¿Quién es mi prima Rachel?

La bonita portada de la edición Alba de Mi prima RachelEl cine, medio vampírico por excelencia, casi ha hecho creer a muchos (a mí también, ¿por qué no reconocerlo?) que el nombre de Daphne du Maurier no es sino un atributo más del Mago del Suspense, el gran Alfred Hitchcock, que todavía hoy sigue teniendo uno de sus films más populares en su adaptación de Rebeca (a su vez la novela más famosa de la autora) en 1940, por no hablar de que la adaptó otras dos veces: un poco antes, en 1939 (Posada Jamaica), y luego en 1962 (Los pájaros, aunque la divergencia temática con las anteriores a primera vista resulte desconcertante). Sin embargo, Du Maurier (1907-1989) fue una de las escritoras más vendidas del siglo XX y no solo por la historia de la innominada señora de Manderley. Una de las novelas más populares de su carrera, Mi prima Rachel (1951), fue rescatada el año pasado por Alba (se acercaba una adaptación al cine, que sin embargo pasó desapercibida) con notable éxito, hasta el punto de haber alcanzado en pocos meses tres ediciones. A priori, por su ambientación decimonónica y su argumento (la historia del amor progresivamente destructivo que siente un joven hacendado por la viuda de su primo, el hombre que lo crio) uno podría temerse ante una banal y anacrónica reconstrucción del universo romántico de la literatura inglesa del siglo XIX. Sin embargo, su lectura ha supuesto para mí un notable descubrimiento: se trata de una magnífica novela, plena de tensión de la primera a la última página, que desde luego no es la clásica historieta de escritor multiventas sin la menor inquietud estilística sino, bien al contrario, una obra perdurable gracias a la ambición dramática que la recorre.

Nieta de George du Maurier, en su día celebrado dibujante y también autor de una de las novelas más populares de su época, Trilby (1894), además de amigo íntimo de Henry James, la escritora fue educada en un ambiente al mismo tiempo refinado y artístico, puesto que sus padres fueron productores y actores de teatro. Su carrera literaria comenzó a principios de la década de los 30, y sus primeros grandes éxitos los obtuvo a finales de la misma: serían las dos novelas que Hitchcock adaptó consecutivamente, La posada Jamaica (1937) y Rebeca (1938). Como puede deducirse de las tramas de las películas inspiradas en sus libros, Daphne du Maurier gustó de las atmósferas góticas, de los relatos marcados por historias de amor plagadas de elementos tenebrosos, románticas en el sentido alemán del término —muy marcadas por el ambiente de la costa de Cornualles donde amaba vivir—, con un abierto aire fantastique que incluso la llevaría a ensayar directamente este género: unas de sus novelas menos conocidas, publicada en 1969, Perdido en el tiempo, como avisa su título, aborda el tema de los viajes temporales.

Mi prima Rachel (o Mi prima Raquel, según sus primeras ediciones españolas, tan amigas de españolizar nombres propios, sobre todo bíblicos) tiene evidentes reminiscencias de Rebeca. Ambas historias se sitúan en grandes mansiones solariegas en algún lugar aislado en la costa de ese Cornualles. En las dos, la historia está construida en primera persona y se hace con cierta perspectiva sobre los hechos narrados: aun sin detalles, el lector sabe que lo que haya podido pasar entre el narrador y la prima Rachel ha sucedido en el pasado. El cuerpo del relato es una historia de amor entre dos seres a los que separa una sombra, que en los dos casos es de la misma naturaleza: el cónyuge fallecido de la persona amada por quien narra la historia, y el misterio versa sobre la naturaleza de esa muerte. La sugestiva diferencia es que en una novela el personaje incógnito ya está muerto (Rebeca), mientras que en la segunda es la esposa superviviente (la prima Rachel), ahora objeto del amor también del protagonista.

