Batman y la trilogía del Caballero Oscuro (I)

Batman Begins, de Christopher NolanLa historia del tebeo de superhéroes (tanto en DC como en Marvel, las dos grandes editoriales del mainstream USA) sí cuenta con múltiples historias que ofrecen una notable densidad dramática, capaces de utilizar los elementos propios del género para ofrecer una mirada «adulta» —lo entrecomillo para quienes creen que el cómic, y en especial de este tipo, es solo para niños— sobre temas universales como la condición humana, el anhelo de poder, la identidad, etc. Basta citar nombres como los de Frank Miller, Alan Moore, Chris Claremont, John Byrne, Jack Kirby, Walt Simonson, etc. para saber de qué hablo. Pero en cine esa densidad adulta rara vez se ha conseguido. En parte, lo he dicho alguna vez, porque este género funciona mejor, por razones de credibilidad, en dibujos que en imagen real. Y en parte porque los planteamientos de sus grandes producciones se han contentado con apoyarse antes en la espectacularidad visual asociada al género (y que permiten los efectos especiales actuales) que con el reposo o la reflexión que también contienen. Pues bien, el mejor intento jamás efectuado en el género de superhéroes por ir más allá de los golpes y las explosiones, de los vuelos y los desastres, por el momento, se corresponde con la trilogía que el director y guionista Christopher Nolan dedicó al personaje de Batman y que se conoce bajo el nombre del segundo y mejor de los títulos que la componen, El caballero oscuro, que es, además, en mi opinión, la mejor película de superhéroes realizada hasta el momento.

Y no es casualidad que se haya conseguido con el personaje del Hombre Murciélago, porque el conjunto de elementos asociados a Batman —poderes, identidad, historia personal y villanos— encierra el suficiente conjunto de sugerencias como para permitir esa potenciación de lo reflexivo, de lo dramático, de lo adulto.

Hablamos, en primer lugar, de un héroe sin superpoderes (sencillamente un esforzado entrenamiento personal y, en todo caso, un conjunto de gadgets que, sin embargo, no son los que lo definen), con lo que eso implica de cara al cambio de formato narrativo, pues no necesita grandes efectos especiales que conduzcan a la tentación de la fácil espectacularidad. A un héroe sin superpoderes le corresponde una galería de villanos también normales, o si se quiere, monstruosamente normales, del Joker a Dos Caras, pasando por el Enigma o Catwoman. Además, su doble personalidad se basa en la dualidad entre un héroe sombrío (por su apariencia: el murciélago es un animal asociado a la noche y al terror) y un millonario vanidoso e indolente, lo cual, en buenas manos, permite una sabrosa reflexión sobre el tema de la identidad, del doble o de la máscara.

Batman año uno, por Miller y MazzucchelliNo tengo un especial conocimiento de la historia de Batman en los cómics, pero parece ser que hasta los años 80 tampoco había destacado por potenciar el lado más oscuro que permiten esos elementos. Entonces, un trío de obras revolucionaron el personaje y, a través de él, el cómic de superhéroes convencional. Me refiero a Batman, el Señor de la Noche y Batman: año uno, ambas de Frank Miller, si bien la segunda con dibujos de David Mazzuchelli, y La broma asesina, escrita por Alan Moore y dibujada por Brian Bolland. Esos tres tebeos llevaron al límite el concepto de superhéroe y su relación con esos temas ya señalados líneas arriba.

El éxito crítico y comercial de esos tebeos tuvo su reflejo en su traslado a la gran pantalla, en 1989. Batman, dirigida por Tim Burton, fue recibida con júbilo por todo el mundo, por los lectores de cómics y los que no lo eran, por el público general y por los críticos. De modo para mí incomprensible porque me parece una gran oportunidad perdida… al servicio de la insoportable creación que Jack Nicholson hizo del Joker. Algo mejor es su secuela, Batman vuelve (1992), también con Burton y el mismo equipo, que está a punto de reflejar con seriedad la atracción/repulsión por lo diferente que anida en el hombre y que tan bien potencia la imagen del superhéroe. Pero tampoco lo logra, aquí sobre todo por un guión que no sabe desarrollar bien un argumento de grandes posibilidades. De las dos siguientes películas de la franquicia, Batman Forever (1995) y Batman y Robin (1997), cada una ya con distinto protagonista pero el mismo y penoso director, Joel Schumacher, mejor no hablar: un mero espectáculo de barraca de feria para públicos sin ningún nivel de exigencia.

