Claudius Bombarnac de Fórcola, una edición mayor de un Verne menor

La edición Fórcola de Claudius BombarnacNo figura Claudius Bombarnac entre los títulos más (re)conocidos de Julio Verne, no ya entre sus grandes obras maestras sino siquiera entre la «segunda división» de su literatura, que todavía encierra excelentes novelas. Yo mismo no la había leído hasta ahora, pese a que estaba —con el nombre castellanizado a «Claudio»— entre el entrañable conjunto de viejas ediciones de Molino que heredé de mi abuelo, y en las que trabé mi amor por el escritor bretón. Una breve ojeada a sus páginas, dejando entrever un argumento poco interesante, y algún elemento estilístico que entonces me parecía simple (los verbos en tiempo presente), fueron responsables de esa renuncia. Sin embargo, hay ediciones que obligan a replantearse las lecturas, y Claudius Bombarnac acaba de ser objeto de una publicación magnífica, que por el mero hecho de poseerla y disfrutarla, me ha «obligado» a leerla, para descubrir que, es verdad, no estamos ante ninguna novela memorable pero sí con cierto encanto y la mínima amenidad (además, no es muy larga). Se trata de la edición que acaba de lanzar la madrileña Fórcola, una editorial modesta pero admirable, por la calidad de sus libros y el evidente cariño puesto en ellos. Y este libro, que recomiendo desde ahora mismo, a vernianos y amantes de la literatura geográfica en general, es muestra eminente de lo que afirmo.

La editorial ha transformado un tanto el título original, de acuerdo con una tradición española que parece hacer necesaria la introducción de una mínima indicación al lector (o espectador: en cine es más habitual incluso) sobre el contenido de una obra encabezada por un nombre propio. De ahí que alargue el original hasta convertirlo en Claudius Bombarnac, corresponsal de «El siglo XX». Viaje en tren por Asia Central, de Tiflis a Pekín.

¿Sus atractivos? En primer lugar, se presenta bajo un formato sencillo pero elegante. Sus credenciales incluyen una traducción del gran Mauro Armiño y una soberbia introducción a cargo del geógrafo y catedrático emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, Eduardo Martínez de Pisón. En cuanto a lo primero, el nombre de Armiño suele ser una garantía de calidad, en una época en que su disciplina no pasa por el mejor momento, especialmente para aquellos que amamos la literatura de género y nos encontramos con casi cualquier cosa. Además, Armiño, como en muchas de sus más recordables traducciones, y con el amparo de la editorial, incluye una gran cantidad de notas a pie de página que aclaran referencias a datos étnicos o toponímicos, y, más curioso, a autores de la época, muchos de ellos del teatro y la música francesas más populares (que Verne, que comenzó precisamente en esos ámbitos, apreciaba de modo entrañable), hoy desconocidos por el público (español desde luego, francés puede que también), y que se citan continuamente en la obra puesto que dos de sus personajes son un matrimonio de cómicos.

En cuanto a la introducción, su calidad hace que la compra del libro merezca tanto la pena por la novela como por ese estudio previo que realiza Martínez de Pisón. Se titula «El planeta Verne», y a lo largo de 69 páginas que uno no quiere que acaben nunca, realiza un maravilloso recorrido geográfico, mítico, a ratos incluso onírico, que une el mapa particular que Verne marcó sobre nuestro globo a lo largo de su ingente obra con las referencias concretas al conocimiento del Asia Central que surcan los personajes de esta novela.

Portada de la primera edición francesa de Claudius BombarnacHay que añadir la inclusión de todos los grabados de la edición original de Hetzel, realizados por Léon Benett, y que debieran ser obligatorios en cualquier publicación digna de las novelas de Verne, por cuanto, en el original, formaban parte indisociable de la obra. Se incluyen, claro, los dos mapas que el autor incluyó en el libro y que permiten seguir el recorrido del tren de Bombarnac. (A ellos, claro, el lector mínimamente curioso debe añadir por su cuento el mejor atlas de que disponga, por mucho que los cambios toponímicos puedan desconcertarlo conside-rablemente, sobre todo al pisar territorio chino.)