La joven Daphne du Maurier, un rostro digno de RebecaEl narrador es un joven heredero, Philip Ashley, huérfano desde temprana de edad y criado por su primo Ambrose, un rico hacendado veinte años mayor que él, por quien el muchacho siente una completa veneración filial. Cuando ya es un mozalbete, los médicos recomiendan al asmático Ambrose que pase los inviernos en tierras cálidas y este, dejando a su sobrino a cargo de la propiedad, se marcha a Italia, donde conoce a una viuda, emparentada lejanamente con la propia familia, a quien bautiza en las cartas que envía a Philip como «mi prima Rachel» y con quien termina casándose. Los sucesos adquieren entonces una notable imprecisión, por cuanto las cartas comienzan a escasear. Ahora bien, las últimas alarman considerablemente a Philip, pues en ellas su primo anuncia una repentina enfermedad y vierte terribles insinuaciones sobre los manejos de su esposa. En la postrera de ellas reclama su presencia urgente y termina diciendo: «Por fin ha podido conmigo, Rachel, mi tormento».

Philip parte rápidamente a Florencia, pero cuando llega Ambrose ha muerto y Rachel se acaba de marchar sin destino conocido. Aunque el certificado médico indica que la causa de la muerte ha sido un tumor cerebral —el tutor del joven y gran amigo de su primo, el abogado Nicholas Kendall, al serle enseñadas las cartas, ya le informó de que el propio padre de Ambrose murió de dicho mal y en sus últimos momentos su cerebro enfermo imaginó toda clase de delirios—, Philip está convencido de que, de algún modo, Rachel es responsable de su muerte, si bien su sorpresa es descubrir que Ambrose murió sin testar a favor de su esposa y, por tanto, él sigue siendo su heredero universal. Vuelto a Inglaterra, y mientras rumia su dolor, Philip recibe la sorpresa del anuncio de la inminente llegada de la viuda, a quien invita a la propia casa de su marido para poder observarla y denunciarla. Sin embargo, desde la misma noche de su llegada, el joven cae rendidamente fascinado y no tarda en concebir el proyecto de reparar la injusticia de que su primo la dejara totalmente indefensa y sin recursos…

Como señalaba en la introducción, Mi prima Rachel parece, a simple vista, literatura «antigua» si atendemos a la suma de elementos que la componen: una historia con ambientación de época que basa su dramaturgia en los códigos morales del siglo XIX (sin los cuales no tendría sentido), que en absoluto intenta situarse sobre ellos con distanciamiento y que está resuelta mediante un estilo del que está ausente cualquier pretensión vanguardista. Es evidente que la autora nada tiene que ver con el tipo de autor que defienden los cánones de la modernidad de su época, de Franz Kafka a Virginia Woolf o Marcel Proust, pero también que le importaba poco: la novela trasluce de modo evidente que Du Maurier escribe justo aquello que le gustaba leer, y su mundo es el de la gran literatura psicológica inglesa del siglo XIX, de Jane Austen a Henry James, pasando por George Eliot.

Cartel en inglés de Mi prima RachelPor lo demás, la novela no supone una mera reproducción de una fórmula puesto que lo hace bajo una mirada propia que en el fondo sí contiene una sutil pátina de modernidad: esta crónica de sentimientos enrarecidos termina destilando un evidente halo de masoquismo erótico que convierte a su narrador, Philip, en un «inocente» que a su paso parece convocar o provocar la perversión. Y es que lo que hace perdurable esta novela es lo que debería valer en cualquier otra, por encima de etiquetas: su fuerza narrativa y la adecuación entre intenciones y resultados, sin las cuales no consistiría en nada más que un argumento desaprovechado. La prueba está en que las dos adaptaciones al cine que ha recibido, de 1952 y de 2017, la primera estimable y la segunda detestable, son incapaces de comunicar la intensidad del original, refugiándose en aquello que, sin una base dramática sólida, solo es mera apariencia: los escenarios, los actores y el curso de la peripecia.

La clave de esa perdurabilidad se encuentra en el magnífico dibujo de los dos personajes principales, Philip y Rachel, gracias al singular aprovechamiento que la escritora extrae de la narración en primera persona, del punto de vista subjetivo que se traza desde la perspectiva del muchacho, que mediatiza por completo el conocimiento que tendremos de ambos.