Pues bien, a mediados de la década pasada, en pleno boom de las películas de superhéroes de Marvel, la Warner (dueña de los derechos de la editorial rival, DC) decidió volver a reflotar su personaje, mediante un nuevo comienzo, precisamente bautizado así: Batman Begins (2005). Para ello eligió al director Christopher Nolan, que había sido revelado por una película, Memento (2000), que en su día llamara mucho la atención por su construcción narrativa desde delante hacia detrás (o sea, la primera escena de la película es la última en orden cronológico). Nolan recibió además la responsabilidad del guión, que en el primer capítulo escribió con David S. Goyer, un hombre con currículum en el campo del cine de superhéroes (por sus manos habían pasado el Cuervo y Blade, y después lo harían el Motorista Fantasma y Superman). En los siguientes, Goyer firmaría solo el argumento y el guión lo escribiría Christopher en comandita con su hermano Jonathan).

Como es lógico en estos casos, una decisión fundamental fue la del actor a quien confiar la nueva encarnación de Batman. El elegido fue Christian Bale, un actor inglés que desde los 13 años lleva una carrera continuada en el cine —fue el mismísimo Spielberg quien le dio la alternativa en El imperio del sol (1987)—, manteniendo una continuidad que no suele ser corriente en intérpretes que empiezan su carrera de niños. Bale contaba con 34 años en el momento del primer estreno. Su ventaja era que ninguno de los tres Batman de la etapa anterior (Michael Keaton, Val Kilmer y, ¿se acuerda alguien?, George Clooney) había dejado especial recuerdo.

Christian Bale como BatmanDe acuerdo con la nueva visión atormentada y oscura del héroe, Christian Bale intenta proponer una interpretación interiorista, incluso ensimismada, que se halla al borde del estereotipo, aunque es verdad que el actor mejora a medida que avanza la saga (o este espectador se acaba acostumbrando). Pues, en mi opinión, abusa del gesto adusto y severo: queriendo expresar dolor interior y trágica responsabilidad lo que hace es parecer que siempre está de mal humor. Para disimular un absurdo en el que los creadores de superhéroes sin máscara sobre la boca no parecen pensar, quizá porque los tebeos no tienen sonido —que su voz los delatará tan pronto hablen ante alguien que conozca su identidad secreta—, Bale, cuando viste como Batman, recurre a un tono susurrante que, al mismo tiempo, pretende reforzar ese elemento terrorífico de su apariencia, pero que acaba resultando muy forzado (y que debió de destrozarle la garganta, a él y a su voz española, el excelente Claudio Serrano, que, claro, tampoco convence cuando habla como Batman).

En la etapa anterior del personaje, Gotham City había sido utilizada como poco más que un escenario que permitía un apabullante derroche de dirección artística (sobre todo en las dos películas de Tim Burton). Un decorado vacío, en suma, un telón pintado sobre el cual Batman realiza sus evoluciones, pelea con tipos con trajes chillones (en la etapa Schumacher, sobre todo) y que, por tanto, carece de la menor sustancia.

En la trilogía de Nolan, el gran acierto, lo que yo creo que es la piedra que cimenta el magnífico resultado dramático, es la nueva valoración que se otorga a Gotham, convirtiéndola por fin en un escenario con sentido propio, incluso en un personaje colectivo de fundamental importancia. Pues Gotham actúa como símbolo de la corrupción, como una nueva Babilonia donde es lógico, primero, que se alce el Mal absoluto (por ejemplo, el Joker) y, segundo, que diferentes individuos decidan purgar su infamia mediante el severo castigo a los habitantes, culpables o inocentes (como Ra’s Al Ghul o Bane). La trilogía se impregna así de un conseguido aroma bíblico, en cuanto que sobre ella siempre parece alzarse la sombra de pecados imposibles de borrar, de culpas insondables, de enigmáticos castigos. Gotham City deviene el campo de batalla entre el Bien y el Mal, solo que el primero, para muchos de sus habitantes, buena parte del tiempo parece encarnado en otro de sus demonios, un demonio sin amo, un demonio que va por libre pero que no por ello es menos demoniaco. De ahí la fortuna del nombre del Caballero Oscuro que designa al protagonista en la segunda película y a la trilogía en general.

