Máscara, antología de relatos inéditos de Stanislaw Lem

Portada de Máscara, de Impedimenta, con una ilustración de Ernst HaeckelLa editorial Impedimenta sigue haciendo de Stanislaw Lem uno de los pilares de su línea de publicaciones. Lo está haciendo en tres frentes: recuperando traducciones ya publicadas pero ahora difíciles de encontrar (por ejemplo, las procedentes de la antigua Bruguera), volviendo a traducir obras ya existentes en español pero en ediciones discutibles (por ejemplo, la emblemática Solaris, cuya traducción en Mondadori —con independencia de su alta calidad— no se había realizado procedente del polaco original sino del francés) y, todavía mejor, publicando obras absolutamente inéditas. El último regalo que nos ofrece es un libro que recopila un conjunto de relatos que ya en su Polonia natal eran difíciles de encontrar (según se nos cuenta en la nota a la edición), puesto que los mismos editores polacos, fuera del volumen que los contenía en origen, los habían ido descartando en posteriores recopilaciones. El título elegido es el de Máscara, la excelente traducción es de Joanna Orzechowska —responsable de buena parte de las versiones de Impedimenta— y la atractiva cubierta contiene una ilustración del filósofo, naturalista e ilustrador alemán Ernst Haeckel, extraída de su obra Formas artísticas de la naturaleza (por cierto, hace unos meses, una editorial muy diferente, pero igualmente admirable, La Biblioteca del Laberinto, también recurrió al mismo autor para su edición de El habitante del lago, de Ramsey Campbell). En fin, un libro dotado del interés y la belleza a que nos tiene acostumbrados Impedimenta.

Hace tiempo que considero imprescindible un catálogo en español de las obras de Stanislaw Lem, no digamos ya un estudio o una biografía (que deben de existir, no sería lógico que uno de los más grandes escritores del siglo XX, y me refiero a la literatura en general, sin etiquetas, no contara con ellos). Pues aunque, en general, en España podemos estar satisfechos de la gran cantidad de obras del autor puestas a nuestra disposición, la falta de información provoca una gran confusión sobre el mismo. La nota a la edición aclara el origen de los relatos, pero provoca todavía mayor zozobra, al señalar que alguno procede de obras que uno creía «cerradas» (los Diarios de las estrellas, por ejemplo) y otros de libros inéditos que, entonces, preferiríamos haber visto al completo. Eso sí, no es una selección realizada por Impedimenta, sino por la edición original polaca.

En cualquier caso, Máscara supone un gozo para cualquier admirador de Lem. Incluye trece relatos que van de un marco cronológico situado entre 1957 y 1996. Y que demuestran que en la carrera de Lem no hay disparidad a lo largo de los largos años en que discurrió. Los relatos que componen el libro son un catálogo de los temas que dan cuerpo a sus libros más conocidos: la imposibilidad del contacto entre los distintos seres que pueden habitar el universo, en razón de la completa divergencia, cuando no incompatibilidad de sus naturalezas y por tanto de sus formas de comunicación; la inteligencia artificial como metáfora del miedo del hombre a las limitaciones de su propio ser; la suspicacia ante una ciencia ante la cual el hombre, en el fondo, siempre observa con recelo…