A través de sus propias palabras, de la perentoria necesidad de cariño que siente este ser cuya principal característica es una sensación de perpetua orfandad, Philip acaba revelándose como un individuo tortuosamente vulnerable e indefenso, que a su joven edad se ha fabricado un paraíso a la medida: la hacienda de los Ashley, el limitado horizonte de toda su vida, del que no necesitaría salir jamás. Un lugar donde puede sentirse como un señor feudal, gozando con el cariño y el respeto de sus inferiores (nunca los llama así, pero la condescendencia con que trata a arrendatarios y sirvientes no deja lugar a dudas). Ese paraíso se tambalea con la desaparición del hombre en quien había volcado todos sus afectos, y de ahí el odio cerril que siente, a distancia, por aquella a la que considera la causante de la desaparición —más adelante, comprenderá que ese odio se basaba, ante todo, en los celos por verse obligado a compartir a su primo con otra persona—, que se transmutará en completa adoración hacia Rachel tan pronto la conozca. Así pues, el joven proyecta en su prima las mismas necesidades que satisfacía Ambrose: ahora bien, al ser una mujer, esas necesidades de cariño maternal también se revisten de atracción sexual.

Philip Ashley, en definitiva, es un melancólico incurable en el sentido decimonónico y romántico del término: un ser incompleto dominado obsesivamente por el culto al pasado (el presente que sueña vivir con Rachel no es sino el mismo que vivió junto a Ambrose —un presente con pretensiones de eternidad: inmutable, invariable—, solo que rindiendo culto a la feminidad de su prima), y que suspira continuamente por una plenitud que nunca podrá alcanzar, pues hay una evidente discordancia entre sus anhelos solipsistas y la realidad de la vida que se extiende más allá de los límites de su propiedad.

My Cousin Rachel (1952) directed by Henry Koster shown: Richard Burton, Olivia de HavillandA todo esto, ¿quién es Rachel? Lo interesante del personaje es su carácter poliédrico, su forma de variar de apariencia, o de carácter, siempre en función de la mirada que sobre él arroja el narrador. Indudablemente, Rachel se pasea por la novela como un eterno misterio. Evidentemente, es una mujer de pasado azaroso (se sabe que estuvo casada en primera nupcias con un conde italiano que murió en un duelo de cuyas causas jamás se darán explicaciones), que ha pasado muchos momentos al borde de la mera subsistencia, y que por tanto es una avezada superviviente. Pero las facetas que en ella verá Philip serán múltiples: amante esposa de Ambrose o atormentadora de sus últimos tiempos, tal vez envenenadora y si no, cuando menos, culpable de su infelicidad y, por tanto, de acelerar su muerte. Minuciosa conocedora de los secretos de la naturaleza, que por tanto mejora la propiedad con su talento natural para la composición de jardines, pero asimismo bruja que domina el poder maligno de las hierbas. Intrigante manipuladora, inglesa pervertida por su vida demasiado meridional, por su contagio con los ambientes italianos, que ha hecho de la astucia una segunda piel. Abnegada cuidadora de los Ashley: no puede dudarse de su entrega al muchacho cuando este enferma de meningitis, e incluso el mismo Philip consigna que, si consigue sobrevivir a la enfermedad, es porque ella impone su diagnóstico y sus cuidados a esos médicos provincianos que habían dictaminado mero agotamiento. Pero, por encima de cualquier otra cosa, objeto de deseo y posesión, que justifica la bella polisemia del uso del determinante posesivo en el título: mi prima Rachel.

Decididamente, el relato concluirá sin que seamos capaces de saber quién es Rachel. Ya es un acierto que su presencia en el relato tarde más de cien páginas en hacerse explícita, de tal modo que solo de forma elusiva, indirecta, es como Philip (y por tanto el lector) va haciéndose una idea de la misma. Incluso su edad y apariencia resultan una incógnita: resultará ser mucho más joven de lo que podía creerse, pero aun así diez años mayor que el joven (tiene treinta y cinco). Es más, en un primer momento el protagonista ni siquiera hace la menor mención de sus posibles atractivos físicos (únicamente le llama la atención su pequeña estatura, lo cual es una forma infantil de señalar que, al concebirla como un ser amenazador, le había conferido una apariencia cuando menos de dragón).

La incontenible pasión que Philip irá concibiendo por su prima está contada por la escritora con una indiscutible densidad psicológica. En su dibujo, brillan con luz propia dos circunstancias. La primera, la notable incapacidad de todos para interpretar la naturaleza real de los sentimientos de una mujer cuya mayor habilidad, desde el principio, radica en saber cómo responder a las expectativas de cada interlocutor que se acerca a ella. La segunda, el notable peso que en la creación de la atmósfera posee esa propiedad de los Ashley, descrita de tal modo que casi podríamos pasearnos por ella sin perdernos, tal es la fuerza evocadora con que Philip, casi sin proponérselo, la convierte en un escenario reconocible para nosotros.

