Los 4 Fantásticos contra Dios

El toque vintage de Los 4 Fantasticos primeros pasos se advierte en su poster de promocionLos 4 Fantásticos estaban afrontando unos tiempos muy agitados. En primer lugar, su archienemigo el Doctor Muerte los puso contra las cuerdas apoderándose de su propio hogar, el Edificio Baxter, y para derrotarlo hubo que hacer lo más doloroso: revertir a Ben Grimm, que había recuperado su forma humana, a la apariencia monstruosa de la Cosa. El dolor subsiguiente de este lo llevó a caer en manos del anti-grupo por excelencia de los 4F en esa época, los Cuatro Terribles, quienes consiguieron hacerlo de los suyos por un breve pero angustioso tiempo. Acto seguido, descubrieron la existencia ignorada hasta entonces no de un grupo de seres superpoderosos sino de todo un pueblo dotado, los Inhumanos, que ha vivido oculto hasta ahora en una ciudad hipertecnológica escondida en el Himalaya. ¿Qué más podía suceder? Pues que al regreso a Nueva York, se encuentren el cielo primero cubierto de llamas y después de misteriosos desechos espaciales, señales todas que anuncian la inminente llegada de un ente cósmico llamado Galactus y apodado el Devorador de Mundos pues eso es justo lo que hace: absorber la esencia del planeta en que posa sus ojos y destruirlo. Un ser de poder inconcebible, pero es que Stan Lee, el director editorial de Marvel, le había pedido a su colaborador en la serie Fantastic Four, el genial Jack Kirby, que después de tantas maravillas a las que habían hecho enfrentarse a sus personajes, solo les quedaba hacerlo con… Dios. La película que por fin ha permitido a Marvel Studios acoger en su seno a la llamada Primera Familia —en sentido literal, pues esta es la colección que vio nacer el Universo Marvel— ha recuperado este colosal enfrentamiento. ¿Qué mejor carta de presentación podía tener el esperadísimo regreso al seno materno de los 4F?

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Perderse en el tiempo de Proust (I)

I       II       III

Las referencias de volumen y página se corresponden con la edición en siete libros de la novela, con el título de A la busca del tiempo perdido, en El Paseo (2022), y que es una puesta al día de la misma traducción y edición de Mauro Armiño para Valdemar, publicada veinte años atrás. 

A la busca del tiempo perdido, traduccion de Mauro Armino, en El PaseoLas cerca de tres mil páginas, según las ediciones, a lo largo de las cuales se extiende En busca del tiempo perdido (sigo prefiriendo este título al elegido por Armiño) supongo que para la mayoría constituyen un argumento disuasorio a añadir a la fama de «difícil» de la novela y que desde hace más de un siglo comparte con la otra obra con la que las historias de la literatura nos dicen que forma el díptico de definitiva entrada a la modernidad literaria, el Ulises de James Joyce. Si en este caso la dificultad no estriba tanto en la larga extensión como en el cambiante registro lingüístico, en el de Marcel Proust es su reputación de obra morosa, compuesta por acciones mínimas sobre las que su narrador da vueltas y vueltas que se prestan al fácil juego de palabras a que se presta su título. Mi contacto con la novela, sin embargo, que en esta ocasión pretende ser definitivo —yo también sé lo que es haber buceado en sus aguas superficiales y no haberme decidido a llegar al fondo—, me indica que es otro el objetivo que debe proponerse un lector inquieto al abrir las páginas del primero de sus libros: no es lo mismo no querer perder el tiempo con Proust que decidirse a perderse en el tiempo de Proust. Desde este punto de vista, y leídos ya dos de los siete libros que componen el total, pienso que puede suponer una experiencia en verdad memorable. Una experiencia que, por una vez, creo que no puede ser emprendida con el objeto de concluirla de un tirón. Mi propia tendencia a cambiar continuamente de temas y registros me aconseja proponerme paradas cada dos volúmenes, al menos. Es por eso que este primer artículo versará sobre los dos primeros libros que la componen. Por supuesto, su objeto no es tanto realizar un análisis en profundidad de sus elementos literarios, que por extensión y preparación me sería imposible, sino una reseña de temas argumentales y elementos dramáticos que puedan ayudar a quien quiera asomarse a sus páginas y que de paso sea mi propia memoria de impresiones para el futuro.