Edición polaca de Summa TechnologiaeEste libro también es una excelente demostración de cómo un gran autor, sea de ciencia-ficción o de lo que sea, lo es no sólo por la originalidad de sus tramas o la densidad de sus propuestas. De poco vale eso, o en todo caso, solo vale la primera vez —y yo tengo muy claro que la obra perdurable es la que obliga a leerla, o verla, el mayor número posible de veces— si no acompaña un estilo, que a la postre es el que liga todas las demás virtudes bajo la forma del logro literario. Uno de los elementos fundamentales de todo estilo, y más en un género que se basa en la presentación de hechos fantásticos, es el punto de vista. Y los relatos que componen Máscara deslumbran por el uso de este elemento, y en especial del punto de vista subjetivo, una forma clásica de conducir la acción (y, por tanto, la mirada del lector) a lo largo de esa trama fantástica. La mirada subjetiva siempre fue un recurso muy querido de Lem (así lo prueban sus relatos protagonizados por Ijon Tichy o el piloto Pirx, o novelas como La fiebre del heno, Manuscrito encontrado en una bañera o Retorno de las estrellas). Buena parte de estos cuentos están narrados por un protagonista que vierte por tanto su mirada particular sobre los hechos, y esta es la clave sobre la cual se construyen la atmósfera y el entramado dramático. Hasta ocho de los trece relatos están escritos así, y el variado catálogo de sus narradores compone un friso excepcional: testigos de un suceso excepcional, entes que hablan como un dios, pobres diablos superados por los acontecimientos, socarrones profesionales que miden muy bien sus palabras, hombres que cuentan su historia personal entre la crónica objetiva y la alucinación…

La rata en el laberinto es el relato más antiguo de la antología, el que se indica que procede de la primera edición de los Diarios de las estrellas, de 1957. A partir del pretexto argumental del violento aterrizaje de una nave espacial sobre la Tierra, que sorprende a dos jóvenes científicos que llegan hasta ella, Lem ya enuncia uno de los ya mencionados temas centrales de su obra (la imposibilidad del contacto fructífero entre distintas especies del universo), que con el tiempo dará origen a obras maestras como Solaris o Fiasco: «Es como si a los caracoles les diera por hacerles una visita a las ardillas», dirá con lucidez uno de los personajes, y esta frase bien puede aplicarse a todas las obras del autor que abordan idéntica temática.

Los siguientes cinco relatos están extraídos del mismo volumen, titulado La invasión de Aldebarán, de 1959. Salvo el que da el título al libro —el jocoso relato de una invasión fallida porque los sofisticados y confiados invasores de la Tierra no cuentan con el letal «palurdismo» de los habitantes del pueblecillo que los incautos han elegido para dar inicio a una misión que consideran fácil—, los otros cuatro destacan por crear un mismo ambiente de ciencia-ficción opresiva, deprimente, incluso sórdida. Plenos de terribles amenazas para la Tierra o para el ser humano, sin embargo Lem elige contar esas historias en voz baja (el concepto se lo tomo a José María Latorre), con poco énfasis, casi en sordina… haciendo que aquéllas resulten todavía más inquietantes. En particular, a mí me recuerda la ciencia-ficción británica de los 50, tanto literaria como cinematográfica, sobre todo esta última, que conozco mejor, con su blanco y negro y la sencillez con que sabía comunicar el sentido de lo atroz.

La invasión de Aldebarán, en su edición polacaInvasión, por ejemplo, parece una aventura del doctor Quatermass, y de hecho comienza como la primera y más famosa de las películas que se dedicaron a este personaje: una nave espacial ha caído en la Tierra y un conjunto de militares y científicos acuden a investigar qué hay en ella, para descubrir que el ente que llegó en la nave tiene la capacidad de adoptar la forma de aquello que encuentra al otro lado del cristal protector. Al final, la conclusión que extrae el lector es que a Lem no le interesa tanto ni la revelación acerca de esos seres estelares ni sobre sus motivos, sino sobre el efecto que causa en el propio ser humano. Y es que, como buen practicante de la ciencia-ficción clásica, de John Wyndham a Philip K. Dick, sus historias sobre viajes estelares, planetas vivientes o contactos con razas alienígenas no son sino una excusa para reflexionar sobre el concepto de humanidad.

