientos que, primero, los une en la danza y les permite contemplarse bien por vez primera, y después, separados el uno del otro por el vertiginoso tráfago de los invitados, los hace buscarse por toda la atestada sala hasta el momento en que consiguen hablarse. Ahora mismo, solo encuentro un momento de similar intensidad, en la película Recuerda (1945), mucho más breve, eso sí, cuando a Hitchcock le bastan dos movimientos de cámara de acercamiento a cada personaje, otro bello tema musical (en este caso de Miklos Rózsà) y la forma de actuar con la mirada de Gregory Peck e Ingrid Bergman

Poster japones de Romeo y JulietaRomeo y Julieta atesora dos grandes cualidades, que la sitúan entre las grandes adaptaciones shakesperianas de todos los tiempos. La primera es la magnífica forma en que Zeffirelli consigue acompañar, mediante la narración visual, los geniales diálogos de Shakespeare. En particular, la famosa escena del balcón, tantas veces evocada para reírse de su sublimidad, hace que hasta el adulto más encallecidamente cínico recuerde, por un momento, que él también fue adolescente y se creyó transportado al paraíso por esos mismos sentimientos. El director consigue que los movimientos de los dos actores por el decorado (Julieta desplazándose por el alargado balcón, Romeo tan pronto encaramándose a él como volviendo al jardín) se acompasen a los de la cámara para crear una sensación única de júbilo romantico, magnificada tanto por la convicción que transmiten los dos jóvenes actores (aunque me permito preferir a Olivia Hussey, maravillosa como nunca volvió a estarlo) como, no lo repetiré lo suficiente, por los hallazgos verbales del genio de Stratford.

La segunda estriba en que, pocas veces, el cine ha sabido expresar mejor lo que es el ímpetu de la juventud, pero no ya porque lo digan los personajes o lo expresen los rostros tersos de sus actores, sino porque la puesta en escena, las imágenes y la atmósfera de la película así lo respiran. Este ímpetu, por desgracia para ellos, se manifiesta no solo mediante su forma de rendirse incondicionalmente al amor sino de dejar que su sangre caliente los arrastre por el camino de los odios familiares.

La forma en que Capuletos y Montescos se pavonean por las calles de Verona, buscando abiertamente la ofensa y, por ende, el combate físico, transmite una fiebre por la violencia muy propia del jovenzuelo que no concibe que nadie pueda dudar del valor propio. Dos actores brillan con luz propia: ese extraño John McEnery que borda el maravilloso papel de Mercucio, dejando asomar a sus ojos tan pronto la chispa del desequilibrio como la debilidad del provocador nato en reírse de todo y de todos; y un insólito Michael York que, en el papel de Teobaldo, desborda una exultante necesidad juvenil por sacar fuera de sí toda contención, brillando como nunca jamás volvería a hacer el actor (otro mérito de Zeffirelli, por tanto). Todas las escenas de enfrentamiento entre los dos clanes son geniales, porque, por mucho que, casi siempre, todo comience como un juego para marcar territorio, también se palpa, enseguida, que la riña de gallos puede degenerar en tragedia, como sucede cuando Teobaldo mata a Mercucio, casi sin pretenderlo, y eso excita la fiebre vengadora de Romeo que, ahora sí con toda la intención, lucha contra el primero hasta hincarle su acero. El duelo a espada entre ambos nada tiene que envidiar a otras escenas similares de clásicos presentes en la memoria de todos, mas lo hace en un sentido muy diferente: sin buscar nunca el virtuosismo de la exhibición de esgrima, las supera en el modo en que la sombra de la muerte flota en cada lance del combate, de tal modo que es imposible que pueda acabar de otro modo que con la muerte de uno de los contendientes.

Poster de Shakespeare enamorado

No sé si lo que peor pudo pasarle a Shakespeare enamorado (1998) fue la riada de premios que obtuvo (es curioso que, en función de las devociones propias, unas veces se exija que los Oscars reparen «injusticias», y otras solo sirvan para añadir «escarnio» a una película ya despreciada) o su osadía por atreverse a convertir un intocable icono cultural en protagonista de una historieta sentimental (por cierto que este film no es ni el primero ni el último en usar a Shakespeare como personaje de ficción: hasta en el cine español hay varios ejemplos). También influyó mucho el que no tuviera la «protección» de estar filmada por algún realizador bien valorado en la Bolsa crítica de esos días (o de los actuales), y es cierto que John Madden, ni antes ni después, ha firmado ningún trabajo que haya sido especialmente valorado. Yo mismo he de confesar que no he visto ninguna otra película suya, y que su trabajo en esta película es meramente funcional. En cualquier caso, el tiempo, que en general todo lo aplaca, ha ido vertiendo su olvido sobre este título, y tal vez sea el momento de defender que es mucho mejor de lo que se creía.