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Si es argentina, sale Darín

El Eternauta. Ricardo Darín. Cr. Sebastián Arpesella / Netflix ©2025Sin duda, la nómina de actores argentinos del último medio siglo es impresionante. Primero conocimos a aquellos que vinieron a España huyendo de la turbulencia política de su país: Héctor Alterio, Federico Luppi o Cecilia Roth. Después aquellos que protagonizaron el boom que su cine protagoniza desde comienzos del siglo XXI, muchos de los cuales también acabarían aclimatándose en nuestro país: Darío Grandinetti, Miguel Ángel Solá, Leonardo Sbaraglia y Óscar Martínez. Pero sin duda el nombre que a cualquiera se le viene a la cabeza enseguida es el de Ricardo Darín. Lanzado a la fama por el éxito de El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001), desde entonces ningún intérprete de ese país acumula tal cantidad de películas estrenadas en las pantallas españolas, y por lo general con gran repercusión, hasta tal punto de que el título que he elegido para el artículo no es broma: cada vez que se ha estrenado en estos veinticinco años un film argentino, lo raro es que no saliera él. Estamos uno de estos actores que, en vida, alcanzan la reputación de «monstruo sagrado». Como hace tiempo que he dejado atrás las mitomanías (y esos calificativos son propios de mitómanos), mi relación con este excelente actor es como la que se tiene con un viejo amigo que cada vez que te invita a su «casa» sabes que te reserva una buena velada. Siendo un actor con una imagen bien reconocible —lo que quiere decir que sus gestos, sus miradas, su forma de hablar o de reaccionarnos resultan ya muy familiares—, sin embargo ha tenido saludablemente el buen sentido de jugar siempre con variantes sobre el tipo de rol que se podía esperar de él. Unas veces su registro es extrovertido, incluso exuberante; otras es contenido, a veces incluso hasta bordear el ensimismamiento. En cualquier caso, su galería de personajes es muy rica, y es por ellos por lo que he elegido acercarme al intérprete. Porque al final lo que nos queda de los actores, lo que sigue impulsándonos a decirnos una noche «hoy me apetece ver una de…», son sus personajes y películas.

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Escorpio: Hamlet en Marvel

df1048De entre todas las colecciones de grupos de Marvel, Los Defensores nunca fue gran cosa. Sus responsables quisieron personalizarla señalando que los integrantes del equipo en realidad no querían formar ningún equipo: que eran solitarios que solo por azar cruzaban sus caminos y marchaban juntos mientras tenían que detener las aviesas intenciones de algún enemigo. No eran un grupo: eran un no-grupo. Una pequeña falacia que solo hubiera tenido sentido si la colección apenas se hubiera extendido por un puñado de números… pero superó largamente la centena. Aunque por ella pasaron nombres importantes (Steve Gerber, Steve Englehart, Sal Buscema…), en general no hicieron sus mejores trabajos en sus páginas. Y sin embargo, en ellas se encierra uno de los trabajos más admirablemente densos de las dos primeras décadas de la Casa de las Ideas, una pequeña saga que se conoce bajo el título de «¿Quién recuerda a Escorpio?». Una saga que, en principio, no prometía gran cosa tampoco. El guionista que la firmó, David Kraft, no ofreció, en lo que yo sé, nada a la misma altura, de tal modo que también podemos calificarlo como un escritor mediano. El villano que da título a la aventura había aparecido un par de veces en otras series y había sido olvidado: era un villano del montón. Y sin embargo, los inesperados rasgos que singularizan la saga la convierten en una de las historias más memorables de Marvel. Una historia además dotada de una admirable modestia. No hay la menor pretenciosidad en ella y sin embargo, con Escorpio, Marvel propuso un misterioso avatar de nada menos que Hamlet, un villano con problemas de identidad, atormentado por el fracaso al que parece conducirse toda su existencia y porque el tiempo se le echa encima sin que haya tenido ocasión aún de demostrar no ya que es alguien sino que tiene derecho a la plenitud y a la felicidad, una ambición inesperada para lo que a priori suelen perseguir los villanos del género. Seguir leyendo

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Impresiones (3). Proust, novela familiar, de Laure Murat