Michael Caine como el mayordomo AlfredY es así como se plantea el propósito que rige la trilogía: una reflexión sobre la Caída, y por tanto sobre la Redención. Que se encarna en un ser condenado desde su infancia a llevar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad, pues aquí —y es aportación de Nolan y Goyer— Bruce Wayne se considera culpable de la muerte de sus padres. Recuérdese que la versión «canónica» del origen del personaje consiste en que el niño Bruce queda huérfano cuando, a la salida de un cine, sus padres son asesinados por un ladrón vulgar, decidiendo convertirse, cuando sea mayor, en un luchador contra el crimen. Nolan y Goyer añaden un matiz freudiano: si los Wayne abandonaron el aquí teatro —no sé por qué siempre lo hacen por un solitario callejón lateral— es porque la representación (esta vez de ópera) recordó al pequeño su miedo hacia los murciélagos (debido a su caída en un pozo plagado de éstos cercano a casa: la futura Bat-cueva).

Aunque esta idea da un nuevo sentido al personaje y, en especial, resulta coherente con el tono general de la trilogía, en pantalla aparece trazada de modo muy simple, mediante el recurso al énfasis más molesto. En lo poco que aparece en pantalla, el padre de Bruce Wayne (encarnado por Linus Roache) es retratado como un hombre ad-mi-ra-ble hasta hacerlo francamente antipático, porque cada palabra que sale de sus labios consiste en una enseñanza moral y ética. Un individuo que siendo multimillonario trabaja como médico en un hospital para gente con pocos recursos al que va a trabajar todos los días en un tren que él mismo construyó (¡qué versátil!) para los pobres. Y pretenden que no resulte incongruente que luego viva en una mansión donde cabrían todos los habitantes de los barrios humildes de Gotham o que acuda en ese mismo tren a la ópera vestido de tal modo que salta a la vista que no es pobre (arriesgándose a que cualquiera de los marginados de verdad que tomen el tren decidan arreglar la cuestión social a su manera: no extraña que acaben matándolo… y todo para que su hijito tenga remordimientos toda su vida).

Ya mayor, y al comprobar que el asesino va a ser excarcelado —debido a una intriga judicial que permite indicar el grado de corrupción, en todos los niveles, que asola la ciudad— , el joven Bruce está a punto de convertirse en asesino por venganza, pero un sicario se le adelanta. Comprendiendo que se ha metido en un callejón sin salida (tras una magnífica escena, en que el mafioso que ordenó el asesinato —estupendo Tom Wilkinson— desnuda con facilidad dialéctica la trivialidad de su propósito), Bruce abandona su vida acomodada y se lanza a recorrer el mundo. En concreto, marcha a Oriente, para dejarse empapar por la vida real, en busca de algo que le dé sentido a esa tortura interior que, todavía, une indiscriminadamente la sed de venganza con el anhelo de justicia y el deseo de justificarse antes sus propios ojos.

Ra's Al Ghul, en los comicsSu respuesta la encuentra en una misteriosa organización llamada la Liga de las Sombras, dedicada a combatir el mal en el mundo entero, cuya casa-monasterio se encuentra enclavada en el Tibet y que, en realidad, está formada por los ninjas de toda la vida. Su líder es un hombre llamado Ra’s Al Ghul, pero quien recluta a Bruce y asume su entrenamiento es un misterioso occidental llamado Ducard (a quien encarna Liam Neeson, con el gesto siempre tan severo como Bale). Todo esto (la infancia y juventud en Gotham de Wayne y su entrenamiento oriental) es narrado por Nolan de forma intercalada, mediante un estupendo sentido del montaje paralelo que en las siguientes entregas llegará al puro virtuosismo. Este primer tercio de la película es magnífico y aunque ésta no disminuirá en interés ya no vuelve a alcanzar la coherencia y entidad dramática que mantiene hasta aquí.

El final de este periodo destinado a convertir su cuerpo en una máquina perfecta de luchar viene dictado cuando Bruce supera la prueba de combate final a que lo somete Ducard. Pero entonces debe enfrentarse a una elección. El concepto de justicia de la Liga es directo y brutal: el mal debe ser extirpado de raíz y sin compasión. Cuando Bruce se niega a ejecutar sin más a un infeliz asesino que está preso en el monasterio se encuentra luchando a muerte con Ra’s Al Ghul, combate del que sale triunfante, pero a un alto precio: su oponente muere, el monasterio es destruido por el fuego que provoca la lucha y su maestro Ducard queda malherido, si bien al menos él le salva la vida.