El amigo es un alucinatorio relato sobre un omnisciente ordenador personal decidido a dominar el mundo, para lo cual necesita «corporeizarse» con la ayuda de unos incautos seres humanos. (Es un tema esencial de la ciencia-ficción clásica, que a mí en particular me recuerda una excelente película de 1977, Engendro mecánico.) El plan del computador exige la manipulación de un par de lastimosos pobres diablos, uno de los cuales es quien narra la historia en primera persona. Lo alucinatorio, lo genial, no está, por supuesto, en la trama sino en el desarrollo elegido por Lem y, sobre todo, en su atmósfera, que acaba deslizando el cuento más hacia el terror que hacia la ciencia-ficción, en buena medida por los escenarios donde transcurre: no en sofisticados laboratorios ni en futuristas naves espaciales sino en míseros apartamentos y destartalados sótanos.

En Moho y oscuridad se trata nada menos que del posible fin del mundo, el cual llegará del modo más vulgar posible: una sustancia indestructible y de reproducción imparable, la whisteria, escapa al control humano. Tiene la forma y textura de una sustancia elástica, y la razón de la futura (incluso muy futura: aquí lo que aterra es la lenta pero inexorable amenaza de su crecimiento) destrucción del mundo será porque acabará faltando espacio para cualquier otra especie.

El martillo abandona la Tierra y aborda el tema del viaje espacial, desde un enfoque muy reconocible: la dialéctica entre el tripulante espacial y el omnisciente ordenador de a bordo, entre la inteligencia humana y la artificial. El tedio del viaje por el espacio, la necesidad de creer que ese ser artificial encierra algún tipo de empatía humana o la rebelión final del ordenador, temas que todos asociamos con 2001, una odisea del espacio (1968), aquí alcanzan una pegajosa densidad filosófica. Y al final, la pregunta que se hace el espectador no puede ser sino: ¿es real la rebelión del ordenador? ¿O acaso el viajero estelar ha acabado dejándose vencer por la paranoia de la soledad estelar?

La fórmula de Lymphater, de 1961, se centra en el tema de la creación de un cerebro artificial que resulta tan omnisciente que amenaza con desplazar al hombre de su reinado en la senda de la evolución. Es una variante de El amigo, con la que comparte la narración en primera persona: una vez más, el narrador es un individuo que no parece muy fiable (un vagabundo que resulta tener excepcionales conocimientos científicos) y su experiencia muy bien puede tratarse de una alucinación personal, una huella de su locura. Lo admirable es la forma en que Lem hace absorbente la lectura de lo que, en el fondo, no es sino un informe científico, creando un suspense que a mí solo me ha provocado, dentro del mismo campo de la ciencia-ficción especulativa, la genial película Sucesos en la IV fase (1974, Saul Bass).

Golem XIV, otro Lem de ImpedimentaEl diario, de 1963, adopta un punto de vista francamente insólito: el de un ser omnisciente, omnipotente y omnipresente que reflexiona sobre la diversidad de sus creaciones no en el universo sino en la pluralidad de universos. ¿Nos hallamos ante un relato protagonizado por Dios, o si acaso por un dios? El mismo título del cuento inquieta: esas reflexiones, ¿son pensadas?, ¿son escritas? Y si es en este último caso, ¿a quién y para qué? Dentro de un volumen que destaca precisamente por el trabajo sobre el punto de vista, El diario sin duda realiza una de las propuestas más absolutistas, y su profundo grado de abstracción, su falta de asideros con lo que el lector de ciencia-ficción entiende por ortodoxia, lo hace realmente denso de leer. Y, por supuesto, atentos a la sorpresa final de las últimas páginas, todo un tour de force climático. La verdad, de 1964, es otra vez la crónica minuciosa de un experimento que sale mal, narrada por un posible demente («La única enfermedad que padezco es mi propia existencia», declara.) Lo curioso es que el experimento de este individuo (un «piroparanoico»: un hombre que sostiene que el fuego encierra unas cualidades monstruosas) viene a considerar la posibilidad de que las estrellas sean entes vivos.

