I II III
El enorme éxito de las aventuras del Capitán Britania acabó llevando a Alan Davis (como antes a Alan Moore) a cruzar el charco —simbólicamente: él siguió viviendo en el Reino Unido— para trabajar en la misma DC a principios de 1985. Lo hizo para encargarse de nada menos que del dibujo de uno de los grandes iconos de la casa, Batman, si bien por medio de una serie subsidiaria, Batman and the Outsiders, que de su mano y de la del guionista Mike W. Barr, con quien formó un magnífico tándem, consiguió llamar la atención de modo singular. Es por eso que la pareja fue ascendida a Detective Comics, la colección oficial del Hombre Murciélago. Sin embargo, Davis solo llegaría a completar media docena de números, pues se marcharía por graves desacuerdos con sus editores. Cuánto agradezco yo a quién fuera no haber congeniado con el artista, pues así es como este regresaría a los personajes de Marvel. En ese tiempo, Chris Claremont (que había sido diez años atrás el creador del Capitán Britania, por mucho que su deficiente trabajo ya estuviera del todo olvidado) había descubierto la magnificencia artística de Davis y le había tendido frecuentes lazos para que se convirtiera en dibujante regular de su emblemática serie La Patrulla-X. El artista siempre ha declarado que se negó una y otra vez porque sentía complejo ante la enorme calidad de quienes se habían ido pasando sus lápices y temía no estar a la altura (para que digan que todos los genios son inmodestos…). Aun así, colaboraría de modo puntual con Claremont y sus colecciones de mutantes en varios especiales y en números sueltos de la serie central, y esa confianza lo llevaría a aceptar, por fin, hacerse cargo del dibujo de una serie regular que iba a estrenar, a bombo y platillo, la Casa de las Ideas. Que esa colección transcurriera en la misma Gran Bretaña y que, en buena medida, fuera a aprovechar personajes e ideas creados por él debió de ser también un acicate. El resultado sería la obra por la que hoy sigue siendo más conocido, Excalibur.
Ya he hablado en otro artículo de la importancia fundamental que tuvo La Patrulla-X en mi adolescencia y del aprecio que, por tanto, siento por su alma mater, el inglés Chris Claremont. Estuvo al frente de la colección central del llamado Universo Mutante, primero llamada X-Men y definitivamente The Uncanny X-Men, desde su número 95 (agosto de 1975) al 279 (agosto de 1991), es decir, dieciséis años, algo inaudito en el mainstream del cómic estadounidense, en gran parte de los cuales llevó también las riendas de otras colecciones aledañas de ese subsector de Marvel. (Más tarde, volvería a hacerse cargo de la serie, mas ya sin la continuidad ni la libertad, ni mucho menos la forma creativa, de antaño). En ese cuarto de siglo otorgó una profunda densidad a ese universo, en buena medida por el modo en que supo aprovechar el talento de sus dibujantes (casi todos ellos extraordinarios), sabiendo adaptarse a las cualidades de cada uno de ellos para matizar sus propuestas argumentales, sin dejar nunca que su trabajo no fuera bien reconocible.
Ahora bien, Claremont adoleció de una serie de defectos que sus lectores acabamos tomándonos como broma común pero que llegaron a ser muy fastidiosos. El más conocido, pero también el más superficial, es que con frecuencia «olvidaba» argumentos apuntados y personajes bien arraigados (aunque mucho tiempo después los reintrodujera, con intemperante brusquedad, seguramente al sorprender él mismo sus propios gazapos en sus relecturas). El peor, sin embargo, fue el tenaz uso del subrayado a la hora de plantear sus historias y, en especial, de escribir sus extendidos diálogos: nunca fue consciente de que, en la narración de género, menos suele ser más, o de que la verborrea puede convertirse en un cargante obstáculo para la fluidez de la historia. Si digo esto es porque el hombre que hizo más evidente esta limitación fue ese dibujante al que persiguió durante tantos meses hasta que consiguió enredarlo y que seguramente se marchó de la serie que ambos lanzaron al cansarse, precisamente, de esos puntos fastidiosos que he señalado.