Verne publicó la obra en el año 1892, primero por entregas y después en una edición conjunta, a final de año, con una novela que concibió con gran ambición, El castillo de los Cárpatos. El fracaso del volumen lo dejó bastante desconsolado, como revela una carta citada en más de una biografía (Salabert, Lottman) que he leído del autor: «¡El público se desentiende de los libros en los que yo tenía más confianza: Bombarnac, Cárpatos! Es desalentador». En el caso de la segunda novela, la verdad es que es justificado: es una historia que, pese a sus elementos de interés, deja bien claras las limitaciones que tenía el autor cuando intentaba transitar territorios ajenos. Sin embargo, Bombarnac sí es un título francamente entretenido, que hace honor, aun modesto, a ese propósito educador que siempre tuvo la literatura de Verne y que él mismo, de modo conmovedor, expresaba en la misma misiva señalada, apenas un par de líneas después. Lamentándose de que el descenso de ventas parecía indicar que su obra estaba ya «pasada de moda», Verne añadía: «Y sin embargo, no he concluido aún la obra de mi vida: describir la Tierra». Pues bien, si Claudius Bombarnac merece un recuerdo es por haber añadido una considerable extensión del planeta a esa descripción: Asia Central desde el Mar Caspio hasta Pekín, siguiendo en su parte culminante uno de los segmentos más atractivos de la famosa Ruta de la Seda.

La novela narra justo lo que indica, exhaustivamente, el título. En las primeras líneas de la novela, Claudius Bombarnac, reportero del diario francés El siglo XX, recién llegado a Tiflis (Georgia), recibe un cable de su periódico en el que se le conmina a tomar enseguida el tren directo Gran Transasiático, que arranca en Uzun-Uda, puerto oriental del Mar Caspio, y llega hasta Pekín, capital del Celeste Imperio. El cable motiva tal misión señalando que deberá transmitir de inmediato las entrevistas a los personajes notables que encuentre en el viaje o los «menores incidentes» que sucedan a lo largo de él.

La excusa puede parecer bastante peregrina, sobre todo teniendo en cuenta que el autor, a lo largo de su obra, había utilizado ideas mucho mejores para lanzar a sus personajes a un viaje memorable, desde el hallazgo del mensaje fragmentario de unos náufragos en una botella tragada por un tiburón a una apuesta por dar la vuelta al mundo en el mínimo tiempo posible, pasando por una rebelión tártara que impulsa al zar de todas las Rusias a enviar un mensajero a su hermano, en la otra punta del país, y advertirle de la identidad de un posible traidor.

El alemán que parodia a Phileas FoggSin embargo, importa poco. Porque, realmente, Claudius Bombarnac es una novela sin argumento. Y no por prurito de modernidad (que a Verne le producía alergia) sino porque, a esas alturas de su carrera, el escritor, en su prisa por cubrir la mayor parte del mundo en su obra, no necesita mayor excusa para proponer un libro de viajes por un escenario sin duda muy atractivo. El placer que uno puede extraer de las páginas de la novela (se sea o no un incondicional verniano) es el de hacer el recorrido por Asia Central en la gloriosa época del ferrocarril (lo confieso: mi medio de transporte favorito). Recorrido por supuesto horizontal, hacia una meta concreta, y también vertical, esto es, en el tiempo, en cuanto que nos traslada a un momento histórico que resulta fundamental en la literatura verniana: la época del imperialismo.

Bombarnac recorre miles de kilómetros, pero solo atraviesa dos países. De hacerse hoy el mismo viaje (aunque no existe ninguna línea férrea que pueda reconstruirlo: Verne se inventó ese Transasiático), una parte del trayecto se haría bajo la misma autoridad, la de China, ya no el Celeste Imperio sino la república popular. Pero la otra parte se encontraba en la época verniana bajo la autoridad rusa y hoy, ya lo sabemos, esos territorios se han dividido en una increíble miríada de países independientes: Georgia, Azerbayán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán, por orden de recorrido.