Máscara es el relato que da título al volumen de Impedimenta, lo cual demuestra la importancia que, dentro del conjunto, posee para sus editores. Y no es para menos, pues posee una densidad y una complejidad manifiestas. Abre puertas al mismo tiempo transitadas por Lem (en el fondo, es una historia protagonizada por un ser artificial, embargado por las dudas acerca de su condición real) como franqueadas por vez primera (posee un malsano tono erótico y un particular tratamiento de los cuerpos y las formas que casi parece corresponderse con un tipo de terror explorado varias décadas después por esa corriente que se llamó la Nueva Carne, si bien nunca desciende a la complacencia en lo sangriento y mantiene una tenaz y ambigua elegancia).

Fotografía de Stanislaw LemEs un cuento incómodo de leer, puesto que durante su primera mitad mantiene al lector en una notable ignorancia hacia lo que le están contando. Los primeros párrafos, extraños y conseguidamente imprecisos, parecen estar contándonos el nacimiento a la vida de alguien o puede que el despertar de una memoria quebradiza cuya dueña parece no saber qué circunstancias son las suyas antes de aparecer en el escenario donde se inicia la acción. Ese personaje femenino es una mujer consciente de su enorme belleza —que, sin embargo, describe con distante frialdad, como si perteneciera a otra, y he ahí una de las múltiples claves que Lem va dejando a lo largo de esa primera parte del cuento— que asiste a un baile en la corte presidido por el Rey y en el curso del cual atrae irremisiblemente la atención del noble Arrhodes. El ambiente, por tanto, parece el propio de un relato aristocrático situado en el siglo XVIII, y sin embargo la mente de la protagonista (que cuenta su historia, una vez más, en primera persona) fluye y fluye como si tuviera una existencia independiente de su cuerpo, y de hecho su memoria parece registrar diversas identidades distintas, vividas en lugares muy diferentes. La respuesta final, revelada en una escena verdaderamente escalofriante, es que, en efecto, ese cuerpo humano es una mera envoltura, del cual se despoja para mostrarse como es: una máquina asesinada enviada por el rey para matar al noble… y que posee la forma repulsiva de una mantis. El resto del relato adopta ya una forma narrativa más clara pero no por ello menos estremecedora.

Ciento treinta y siete segundos (como el anterior, de 1976 y extraído del mismo libro) es, en apariencia, un cuento mucho menos denso, lo cual no le impide, una vez más, ofrecer un notable derroche de erudición científica, aunque en este caso el argumento tiene un aroma juguetón que me recuerda al pulp norteamericano (¿tal vez porque está ambientado precisamente en los EE.UU.?). Trata sobre un periodista que descubre que el ordenador IBM que hace la maquetación final de su diario, ya en plena madrugada, tiene la capacidad (durante el tiempo señalado en el título) de predecir el futuro. Esto da pie a una sabrosa digresión sobre la posibilidad de que lo entendemos por «presente» (fugaz y evanescente) tenga una cualidad física mucho más extensa pero no perceptible por nuestros limitados sentidos.

Un par de brevísimos relatos ponen fin al volumen. El acertijo, de 1993, vuelve al mundo entrañable de las Fábulas de robots y Ciberiada (de veinte años atrás), con su universo cuyos habitantes son como nosotros, salvo que son robots, cuando acaba de aparecer una terrible herejía, que un Santo Oficio robótico se dispone a extirpar: la teoría de que ellos fueran creados, en el alba de los tiempos, por unos seres blandos y gelatinosos. Por último, La colchoneta, de 1996, tiene la curiosidad de adelantarse al boom de los mundos virtuales que desencadenó el éxito mundial de Matrix en 1999: la posibilidad de que la realidad virtual sea una circunstancia cotidiana en la vida del hombre.

Pequeñas epopeyas que tal vez son fantasía del narrador, joyas de raro virtuosismo, relatos juguetones pero que dejan finalmente un escalofrío, fábulas siniestras de diversa especie, cuentos de ciencia-ficción clásica… Un tesoro, en suma, contenido además bajo una envoltura que de por sí apetece contemplar, tocar, mimar. Un espléndido libro, en todos los conceptos.

Edición polaca de Ciberiada

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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