PN1149_Proust, novela familiar_17,8_v1.inddHe comenzado a leerme En busca del tiempo perdido. Sé que cuando uno escribe, o pronuncia esta frase, parece que lo hace con cierta solemnidad, con el orgullo de quien emprende una aventura en la que espera descubrir algo parecido al Santo Grial (o al menos hacer creer a los demás que lo ha descubierto). Rebajo por tanto este tono pretencioso señalando que no es la primera vez que lo intento. He leído varias veces, eso sí, la novelita que suele extraerse del cuerpo principal, Un amor de Swann —que forma parte del primer libro, Combray—, en la edición de Cátedra. Y hace veinte años, cuando Valdemar comenzó la publicación en tres gruesos volúmenes de la traducción de Mauro Armiño, me compré el primero y casi lo concluí, dejándolo ahí, con la firme decisión de retomarlo pronto, cosa que hago dos décadas después. Leer la obra magna de Marcel Proust exige, ante todo, elegir una traducción. Durante mucho tiempo en España solo tuvimos la de Alianza, traducida en sus primeros compases por Pedro Salinas y que siempre me veté por el para mí no banal detalle de que castellaniza los nombres propios: lo siento, pero la bella sonoridad de Gilberte o Françoise para mí se brutaliza al asumir los nombres de Gilberta o Francisca. Quien como yo se decida a abordar la heptalogía (la novela se divide en siete volúmenes, que se publicaron entre 1913 y 1927, siendo póstuma la publicación de los tres últimos), hoy se encuentra con varias traducciones. Después de buscar información y consultar voces para mí autorizadas me he decantado por la de Mauro Armiño, pero en la revisión y puesta al día que ha efectuado que ha visto recientemente la luz, esta vez dividida en los siete libros de rigor, en El Paseo (2022). Armiño ha podido así corregir el que para muchos fue su mayor error, la primera frase, que la primera vez resolvió, de modo desconcertante, como «Me he acostado temprano, hace mucho» y ahora resulta más clásica («Durante mucho tiempo me acosté temprano»). He leído muchas traducciones de Armiño y es para mí una vieja y confiable compañía literaria. En la nueva edición mantiene el aparato de notas, los diccionarios de lugares y personajes, los resúmenes y demás añadidos de Valdemar. Y también su particular traducción del título, por la que yo debería llamar también a la novela, aunque me pueda la costumbre anterior. Es A la busca del tiempo perdido. Seguir leyendo

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Robert Ryan, la furia a flor de piel

Robert RyanRobert Ryan era alto, demasiado alto. Su constitución era delgada, pero sugería un considerable vigor físico. La mirada, por lo general, hosca, subrayaba esta fortaleza. Su rostro cuadrado se alargaba en una frente alta y una cabellera bien poblada. Es curioso que en ocasiones me recuerde nada menos que a Montgomery Clift. Un Monty Clift, por supuesto, sin su apostura y, sobre todo, sin su nobleza. Pues si el inolvidable intérprete de Río Rojo también supo encarnar personajes ambiguos en los que esta dimensión descansaba sobre la duda del espectador a que por debajo de semblante tan puro pueda esconderse alguna mala intención (recuérdese La heredera, por ejemplo), en el caso de Ryan sucedía al contrario. Incluso cuando no encarnaba a ningún villano (y dio vida a muchos), uno no podía reprimir un gesto de desconfianza ante su personaje. Si no, claro, ¿por qué diablos se le había encomendado a él? Y es que Robert Ryan poseía una expresión de la que uno no podía fiarse (ni cuando encarnaba a un personaje en principio positivo), ya fuera torturada o ensimismada, perversa o circunspecta. No nació para encarnar a seres de personalidad diáfana sino a sujetos atrapados en terribles atolladeros existenciales cuando no a verdaderos hijos de perra. Seres que parecen siempre al borde del estallido, como expresa de modo inmejorable uno de sus mejores y sin embargo menos conocidos personajes, el infeliz delincuente al que encarnó en Odds Agains Tomorrow (1959), que en determinado momento dice así: «Las cosas solo me resultan fáciles cuando me enfado». Y cuando Robert Ryan se enfadaba, todo se desmoronaba a su alrededor. Seguir leyendo

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En Kalewche, artículo sobre la novela histórica