Este episodio (fundamental pues la Liga reaparecerá en la parte final de la trama) no termina de ser coherente. ¿Es que Bruce Wayne se sorprende de ese fundamentalismo justiciero que sin duda le han inculcado todo ese tiempo en el monasterio? La precipitación argumental es excesiva: diríase que de pronto Nolan y Goyer advierten que Batman es por naturaleza un solitario y no puede volver a Gotham como agente de la Liga.

Con el regreso de Bruce Wayne a su ciudad, la película entra en terrenos más familiares. Son cuatro las personas con las que, en una u otra de sus identidades, va a tener un vínculo especial. El primero es Alfred, el mayordomo. Si en las películas previas había sido una mera figura accesoria, aquí alcanza un enorme relieve: no sólo es el sustituto (hasta cierto punto, claro: él nunca olvida su puesto subalterno) del padre perdido, sino el hombre encargado de representar lo que supone el legado paterno. Las conversaciones entre Bruce Wayne y Alfred, en las tres películas, siempre suponen momentos de enorme credibilidad, y Michael Caine otorga a su personaje una admirable calidez, que contrasta de modo muy sabroso con la gelidez del joven millonario/de Christian Bale. Sin duda, un papel y una interpretación inolvidables.

Lucius Fox, o sea, Morgan FreemanEl segundo es una figura secundaria de los cómics que, creo, se proyecta por primera vez a las películas: Lucius Fox, un veterano experto en tecnología que será quien provea a Wayne de todos sus artilugios, del traje y sus gadgets, entre ellos el mítico Batmóvil. Aunque su personaje, realmente, podía haber sido tan solo el equivalente al “Q” de la serie James Bond, otro gran actor, Morgan Freeman, le otorga una notable entidad humana, la que siempre emana de un intérprete de su talla, como muestran, por ejemplo, sus trabajos para Clint Eastwood.

Un tercer personaje, y aún más importante en la vida de Bruce, es el de Rachel Woods, su amiga de la infancia y amor de toda la vida, quien se ha convertido en la mano derecha del fiscal jefe de la ciudad. La relación entre ambos supone otra de las debilidades dramáticas de la película, ya que no se consigue hacerla tan imprescindible como se supone. En parte porque Katie Holmes (en contraste con Caine y Freeman), aunque correcta, no consigue llegar a contrapesar mediante su ternura esa distancia que siempre lleva consigo Bale. Y en parte porque no llega a tener un verdadero relieve en la historia: se tiene la sensación de que está creada para humanizar porque sí a Bruce Wayne. En El caballero oscuro —y de la mano, además, de una actriz mucho más sólida, Maggie Gyllenhaal—, en cambio, sí se dotará a Rachel de esa condición fundamental.

El cuarto ya es el secundario básico de los cómics, el comisario Gordon, aquí todavía solo detective, por tanto un policía de a pie, un policía no corrompido pero bien consciente de la corrupción de sus compañeros: el departamento de policía es un auténtico coladero por cuyos agujeros circulan sobornos e informaciones. Es otro personaje espléndidamente trazado a lo largo de la saga, que se beneficia de otra gran interpretación, ésta para mí totalmente inesperada pues quien lo encarna es un ya otoñal y sobrio Gary Oldman, en sus buenos tiempos responsable de alguno de los más desaforados shows histriónicos que yo he visto en pantalla. Por cierto, que en medio de esta saga, Oldman ha realizado otra interpretación tan estupenda como contenida, en la espléndida El topo (2011), demostrando que no es casualidad su madurez como actor.

El Asilo Arkham, el más oscuro rincón de Gotham CityDurante un buen rato, y hasta la reaparición de la Liga de las Sombras, Batman Begins cuenta el inicio de la cruzada de Bruce Wayne contra el crimen, comenzando por la construcción de su identidad como Batman, con sus artilugios y la instalación de la Batcueva. Entre los jefes del crimen organizado destaca el doctor Crane, director del famoso Asilo Arkham, creador de la sustancia alucinógena con la que luego se intentará destruir Gotham. Este último personaje, en realidad, esconde a uno de los villanos más famosos del cómic, el Espantapájaros, pero en la película también se le desaprovecha bastante (tanto como el escenario del Asilo), si bien hay que reconocer que el actor Cillian Murphy le otorga cierto aspecto inquietante, aunque sea por el aliento malsano que ofrece su físico: una cara angelical pero con cierto rictus de sensualidad malvada. Por cierto que el personaje reaparecerá en las dos siguientes entregas, en roles más episódicos: en la última película su intervención resulta verdaderamente descacharrante, encarnando al juez del particular tribunal popular que se crea en la aislada ciudad de Gotham.