En 1892, año de publicación del libro —aunque en todo él no se menciona una sola vez la fecha en que transcurre la acción, sin duda, viniendo de alguien tan preciso como Verne, con toda la intención—, el Imperio Ruso dominaba toda la zona (como hizo, realmente, hasta la caída de la Unión Soviética cien años después). Y lo había hecho a sangre y fuego, imponiéndose por la fuerza sobre los distintos kanatos musulmanes que gobernaban el muy fragmentado territorio, aprovechando también la decadencia de ese Imperio Otomano con el que mantenía una rivalidad, a ratos soterrada, a ratos directamente bélica, desde los inicios del siglo XIX. La novela refleja con franco testimonio las huellas de ese apoderamiento, si bien es evidente que Verne lo defiende con entusiasmo, como único modo de llevar la civilización a tales lugares. Resulta significativo que uno de los argumentos que cita con mayor peso es la protección de las mujeres, maltratadas bajo el yugo del islamismo. Irónico que sea un argumento que posea tanta actualidad.

Como es lógico, Claudius Bombarnac es buena muestra de los tópicos y fobias que Verne poseía sobre el «espíritu nacional» de los distintos países y razas. Así, su mirada sobre Rusia no puede exhalar mayor simpatía. Como es sabido, Verne fue un rusófilo notable, y es raro encontrar algún personaje antipático de esa nacionalidad, brillando con gran fuerza los admirables, empezando por el inolvidable Miguel Strogoff, e incluyendo otros más secundarios como el mayor Noltitz de esta novela, el exiliado conde Narkin en César Cascabel o el conde Timascheff de Hector Servadac. (Obsérvese que, en todos los casos, los rusos se convierten en fraternales camaradas de sus protagonistas franceses.) ¿Es casualidad que en ese mismo 1892 se firmara el Acuerdo Francorruso que, con la incorporación de Inglaterra, acabaría dando origen a la Triple Entente y a uno de los dos bandos contendientes de la Primera Guerra Mundial?

Edición Molino de Claudio BombarnacLos personajes chinos reciben un trato dispar. Si hay algún personaje simpático, como el joven diletante Pan-Chao, la mirada que recibe no puede ser más condescendiente, y recuerda la que se efectúa en la chinoiserie verniana por antonomasia, Las tribulaciones de un chino en China (1879), una novela de la que siempre me ha parecido que lo mejor es su título, que parece más propio de una comedia descacharrante (lógico que en su versión en cine el papel titular lo asumiera el entrañable y archidinámico galán francés Jean-Paul Belmondo). De cualquier modo, es significativo que el paso de territorio ruso a chino, para el tren y sus viajeros, sea como ir de la noche al día: es el reinado de la molicie, la lentitud, la peligrosidad y, al final, la arbitrariedad de unas leyes más bien bárbaras, como indica el episodio en que el joven rumano que ha salvado heroicamente al tren (y el tesoro que conducía) de una terrible emboscada no pueda librarse de la implacable ley por haber hecho todo el viaje como polizón. También se filtra, hay que decirlo aunque duela, algo del antisemitismo del autor, si bien en dosis esta vez mínimas.

Las dos nacionalidades que, de entrada, menos simpatía inspiraban a Verne, la inglesa y la alemana, dan pie aquí a dos personajes harto tópicos. El inglés es una parodia del clásico gentleman imperturbable y ensimismado: un individuo que no quiere relacionarse con nadie, a quien desagrada cualquier mención a los éxitos rusos (recuérdese la rivalidad anglo-rusa precisamente por Asia Central, cuyo episodio más candente fue la pugna por Afganistán) y que exuda altivez y rudeza por todos sus poros: Verne acaba excediéndose y la salida de escena del inglés, comportándose del modo menos educado con el protagonista, ya desborda la mera falta de ecuanimidad. Lo irónico es que Verne, en su obra, no conoció el término medio con los ingleses: o los execra abiertamente o los convierte en el modelo de intrepidez e independencia moral, como prueban los inmortales Phileas Fogg y el capitán Hatteras.

El personaje alemán que el autor incorpora al Gran Transasiático resulta no menos ensimismado y antipático que el inglés, si bien aquí Verne se permite una maliciosa parodia de sí mismo. El barón Weisschnitzerdörfer (nombre a su vez paródico) está realizando nada menos que la vuelta al mundo, solo que no en 80 días sino en 39, marca que, desde luego, no batirá. Por cierto, que no es la única novela propia al que el mismo Verne remite: Bombarnac realiza, en buena medida, la misma trayectoria hacia el este de las posesiones asiáticas rusa que en Miguel Strogoff, si bien mucho al sur.