IvanhoeMis amigos argentinos de la revista digital Kalewche me han pedido una colaboración para el dossier sobre novela histórica que está viendo la luz en las últimas entregas, que titulo Novela histórica: literatura antes que Historia. Acepté el ofrecimiento sin dudar, claro, pues además de la generosidad que me están demostrando desde que nos conocimos sus peticiones me resultan siempre de lo más estimulante. Lo primero que pensé es que no era la persona más adecuada: soy profesor de Historia, cierto, pero confieso que la novela histórica me atrae muy poco. Enseguida matizo: me atrae muy poco la actual, la que satura las mesas de novedades de las librerías (siempre hay excepciones, claro) porque, en mis habituales, y habitualmente largas, visitas a estos establecimientos, durante las cuales hojeo sin parar toda clase de libros (gran parte de mis mejores lecturas se las debo al descubrimiento de obras que me sedujeron durante esas gratas estancias), no encuentro especial estímulo en ese género. Son libros por lo general de extensión desmesurada, cuyos autores siempre presumen de una minuciosa labor de documentación, de la que no dudo, y cuyo estilo, sin embargo, diríase más propio de la novelización de un guion redactado para una serie: mucho diálogo y narración supuestamente dinámica. Ahora bien, si me paro a pensar toda la vida he leído mucha novela histórica. (Es más, he escrito un libro sobre la ficción histórica, solo que enmarcada en el medievo y extendida al cine y el tebeo, Edad Media soñada, editada por Algorfa en 2020.) Me refiero a libros tan famosos como Quo Vadis?, La flecha negra, Ivanhoe, El nombre de la rosa o los Episodios Nacionales, a autores como Walter Scott, Conan Doyle, Stevenson o, por qué no, Robert E. Howard. Libros en los que pienso, ante todo, como literatura y no como «documentadas novelas históricas», si bien sus autores, por supuesto, al ambientarlas en tiempos pretéritos, procuraron que el escenario y los personajes escogidos fueron absolutamente verosímiles. En el artículo que publica Kalewche intento explicar estas ideas, partiendo como es natural de ese recorrido personal por las novelas de ambientación histórica y la posible influencia (y confluencia) que tuvieron en mis dos grandes pasiones, la ficción (en este caso literaria) y la Historia.

La novela histórica, en Kalewche

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Impresiones (2). Tropas del espacio, de Robert A. Heinlein

Tropas del espacioDesde el momento de su publicación, Tropas del espacio (1959) ha sido considerado algo así como uno de los emblemas literarios del fascismo. La exageración es evidente, por mucho que los argumentos que dan los varios personajes que actúan como instructores del ejército bien puedan ser etiquetados así. La acción se sitúa en la Tierra de un futuro en el que ya hace mucho tiempo que se ha producido la expansión por las estrellas y esto nos ha puesto en contacto con razas hostiles, con las que solo cabe el enfrentamiento (los arácnidos que forman la sociedad-colmena a los que la traducción de la novela llama los Chinches). En esa sociedad futurista se ha alcanzado un notable bienestar económico y no existen los conflictos sociales o políticos, pero solamente alcanzan la categoría de ciudadanos (que son quienes votan y quienes componen la élite que toma las decisiones) quienes han dedicado algunos años de su vida al servicio militar. La razón es que solamente quien sabe lo que es el sacrificio por los demás (la vida castrense es durísima, no tardará en comprobar el protagonista, Johnnie Rico, cuya progreso militar seguiremos a lo largo de la novela) está legitimado para tomar las decisiones. Ciertamente, el dibujo que la novela ofrece de los mandos militares no puede ser más ideal: todos y cada uno de ellos no solo son psicólogos inigualables, sino que carecen de cualquier inclinación violenta; es más, la dura criba, que hace que la mayor parte de los reclutas abandone el cuerpo, no provoca ninguna discriminación, represalia o burla, incluso aunque esto se produzca en el momento justo previo a la entrada en combate: se entiende que lo mejor, siempre, es que quienes se queden sean los mejores, pues su dura tarea lo exigirá. Seguir leyendo

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Balzac, el novelista del Todo