Batman Begins mantiene en todo momento una fuerza y una solidez indiscutibles, consiguiendo, en especial, construir un conjunto de personajes e incidencias, de símbolos y de implicaciones, que en las dos películas siguientes se verán colmados en todas sus posibilidades argumentales y dramáticas. Sin embargo, este título en concreto no posee la sustancia de los dos inmediatos. Y la razón estriba, primero, en que Nolan y Goyer subrayan demasiado su propósito bíblico, sin conseguir que resulte del todo convincente; y segundo, en que la realización de Nolan es muy mejorable, sobre todo en las escenas de acción, en las que demasiadas veces no se sabe qué está pasando.

[El lector que quiera conocer por sí mismo el final de esta película deberá dejar de leer a partir de aquí]

Eso sí, la parte final de Batman Begins ya plantea ideas que luego serán desarrolladas con brillantez en los dos siguientes films. La primera, el juego de espejos entre Batman y su principal antagonista: cuando Ducard reaparece al mando de la Liga se revela como el auténtico Ra’s Al Ghul. Es, por tanto, el primer espejo oscuro para Bruce Wayne: un villano dispuesto a llevarlo al límite que, como él, tiene dos identidades y que, encima, encarna al sustituto del padre perdido, por cuanto a él debe su renacimiento. La segunda idea inspirará la trama de El caballero oscuro. La leyenda renace, y es la exacerbación de los bajos instintos de los gothamitas por parte de la Liga de las Sombras para justificar la necesidad de su castigo y, de paso, manipularlos para servir de instrumento a sus planes. Batman Begins, por tanto, es antes que nada el necesario prólogo para crear unos personajes y unas circunstancias que en los siguientes capítulos ya cristalizarán en dos películas espléndidas.

El Hombre Murciélago ha vuelto

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Batman Begins / Batman Begins. Año: 2005. Dirección: Christopher Nolan. Guión: Christopher Nolan y David S. Goyer; historia de David S. Goyer. Fotografía: Wally Pfister. Música: James Newton Howard y Hans Zimmer. Reparto: Christian Bale (Bruce Wayne/Batman), Michael Caine (Alfred), Liam Neeson (Ducard), Gary Oldman (Gordon), Morgan Freeman (Lucius Fox), Katie Holmes (Rachel Woods), Cillian Murphy (Espantapájaros), Tom Wilkinson (Falcone). Dur.: 140 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Batman y la trilogía del Caballero Oscuro (I)

  1. Renaissance dijo:

    La saga de Batman de Nolan es casi la única película “seria” de superhéroes que me ha gustado. Su trilogía está muy marcada también por las tendencias sociales del momento en que se estrenaron, por lo que un vigilante como Batman acaba enfrentándose a un tipo de enemigos con unas tácticas que recuerdan un poco a una célula terrorista (desde los más organizados en la Liga de las Sombras hasta el Joker como anarquista. Y, bueno, Bane recordaba un tanto a los Indignados).

    También voy a aprovechar para romper una lanza en favor de Schumacher y decir que su Blood Creek es una serie B la mar de divertida.

    • Es verdad, Batman contra la guerrilla urbana es casi el tema de las dos últimas partes de la trilogía. Por cierto que un antiguo alumno, con mucha gracia, me dijo hace unos días que no es verdad que sea un héroe sin poderes, que tiene el mayor poder de todos: el dinero 🙂

      Y no he visto “Blood Creek”, pero consultando imdb descubro que sale en ella mi idolatrado Michael Fassbender, y que su protagonista es Henry Cavill, o sea… Superman.

  2. jack78 dijo:

    “Bale, cuando viste como Batman, recurre a un tono susurrante”… utiliza un distorsionador de voz.

    • En general, Bale tiende a hablar con ese tono bajo de voz en muchas películas (lo recuerdo en “El truco final”, que revisé hace muy poco), aunque en los Batman tenga el sentido de enmascarar su identidad civil. No es el único en hacerlo: el primero puede que fuera Marlon Brando (y no me refiero a su famoso tono de voz de “El Padrino”).

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