He dicho que una virtud de Claremont fue el modo en que supo aprovechar las cualidades de sus colaboradores. En el caso de las creaciones de la rama británica de Marvel —y sin que sirva de eximente el hecho de que él ayudara a ponerla en marcha (repito: su trabajo había sido mediocre)—, el guionista decidió apropiarse directamente de aquellas en beneficio de su Universo Mutante (entre esos creadores estaba, recuérdese, Alan Moore, al que supongo que no le haría mucha gracia). Es claro que no cometió ninguna «ilegalidad» o «inmoralidad»: todas las creaciones de Marvel pertenecen a Marvel, como se sabe, y es parte del atractivo de ese mundo superheroico el que sus personajes hayan estado siempre a disposición de los artistas que puntualmente se hacían cargo de ellos, pues así los renovaban y les daban nuevo vigor.
En el fondo, mi lamento es absurdo. Por un lado, lo que haría Claremont con los personajes desarrollados por Dave Thorpe, Alan Moore, Jamie Delano y, sobre todo, Alan Davis, sería trivializarlos al dotarlos del gimoteante dramatismo propio de sus mutantes, siempre lamentándose de todo lo habido y por haber, algo que difícilmente encajaba con el hombre al que quería convencer para que le ayudara a hacerse cargo de todo. Pero si Claremont no se hubiera «apoderado» de ellos, para bien y para mal, habrían quedado en el limbo de las creaciones secundarias marvelitas y quién sabe en qué peores manos habrían caído. Por tanto, hago constar mi reflexión y sigo adelante.
Claremont, ya se ha dicho, consiguió que Alan Davis colaborara en números puntuales de sus mutantes. El primero fue el Anual nº 2 de Los Nuevos Mutantes, la colección que dedicaba a la tercera generación de alumnos de Charles Xavier. En ese especial, con fecha de portada de octubre de 1986, Claremont hizo reaparecer a los hermanos Braddock. En concreto, a la telépata Betsy (que en Captain Britain había perdido los ojos) la convertía en prisionera de Mojo, el monstruoso tirano de una dimensión donde el consumo de programas de televisión absorbe por completo a sus habitantes. Los Nuevos Mutantes, los alumnos más jóvenes de Charles Xavier, la rescatan (y a Brian, que acudió al rescate de su hermana y también fue hecho prisionero) y la devuelven a la Tierra: en el proceso, Betsy ha recibido unos ojos cibernéticos de su raptor (esos ojos van a servir a Mojo para espiar a los mutantes del Profesor-X, pero sería otro de los argumentos olvidados por Claremont).
La joven Betsy, que ha recibido como nombre de combate el de Mariposa Mental, se quedaría en la mansión de la Patrulla y enseguida ingresaría en el grupo. Precisamente, sería Alan Davis quien le haría los honores al hacerse cargo de dos números sueltos de esta colección, los 213 y 215, pertenecientes a una saga, la Masacre Mutante, que sería muy importante para el nacimiento de Excalibur, como ahora contaré. Por cierto que, abusivamente, tanto Mariposa como el Capitán Britania pasarían a ser designados como «mutantes» (en aquel tiempo de éxito arrollador de esta línea pareció que todo superhéroe digno de ese nombre debía llevar el famoso gen X en su ADN…), cuando sus previos lectores sabíamos que sus poderes se debían a la naturaleza alienígena de sus padres, enviados por Merlín, el mentor de Brian, a la Tierra para mejor proteger nuestro mundo.
En el 213, por cierto, Davis sería entintado por Paul Neary, el hombre que, como editor de Marvel UK, le había contratado para dibujar Capitán Britania. En ese momento, Neary dibujaba los lápices de la colección del Capitán América (sin destacar mucho, la cosa sea dicha) y ya en DC había comenzado a entintar a su antiguo pupilo. La asociación Davis-Neary abarcaría varios años y, por tanto, comprende la primera etapa del dibujante en Excalibur, por lo que debe destacarse. En su labor, Neary no demostraría la personalidad de otros entintadores cuyo trabajo cambia de un modo u otro los lápices que pasa a tinta, dejando una huella bien reconocible (pueden citarse a Joe Sinnott, Klaus Janson o Tom Palmer como buenos ejemplos, y ejemplos para bien). Pero es que, curiosamente, el hombre que con el tiempo lo sustituiría en esa labor, hasta la fecha, Mark Farmer, tampoco marcaría su trabajo. Dicho de otro modo, los dibujos de Alan Davis, siendo entintado por sí mismo o por estos dos incansables colaboradores, nunca ha variado. ¿Modesta subordinación de estos al dibujante o inteligente elección por parte de este de unos colaboradores que no fueran a alterar su trabajo?