Por último, en su retrato de los personajes patrios, los franceses, resulta curioso que Verne recurra a tópicos propios de un observador extranjero (y no era la primera vez que lo hacía). Es evidente que el escritor consideraba que el rasgo básico del carácter nacional era el sentido del humor, en su faceta más popular (incluso populachera): recuérdense entrañables personajes como Michel Ardan, el viajero a la luna, o el geógrafo Paganel, integrante de la expedición de Los hijos del capitán Grant. Verne incluye aquí a un matrimonio de cómicos, de carácter bien exuberante y muy amigo de lucir (sobre todo él, claro) sus facultades.

Momento de acción en Claudius BombarnacEl fuerte de la novela, está claro, no es el trazado de personajes sino la tremenda vivacidad que el autor impone al desarrollo de esta historia sin historia. Vivacidad que comienza por ese recurso narrativo que en su día me alejara de ella: el uso de los tiempos verbales en presente, que otorgan al relato un notable sentido de la inmediatez, próximo al diario, o a la crónica periodística que, se supone, su protagonista redacta a la vez.

El mismo Bombarnac, tan poco relevante en la galería de grandes creaciones vernianas, posee una sencillez tan franca y afectuosa que acaba inspirando una entrañable simpatía. Y es que el bueno de Claudius no hace otra cosa, prácticamente, que alardear de unas dotes de observador que no posee —«Sé ver y veré», es su lema— y equivocarse de continuo en su ingenua búsqueda de un héroe con el que justificar la misión encargada por su diario. Pues, de forma harto moderna, el periodista considera que su trabajo, más que hacer una precisa descripción de lo que ve, es sensacionalizar el viaje (si se me permite el verbo), buscando de entre el conjunto de pasajeros a aquel que aporte el elemento de lo notable al trayecto. De ahí que Bombarnac consigne una especie de catálogo numerado de todos sus compañeros de viaje y les otorgue, por turnos, una atención especial, en busca de esa cualidad que él todavía no percibe (ni percibirá hasta que sea casi demasiado tarde: la presencia de un malvado bandido bajo la apariencia de heroico guardián del orden). Lo curioso es que Verne no advierte que, con solo hacer que uno de sus personajes muriera en condiciones misteriosas, Bombarnac habría encontrado su gran artículo y él mismo habría inventado ese minigénero en el que Agatha Christie sería maestra: la intriga criminal a bordo de un tren

Podríamos pensar que, a esas alturas de su carrera, Verne advertía que esa gran novela de la ciencia y la geografía a la que se había consagrado ya tenía poco que hacer. De hecho, los autores que tomaban el relevo en su campo iban a primar ya la acción sobre la descripción geográfica, sin renunciar todavía a ésta (por ejemplo, el gran Emilio Salgari, cuya estrella se alza mientras la del francés declina), antes de entrar en el último gran periodo de la literatura de género, el pulp, en el cual sus autores ya van a prescindir olímpicamente del mínimo rigor científico en beneficio del puro carrusel de maravillas, en muchas ocasiones lindando con la fantasía, o entrando abiertamente en ella (por ejemplo, y para no salirnos del género aventurero, Edgar Rice Burroughs).

«Un reportero que no precisa es un geómetra que descuida llevar sus cálculos hasta el décimo decimal», censura Bombarnac en otro momento de su crónica. Y si bien él mismo acaba incurriendo en esa omisión, no es el caso de su creador. Hasta en una novela menor como ésta, el mimo de Verne por el dato, por la precisión geográfica, por el rigor, resulta conmovedor. Sobre todo porque eso no impide que la historia se bañe, en forma leve, sí, pero indudable, de sus dosis de encanto, el suficiente como para que su lectura proporcione el necesario placer. Ah, y esa perfecta excusa para escrutar de nuevo un atlas, como en épocas ya pasadas en que era uno de nuestros libros de cabecera, solo por el mero placer de saborear nombres extraños y sonoros…

Mapa del Asia Central incluido en la edición original de Claudius Bombarnac

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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