Retornando a Balzac he tenido ocasión de sorprenderme al leer que este autor que compuso casi un centenar de obras en poco más de dos décadas no tenía una facilidad natural para la escritura. Lo dicen autores que se beneficiaron de la senda que él abrió: lo dice Flaubert, que pasa por ser uno de los mejores estilistas de la literatura gala («¡Qué hombre habría sido Balzac, si hubiese sabido escribir!»), lo dicen incluso aquellos que lo apreciaron bien, como es el caso de Théophile Gautier en la pequeña biografía que le dedicó (Retrato de Balzac, 1858), tal vez nos lo diga él mismo sabiendo (Gautier lo refiere también) cómo hacía y rehacía lo que escribía, corrigiendo y luego corrigiendo la corrección, insatisfecho siempre del resultado hasta el punto de que, años después de una primera y exitosa publicación, ante la nueva salida al mercado de una novela, volvía a meterle mano (lo hizo, sobre todo, para adecuar sus primeras creaciones al plan trazado con posterioridad de La comedia humana). El estilo de Balzac ha sido muy criticado: de él algunos han dicho cosas parecidas a las que Valle Inclán dijo de Galdós (el autor español que tanto debe al francés), que lo tildó famosamente de «don Benito el garbancero». ¿Cómo es posible? Mi conocimiento de este escritor se está produciendo a oleadas: mediante periodos en los que no puedo dejar de acumular lecturas de sus obras en poco tiempo. Y es que, mientras lo leemos, Balzac nos transmite una extraña y feroz voracidad. Como él, deseamos saberlo todo, sentirlo todo, tenerlo todo. Zambullirse en sus novelas supone admitir que, mientras las leemos, no existe otra realidad que la que él impresiona en sus páginas, amenazando con invadir este presente nuestro que, como todos los presentes, tan prosaico nos parece. En general, es la magia que producen los grandes creadores, pero hay algunos que, por estar imbuidos por la necesidad absolutista de describir el universo entero, nos dejan absolutamente agotados cuando les dedicamos un cierto tiempo: es el caso de Feodor Dostoyevski y sus tremebundos novelones, de Juan Benet y su ciclo de Región o de Herman Melville y Moby Dick, y supongo que será el caso de En busca del tiempo perdido de Proust, el autor que culmina y a la vez trasciende el proyecto balzaquiano. Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Beau Geste

El inolvidable Gary Cooper, el perfecto Beau GestePublico en Café Montaigne un artículo en el que he revisado y actualizado una vieja publicación de mi blog en la que recordaba, con fascinada admiración, una de las películas de mi vida, Beau Geste (1939), dirigida por William Wellman y protagonizada por el gran Gary Cooper. La sigo revisando de vez en cuando y me digo: esta vez no me impresionará tanto. Pero lo hace. Me refiero a su genial apertura, en la que un destacamento de legionarios llega al fuerte aislado en el desierto para proceder al relevo y encuentro a todos los soldados muertos y aferrados a su fusil sobre cada una de las almenas. La respuesta a este enigma —y a algún otro que se plantea enseguida, como la desaparición del voluntario enviado a su interior o el origen del fuego que acaba devorándolo todo— dará lugar al cuerpo de la película, y puedo afirmar que está a la altura del misterio inicial. Beau Geste ha sido menospreciada mucho tiempo por pertenecer a un género calificado de «aventura imperialista», por recoger las andanzas de europeos, con frecuencias soldados, usando y abusando de la avidez blanca por dominar a las razas «inferiores». La primera sorpresa es descubrir que, en realidad, arroja una amarga mirada sobre la épica militar, construida con admirable riesgo a partir de un trío de hermanos que ha construido su vida sobre el ensueño de las hazañas bélicas: tres niños grandes (el mayor de todos es Gary Cooper: Michael Geste, llamado Beau por su nobleza químicamente puro) que descubrirán que ese supuesto paraíso en realidad es el infierno. Adaptando una novela del británico P. C. Wren, menos impresionante que el film pero también muy estimable, Beau Geste es un ejercicio de cine puro que abruma por la increíble belleza visual que se extrae de su ambientación en el desierto y por constituir un ejemplo emblemático de ese «dar más pareciendo dar menos» que forjó el mito de la síntesis narrativa del cine clásico. Y además, por Beau. Yo de pequeño quería ser Gary Cooper. Pero Gary Cooper en este Beau Geste aunque quienes conocen la película pensarán  que casi mejor habría sido preferir serlo en Solo ante el peligro o en El manantial…

Beau Geste: un entierro vikingo en el infierno

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Impresiones (1). Realismo raro. Lovecraft y la filosofía, de Graham Harman

Inicio una sección del blog en la que reseñaré con mucho menor espacio del habitual algunos libros, películas o tebeos que vaya leyendo, con objeto más bien de transmitir una impresión que un análisis minucioso.