Lo primero que hay que reconocer es que los atractivos de la película nacen del interés de su magnífico guión, que firman dos hombres de trayectoria muy dispar, Marc Norman y Tom Stoppard. Del primero poco destacable hay en su carrera, pero el segundo, además de haber colaborado en libretos de películas muy notorias (Brazil, de Terry Gilliam, o El imperio del sol, de Steven Spielberg, por ejemplo), es un dramaturgo cuya obra tal vez más conocida es, precisamente, un acercamiento al mundo de Shakespeare. Se trata de Rosencrantz y Guildestern han muerto (1967), cuya trama recorre, desde las bambalinas, nada menos que Hamlet, como ya indica el título, que además de ser un diálogo original de esa obra es el nombre de dos de sus personajes secundarios, los dos ladinos amigos del protagonista. El mismo Stoppard la llevaría al cine, como director, en 1990, ya sin especial repercusión. Por tanto, es muy posible que el buen conocimiento que exhibe la película sobre el autor y el contexto se deban antes a Stoppard que a Norman.

Shakespeare, manos a la obra, bajo los rasgos de Joseph FiennesEl año de la acción es 1593, cuando los teatros de la ciudad vuelven a abrirse tras una larga clausura por culpa de la peste, y por tanto la capital arde en deseos de ver espectáculos dramá-ticos. El libreto se apoya en una muy sabrosa recreación del mundillo teatral londinense, reflejando circunstancias muy reales: el patrocinio del teatro por parte de la corte, con frecuencia ante la misma reina (lo cual justifica, con naturalidad, la presencia de Isabel I como personaje de la trama), de tal modo que el resto de funciones pasaban por ser «ensayos» con público; la importancia de un cargo de la misma corte, el llamado Maestro de Espectáculos, a quien correspondía aprobar (o censurar) las obras y las funciones; la rivalidad entre las distintas compañías teatrales, las mejores de las cuales tenían su propio teatro (Shakespeare es todavía, en el film, un autor cuyas obras son compradas para cada ocasión: no tardaría en convertirse en socio de una de aquellas, la del Lord Chambelán, cuya sede, con el tiempo, sería el famoso Teatro del Globo); y un detalle que hoy puede parecer grotesco pero que entonces era muy real, y tiene un notable peso en la trama: las mujeres tenían prohibida la profesión de actriz, por lo cual los papeles femeninos se reservaban a jóvenes efebos de cutis terso y voz fina.

En el momento en que se inicia la acción, el joven Will atraviesa lo que hoy llamaríamos una «crisis artística», de tal modo que la obra que ofrece a los empresarios teatrales, Romeo y Ethel, la hija del pirata, consta solo de su título. Esa crisis la superará al encontrar el amor verdadero que tanto echa en falta —hay que recordar que el autor estaba casado, desde muy joven, e incluso tenía varios hijos, y que se señala que, si mantenía a su familia en Stratford, lejos de su vida cotidiana, era por la infelicidad de esa vida matrimonial— en una joven de la nobleza, Viola de Lesseps, la cual, arrastrada por su pasión por el teatro, ha conseguido, disfrazada de hombre, el papel protagonista en esa obra que todavía no existe.

Viola de Lesseps y Will ShakespeareLa gracia del planteamiento estriba en que esa obrita cuyo título presagia una comedia de aventuras, irá reformulándose hasta convertirse en la inmortal tragedia que hoy conocemos como Romeo y Julieta, a medida que la realidad y la ficción se traban y los obstáculos que sufre la pareja se hacen dolorosamente presentes en su romance. Quienes conozcan el original no dejarán de apreciar el minucioso conjunto de paralelismos que el guion efectúa entre la ficción y la obra (el fundamental es convertir la distancia social entre Will y Viola en la rivalidad familiar entre Capuletos y Montescos; como Julieta, además, Viola va a ser obligada por sus padres a realizar una boda de conveniencia). Ahora bien, no es necesario ni mucho menos para disfrutar del magnífico juego de «ficción dentro de la ficción» (o teatro-sobre-teatro) que sustenta la estructura dramática y emocional de la película.