[Quien no conozca el final de esta estupenda historia debe dejar de leer aquí]

Menabily, finca de Cornualles que inspiro las ficciones de Daphne du MaurierSobre los personajes pesa otro elemento considerablemente ambiguo: el espejismo de la duplicación. De entrada, Ambrose y Philip poseen un notable parecido, de tal modo que, más que primos, parecen padre e hijo, lo cual abriría campo a una especulación aun más tortuosa: es curioso que el narrador apenas mencione nunca a sus verdaderos progenitores. Es más, los vínculos entre ambos son múltiples, desde la veneración por una misma forma de vida hasta unas costumbres compartidas y, claro, su común atracción por Rachel. Una Rachel que, significativamente, abrirá y cerrará su encuentro con el muchacho subrayando ese parecido: aún más, esa confusión. Duplicación, confusión, repetición. Tal vez Rachel, descubriendo en el muchacho la misma indefensión ante sus encantos que ya había cegado al primo solterón, decide repetir la misma jugada, esperando ahora obtener el premio que se le escapó: todo. Por su parte, fácilmente sugestionable por conceptos románticos como el deber y el destino, asimismo Philip se deja arrastrar por la ilusión de la repetición: la mujer de su primo estaba realmente reservada a él.

La novela se había iniciado con una sugerente escena en que el niño Philip es conducido por Ambrose ante un ahorcado que cuelga de un patíbulo situado en un cruce de caminos, tanto para efectuar una broma un tanto perversa hacia su primo (la auténtica naturaleza del mismo Ambrose, hay que tenerlo en cuenta, es otra de las incógnitas de la obra) como para recitar un apólogo moral. El cadáver perturba considerablemente, como no podía ser menos, a un niño tan impresionable, sembrando una semilla de muerte sobre la atmósfera de la historia, que va germinando en la sombra para acabar floreciendo siniestramente, como quizá también preludiaba ese árbol de fruto venenoso, el codeso, que relaciona (provocando una nueva duplicación) los dos lugares, Florencia y Cornualles, donde Rachel conoció a los dos Ashley… y que para el sugestionable Philip acaba sugiriendo que reserva el mismo destino para los dos.

La conclusión final que arroja la historia es que la particular relación entre Philip y Rachel no es sino un duelo de voluntades, un duelo que, insisto, conocemos solo desde un punto de vista. Un duelo en el que siempre parece tener ventaja la persona mayor, la más madura, la más inteligente: la mujer. Sin embargo, quien pierde la vida no es Philip sino Rachel, a quien el primero deja ir caminando literalmente hacia la muerte (un puente desvencijado que solo él sabe que es una trampa mortal), sin saber que ha sido condenada por la inexorable decisión de ese mozalbete ensimismado que decide arrogarse el papel de dios y de demiurgo, de protegido y de protector, de indulgente y de vengador, y que solo demasiado tarde se arrepentirá de su decisión. Cerrando el círculo, Mi prima Rachel, también es una reflexión sobre la imposibilidad de que la vida tolere las repeticiones absolutas o las segundas oportunidades (y por tanto, tampoco la redención). Y así, en el inolvidable final, marcado por una despiadada tristeza, Philip quedará solo, vacío, muerto en vida, prisionero de ese lugar que creyó su paraíso y que ahora que es su único soberano se revela como el infierno.

La ultima y decepcionante version de Mi prima Rachel

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a ¿Quién es mi prima Rachel?

  1. brnariasg dijo:

    Empecé a ver esa segunda adaptación de la novela y efectivamente es horrorosa. Por ello no me atraía mucho la novela. Sin embargo, ahora estoy intrigado. Un gran comentario como siempre.

    • Yo en cambio llegué a la novela a partir de la primera novela, que es bastante atractiva (aunque no tiene la intensidad del libro) y, sobre todo, cuenta con una pareja excepcional, Richard Burton y Olivia de Havilland. Por cierto, que parece que, con el éxito, Alba apuesta por Daphne Du Maurier, y en nada se va a publicar “Posada Jamaica”, novela que me leí hace mil años y de la que no recuerdo gran cosa, pero que ahora, como es natural, me atrae recuperar.

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