Realismo raroEs una pena que la literatura fantástica (sobre todo la de terror y ciencia ficción calificada como popular) haya sido siempre, en general, atacada y a la vez defendida tan mal. Irónicamente, quienes hacen una cosa y la otra suelen hacerlo en los mismos términos: en clave argumental. Los primeros detestan la fantasía popular o pulp señalando que desarrollan una serie de tópicos risibles bajo un estilo pedestre y que están destinados, poco más o menos, a lectores de bajo nivel cultural. Los segundos, por desgracia, la defienden muchas veces en función del ingenio argumental o del interés de una premisa concreta. Sin embargo, también hay quien piensa que el terror y la ciencia ficción, como literatura que es, debe juzgarse antes que nada por lo mismo que a toda obra literaria: por su estilo. Del estilo —que en su más sencilla definición diría que es el modo mediante el cual el autor expone lo que desea contar—, y de la fortuna con que se ejecute, dependen los dos elementos fundamentales de este género, es decir, la atmósfera y el realismo con que sus personajes y sus ideas, por raros e incluso absurdos que sean, nos resultan convincentes mientras los estamos leyendo. Seguir leyendo

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Un viaje de invierno: la Repetición y la Espera

Las citas de páginas se corresponden con la edición de la novela en Alianza Editorial, número 1392 de su colección de bolsillo (Madrid, 1981), cuya portada reproduzco justo debajo.

Edición de Un viaje de invierno, de Juan Benet, en Alianza BolsilloUn viaje de invierno (1972) es la tercera novela regionata publicada por Juan Benet. Algunos críticos la sitúan como el cierre de una trilogía que habría sido iniciada por la seminal Volverás a Región (1968) y prolongada por Una meditación (1970). Sin embargo, otros —y yo coincido con ellos—, señalan que en realidad sería el capítulo central de un conjunto que forma ciertamente una trilogía pero que en realidad cierra La otra casa de Mazón (1973). Si lo creo más acertado es porque de este modo se diferencia radicalmente la primera novela de Benet de las otras tres, y ello por la sencilla razón de que ese libro inaugural podría decirse que contiene y anuncia a los siguientes, que se alimentan inevitablemente del incontenible tropel de hallazgos, incidentes, episodios y sugerencias que incluye. Eso sí, los tres libros se diferencian por evidentes peculiaridades textuales. El primero está formado por un párrafo continuo sin un solo punto y aparte hasta el final. El tercero utiliza fragmentos en prosa con otros de estructura teatral. Por contraste, el segundo parece visualmente más diáfano, puesto que presenta una división en capítulos y párrafos de diversa extensión, si bien también ofrece una singularidad: una serie de acotaciones marginales, o ladillos, que ribetean el texto a intervalos. Ahora bien, superando en mayor grado aún a las precedentes, estamos ante una novela que supone un subyugante ejercicio de indeterminación, de tal modo que el lector difícilmente podrá asegurar nada una vez concluida la lectura. Ahora bien, como intentaré justificar en las siguientes líneas, que el sentido real de lo que sucede (esta palabra tiene poca aplicación en Benet) sea difícil de concretar no quiere decir que el texto sea hermético. Bien al contrario, uno de sus grandes atractivos es que permite diferentes interpretaciones de los asuntos tratados a modo de bella metáfora de lo que el autor entendía por realidad: algo que nunca se construye de modo absoluto, y que por tanto no se aprehende nunca del todo. Una dimensión de la memoria, en suma. Seguir leyendo

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Jack el Destripador: sangre, tinta y celuloide (II)

I       II

Cartel de Jack the Ripper, version de 1959Era lógico que la figura del Destripador acabara deslizando su campo de actuación del thriller al terror, sobre todo a medida que los tiempos fueron permitiendo una mayor permisividad censora, con el consiguiente aumento de la crudeza visual. El cine británico sería el que diera ese paso, tanto por la «nacionalidad» del asesino como porque desde la segunda mitad de los años cincuenta el Horror viviría una auténtica edad de oro, en cantidad y en calidad. El estudio que encabezó este esplendor fue Hammer Films, gracias en primer lugar a la renovación que hizo de los mitos clásicos del género que habían vivido ya un primer periodo de apogeo en los años treinta en Hollywood de la mano de la Universal. A su sombra, sin embargo, intentaron encontrar su lugar otros estudios menores y productores independientes. Dos de estos fueron Robert S. Baker y Monty Berman, figuras versátiles por cuanto no solo produjeron sino que además escribieron, firmaron la fotografía de varios de sus mejores títulos y dirigieron alguno de ellos —en el film que nos ocupa se encargan de los dos últimos apartados—, pasándose con el tiempo a la televisión (suya fue, por ejemplo, la famosa serie El Santo, con Roger Moore). Baker y Berman tuvieron fama de ser los clásicos magnates del medio sin ninguna ambición artística, dispuestos a explotar los bajos instintos del público (aunque la supuesta «crudeza» de sus películas hoy, claro, parece apta para niños de guardería), y sin embargo sus films aguantan mucho mejor de lo que parecía. Uno de ellos, el tercero en concreto, que no tuvo estreno comercial en España, fue Jack the Ripper (1959), al que el paso del tiempo ha acabado convirtiendo en un título fundamental en la trayectoria cinematográfica del asesino de Whitechapel. Seguir leyendo