Y es que, lo convengo, esa fábula sentimental no es especialmente interesante, primero porque, hay que reconocerlo, resulta convencionalmente rosácea, y segundo porque se ve perjudicada por el eterno distanciamiento que la actriz Gwyneth Paltrow —aun reconociendo su entrega al papel— impregna en su actuación y le resta autenticidad. Por lo demás, cuanto tiene que ver con el personaje central convence plenamente, comenzando por la espléndida interpretación de Joseph Fiennes en ese cometido, siempre difícil por mucho que parezca lucido, de «genio artístico», puesto que consigue equilibrar la condición del artista a la del hombre, interpenetrándolas en vez de subordinar una a otra, lo que hubiera sido un error.

A su lado, el nutrido conjunto de personajes secundarios permite lucir un reparto extraordinario. Por supuesto, destaca la veterana Judi Dench en el papel de la reina (sus escasas intervenciones están siempre a la altura que se espera de tan regio rol), e incluso un Ben Affleck muy simpático interpretando al prestigioso actor al que inicialmente Will engatusa haciéndole creer que su personaje (Mercucio) es el protagonista y que, progresivamente admirado de la calidad de la obra, acaba aceptándolo con modestia.

Geoffrey Rush y Tom Wilkinson, memorables en Shakespeare enamoradoSin embargo, quienes atraen, con justicia, la mayor atención son dos actores, que tienen a su cargo los dos personajes secun-darios más sabrosos: el atribulado empresario Hens-lowe y su en principio furibundo acreedor Fennyman. Al primero lo interpreta un genial Geoffrey Rush en la gloriosa tradición británica de los papeles de «composición», dando vida al hombre continuamente superado por las circunstancias que, sin embargo, siempre tiene a mano, a modo de defensa, el que acaba siendo el bonito leit-motiv de la película: en el teatro, al final todo sale bien, sin que sepa a ciencia cierta por qué, puesto que «es un misterio». Al segundo lo encarna Tom Wilkinson, que hace plenamente convincente la entrañable evolución de su personaje, del tipo hosco que vigila cada instante de los ensayos para asegurarse que la función saldrá adelante y él cobrará el dinero que le debe Henslowe, y acaba tan contagiado por el veneno del teatro que su mayor felicidad será que Shakespeare le otorga un papel episódico, el del boticario que vende a Romeo, precisamente, el veneno con que se suicidará.

La representación final, a cuyo estreno se llega después de que infinitas circunstancias acaben concatenándose para que todos los conflictos y todos los personajes confluyan en la función, resulta, sin la menor duda, la parte más brillante de la película, tanto por la fluidez con que se muestra el curso de la obra (de modo tan magnífico que, igualmente, sirve para hacerse una comprensión cabal del contenido de Romeo y Julieta) como por el emocionado homenaje que acaba suponiendo tanto a la propia significación de este drama como al amor por el teatro. Y qué mejor, y más sencilla, forma de ratificarlo que mediante ese plano que muestra al público, completamente atónito ante lo que acaba de ver, justo antes de prorrumpir en el merecido aplauso, para alivio de los actores, que se miraban con nerviosismo al no verse ante la habitual reacción.

La película, sin embargo, no concluye ahí. Will y Viola no podrán evitar la separación, pero el guion todavía reserva un último y bonito hallazgo. La despedida de los dos amantes inspira la creación de la siguiente obra de él, que habrá de ser, ahora sí, una comedia sentimental destinada a tener final feliz y cuya protagonista se llamará Viola. Es más, su inicio comenzará con el naufragio de ella en una tierra nueva donde encontrará la felicidad, y las imágenes finales de la película se corresponden justo con este episodio, con la llegada de Viola a una playa virginal, fundiendo de nuevo realidad y fantasía. La obra, Noche de reyes…

Shakespeare enamorado, por lo tanto, no es una gran película pero es una de estas obras que, de pronto, saben tocar determinadas teclas de nuestra estima (hoy, en que se inventa un concepto para todo, a esto se le llama «placer culpable») por virtudes que son tanto cinematográficas como personales. En estos pasados días de confinamiento en que el genial dramaturgo fue uno de mis grandes consuelos —pues no puedo estar más de acuerdo con Harold Bloom al estimar que no hay ningún otro escritor que haya sido capaz de recrear tal universo de humanidad—, situarme ante una obra no de Shakespeare, sino sobre Shakespeare, con tan contagiosa convicción, me ha procurado dos horas muy gratas.

Romeo and Juliet

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Romeo y Julieta / Romeo and Juliet. Año: 1968

Dirección: Franco Zeffirelli. Guion: Franco Brusati, Masolino D’Amico y Franco Zeffirelli; obra de William Shakespeare. Fotografía: Pasqualino de Santis. Música: Nino Rota. Reparto: Leonard Whiting (Romeo), Olivia Hussey (Julieta), Peter McEnery (Mercucio), Michael York (Teobaldo), Milo O’Shea (Fray Lorenzo). Dur.: 138 min.

Título: Shakespeare enamorado / Shakespeare in Love. Año: 1998

Dirección: John Madden. Guion: Marc Norman y Tom Stoppard. Fotografía: Alex Thomson. Música: Patrick Doyle. Reparto: Joseph Fiennes (Will Shakespeare), Gwyneth Paltrow (Viola de Lesseps), Geoffrey Rush (Henslowe), Judi Dench (Isabel I), Ben Affleck (Ned Alleyn), Colin Firth (Lord Wessex), Tom Wilkinson (Fennyman). Dur.: 123 min.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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14 respuestas a Romeo y Julieta y Shakespeare se enamoran

  1. Otra versión castellana de los apellidos Capuleto y Montesco: “Castelvines y Monteses”. Es la que usó Lope de Vega para su propia versión de la historia de los amantes de Verona; dudo q

  2. …ue el Fénix conociera la obra de Shakespeare, igual que hoy día nadie recuerda esta suya. Hace unos cuantos años, en algún festival de teatro clásico, alguna compañía la rescató.
    Yo me quedé prendado de Olivia Hussey de pequeño, por su papel de Rebeca en otra versión bastante olvidada de Ivanhoe, donde sir Brian era Sam Neill y Jonathan Rhys-Davies hacía de Reginaldo Frente de Buey…
    (Perdón por el mensaje partido; se ve que se me escapó el dedo)

    • Caramba, Manuel, nada conozco de esa versión de Lope. Claro que, hasta hace un par de meses, nada había hecho por conocer la de Shakespeare, o las películas basadas en la obra. Ah, me ha encantado la referencia a ese “Ivanhoe”, porque yo también lo vi de pequeño, en la tv (de hecho, buscando información en IMDb, descubrimos que era una “tv movie”), y fue mi primer acceso a esta historia hoy para mí tan entrañable. Sí, yo recordaba a Olivia Hussey, y a Sam Neill (acababa de hacer alguna otra serie famosa) como Bois-Guilbert, y a Anthony Edwards, recién salido de “Brideshead”, como Ivanhoe. Es curioso que, en cambio, no recuerde que James Mason, uno de mis actores favoritos, era Isaac de York.

  3. Franklin Padilla dijo:

    Hay una versión de Romeo y Julieta nada despreciable dirigida por Miguel M. Delgado que yo llamaría meta-versión más que parodia, donde Cantinflas, un “peladito” y chofer de un destartalado taxi, acepta hacerse pasar por un actor shakesperiano británico que para librarse de la cárcel interpreta a Romeo, secundado por la hermosa María Elena Marqués. Los ingeniosos diálogos versificados de Jaime Salvador hilvanan esta fresca comedia enmarcada por el poema sinfónico homónimo de Tchaikovsky. La recomiendo con entusiasmo.

  4. Franklin Padilla dijo:

    APOSTILLA: El director, como casi siempre, es Miguel M. Delgado. Los actores son Mario Moreno, “Cantinflas”, María Elena Marqués, Ángel Garasa, Emma Roldán y Andrés Soler. Los diálogos en octosílabos consonantes se deben al ingenio de Jaime Salvador, quien me recuerda, por lo inteligentes a los “teatros para leer” de nuestro (venezolano) Aquiles Nazoa, La empresa es también Posa Films, México.

    • Apunto el título, Franklin. Confieso no haber visto prácticamente nada de Cantinflas, y a modo de disculpa añado que, en mis tiempos de “educación cinéfila”, es decir, vía televisión, la única cadena existente entonces en España, la pública, prácticamente no emitía nada de este cómico. (En cambio, me suena lejanamente que los dibujos, sí.)