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Jack el Destripador: sangre, tinta y celuloide (I)

I          II

Suyo afectisimo, Jack el DestripadorComo tantas otras figuras extraídas de la realidad, de Julio César a Ricardo Corazón de León, de Abraham Lincoln a Napoleón, personajes demasiado conseguidos como para haber tenido sustancia real, Jack el Destripador parece hoy la creación de un escritor pulp o de un guionista de cine de terror. La sangre de los cinco crímenes atribuidos que cometió entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre de 1888 en el londinense barrio de Whitechapel se transmutó pronto en tinta —no en vano el nombre se lo atribuyó, supuestamente, él mismo en una de las cartas que envió a Scotland Yard jactándose de sus crímenes— y enseguida en celuloide. Es imposible leer o escuchar su nombre y no pensar de inmediato en unas callejuelas húmedas y sombrías cubiertas por la espesa niebla que surge del Támesis, por las que avanza una figura embozada distinguida por un sombrero de copa y un maletín de mano y, tarde o temprano, se dibuja en el aire una veta de plata cubierta de líquido escarlata y se escucha el alarido de una mujer… No quiero a mi vez entregarme a vanas literaturas o a metáforas visuales que no me pertenecen. En las próximas líneas voy a acercarme a varias de las más relevantes (o eso creo) ficciones que ha creado la imaginación del hombre, con mayor o menor sujeción a los elementos reales del caso, hasta dibujar una figura que ha acabado siendo tan conocida en los anales del thriller y del terror como el doctor Jekyll y Mr. Hyde (con la que, en el fondo, tantos elementos comparte), Drácula o Sherlock Holmes, con varios de los cuales, no es de extrañar, ha cruzado sus caminos. Seguir leyendo

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Del Nosferatu de Eggers y otros Dráculas que amaron

Cartel de Nosferatu, de Robert EggersNo deberíamos olvidarlo. El inmortal personaje que conocemos como Drácula fue ideado por su creador, el irlandés Bram Stoker, como símbolo del Mal absoluto. Un vampiro cuya inmortalidad depende del periódico alimento de la sangre de los hombres no puede permitirse (ni ello le preocupa, claro) el menor rasgo humano. Stoker describe a su criatura como un ser absolutamente egolátrico, para quien el universo se centra exclusivamente en sí mismo: el resto de sus habitantes existen para garantizar su supervivencia. Por si hubiera dudas, en la famosa escena situada al principio de la novela, cuando las tres vampiras que habitan el castillo (las famosas «novias» de Drácula) intentan poseer al infortunado Jonathan Harker y su amo se lo impide, única y exclusivamente porque todavía ha de servir a sus fines, una de aquellas, en su rabia, le reprocha: «Tú nunca has amado. ¡Nunca amas!». Es curioso que ya su primera adaptación (aun encubierta, para no pagar los derechos de autor), la genial Nosferatu, el vampiro (1922) dirigida por F. W. Murnau, subvirtiera esa característica e hiciera que su protagonista se sintiera fascinado por una mujer, lo cual acabaría por costarle la vida. Desde entonces, y aunque tardaría en reaparecer, la figura de un vampiro capaz de amar se nos ha hecho familiar gracias a muy relevantes títulos, en especial Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola. Hace pocas semanas se ha estrenado una nueva versión del film de Murnau, titulada sencillamente Nosferatu, que como es natural reincide en esta concepción del vampiro como ser que busca algo más y fija su mirada en una mujer, ya sea como objeto de amor romántico, como posesión carnal y espiritual o como mera sugestión. Y es que un tema eterno del cine de terror dicta que los monstruos solitarios, de vez en cuando, necesitan a alguien con compartir su soledad. Seguir leyendo

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