  5. Franklin Padilla dijo:

    Perdón, José Miguel: ¿Cuáles dibujos? Nunca Mario Moreno apareció como dibujos animados.
    Por cierto, la interpretación del español Oscar Jaenada en la película “Cantinflas, el film”, es sinceramente magistral. Lo genial es que Jaenada no hace nunca una imitación sino una verdadera interpretación del actor Mario Moreno sin caer, salvo cuando el guión lo requería, en “cantinflismos”, pudiendo el espectador diferenciar bien el actor del personaje. Y paradójicamente, es el único mexicano convincente de la película. También la recomiendo. Y eso que yo de niño no fui muy fan de Cantinflas, sin que dejara de gustarme.

    • Aquí tienes el enlace de la indispensable wikipedia sobre esa serie, Franklin. Es probable que no llegara a tu país:

      https://es.wikipedia.org/wiki/Cantinflas_Show

      También el Gordo y el Flaco tuvieron su propia serie, en los años 60, y el mismo Stan Laurel puso voz a su personaje. En cuanto a la película de Jaenada, no la he visto: confieso que este actor no es santo de mi devoción. Me parece demasiado artificioso, demasiado amante de las “composiciones” sobreactuadas. En España, tiene el prestigio del actor que puede hacer de “todo” (de ahí que se haya atrevido tanto con Camarón como con Cantinflas). Tanto una como otra las he dejado pendientes de que, en el futuro, esos dos artistas lleguen a interesarme tanto como para que me entre la curiosidad por sus respectivos biopics.

      • Franklin Padilla dijo:

        Yo entiendo tus “filias” y tus “fobias”. Yo también las tengo y algunas las comparto (con Brando y De Niro, por ejemplo).No te gustan los actores “sobrados” o sobrevalorados. Pero si no ves a Mario Moreno ni tampoco a Jaenada, ¿cómo vas a poder hacer una crítica? A lo mejor el tío es un sobrado y además catalán. Pero Mario Moreno no fue nada de eso. Disfrutó de una merecida fama con modestia hasta su muerte y no se merece que lo obvien, patrioterismo aparte. Algo tendría en la bola (expresión beisbolística) para que Chaplin dijera que era “el mejor cómico del mundo”, lo cual es exagerado pero histórico. No sé si la frase jugó el papel que se le asigna en la película de Sebastián del Amo, pero de que lo dijo públicamente no cabe duda. Yo pienso que fue una exageración generosa pero bienvenida por todos, incluyéndome.

      • Franklin Padilla dijo:

        Cierto. No la conocía. Me parece chatarra

  6. A ver, Franklin, mi poco aprecio por Jaenada está sustentado en que he visto bastantes trabajos suyos. Hubo un tiempo en que era fácil tenerlo en dos o tres películas al año, por no hablar de sus numerosas intervenciones en series televisivas. En cuanto a Cantinflas, como ya te he dicho, es una cuenta pendiente que espero empezar a saldar con este “Romeo y Julieta”. Y no dudo de su talento cómico, en lo poquísimo que he visto de él, como su intervención en “La vuelta al mundo en 80 días”.

  7. Franklin Padilla dijo:

    De acuerdo.

  8. JAVIER A dijo:

    He de reconocer que no he visto ninguna de las versiones cinematográficas. Tampoco he leído el libro. Pero sí me acerqué a Romeo y Julieta a través de la canción de los Dire Straits, allá cuando la incipiente juventud pugnaba por rebelarse contra el mundo establecido. Luego Mark Knopfler se fue desvaneciendo en mis gustos musicales con el paso del tiempo. Una manera original de interpretar musicalmente el más famoso de los romances. Aunque donde estén los amantes de Teruel …

    La canción de la que hablaba

    • A mí también me gustó mucho Dire Straits en una época y, sin embargo, lentamente se fueron separando de mis devociones y ahora los contemplo con bastante indiferencia. No conocía esta canción (o sí, pero se me había olvidado jaja), de modo que gracias por el enlace. La película de la que hablo en el artículo tiene una canción (por supuesto, sin nada que ver con el enfoque y el estilo de Knopfler), que está muy bien, como el film en general, que te recomiendo como puerta de entrada a esta historia, tal como me ha pasado a mí. Ah, buena mañana que pasé en Teruel hace ya unos años recorriendo San Pedro…

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