Davis dibujaría aún otros dos especiales, el Anual 11 de The Uncanny X-Men, en el que el Capitán Britania y su novia Meggan también intervienen como invitados del grupo, y el Anual 3 de The New Mutants, el cual, sin duda, contiene el mejor resultado de esta previa colaboración entre los dos ingleses y que, además, supone un inmejorable presagio de Excalibur. La razón: al hilo de la apuesta que se cruzan dos de los más disparatados personajes de la casa, el entrañable Hombre Imposible creado por Stan Lee y Jack Kirby en Los 4 Fantásticos y el alienígena multiforme Warlock (miembro de los Nuevos Mutantes), Claremont y Davis ofrecen un descacharrante himno a la distensión, al humor más regocijante, a la narración pura, puesto que la trama y el tono permiten al dibujante demostrar todas sus capacidades para unir emoción y asombro, dejando bien claro por qué el guionista lo perseguía tanto: en las páginas de este episodio sucede de todo y la sensación que deja en el ánimo del lector no puede ser más maravillosa.
Después de comprobar Davis que podía perfectamente estar a la altura de Claremont (a quien admiraba muy sinceramente), el paso siguiente fue natural. A esas alturas de la saga mutante, la serie madre había creado tantas tramas y dado curso a tantos personajes que no cabían en ella. El éxito, además, aconsejaba a la casa darles salida en nuevas colecciones. Primero había sido creada, como vimos, Los Nuevos Mutantes (1982) y después Factor-X (1986) —que reunía a los Hombres-X originales creados por Lee y Kirby—, y no tardaría en caer Lobezno (esta hipertrofia acabaría, por desgracia, de ser una de las razones de la caída artística en picado del Universo Mutante).
La ya mencionada Masacre Mutante había servido a Chris Claremont para realizar un tajante cambio de alineación en su Patrulla-X: una estrategia de renovación que al guionista inglés, por lo general, siempre le salió bien y que servía para revitalizar la colección en cada momento en que parecía haber cierta acomodación. Para ello, aprovechó que dos de sus miembros emblemáticos, Rondador Nocturno y Gatasombra, habían quedado malheridos en el curso de aquella aventura. Al mismo tiempo retomó al Capitán Britania y a Meggan, libres tras el cierre de la colección que los albergaba. Y como excusa para justificar la creación del nuevo grupo (que, para personalizarlo frente a los ya existentes, tendría su residencia en Gran Bretaña), rescató a otro de sus personajes olvidados, a Rachel Summers, alias Fénix, hija de los emblemáticos Scott Summers/Cíclope y Jean Grey (la Fénix original, muerta en la más genial saga de La Patrulla-X).
Rachel procedía del terrible futuro distópico creado en la famosa minisaga conocida como Días del futuro pasado (The Uncanny X-Men 141 y 142, enero y febrero de 1982), en el cual los Centinelas, una generación todopoderosa de robots concebidos para acabar con los mutantes, se han hecho los amos del mundo, reduciendo a aquellos a la esclavitud. Después de cerrar ese canto del cisne de su colaboración con el gran John Byrne (que dejó la serie tan solo dos números después), Claremont rescataría a la joven en el número 184 de la serie. Ahora era ella quien viajaba al pasado anterior al atroz triunfo de los Centinelas (el guionista resolvería las contradicciones convirtiendo aquel futuro distópico en el de un mundo paralelo, claro). No voy a extenderme mucho para ir cuanto antes a Excalibur, pero tengo a Rachel Summers. que acababa asumiendo la poderosa herencia telequinética de su madre y el nombre bajo el que había muerto —¡aunque a esas alturas los rectores de Marvel la habían hecho resucitar y participaba en las páginas de Factor-X!—, por una de las mejores creaciones de Claremont, si bien este la desaprovechó un tanto y acabó no sabiendo qué hacer con ella. Es más, en el número 209 de Uncanny (septiembre de 1986) la hacía desaparecer de nuestra dimensión sin que desde entonces hubiera mediado la menor explicación. Solo sabíamos que en las últimas viñetas de ese episodio, Fénix parecía ser capturada por los esbirros de Mojo, el tirano de la dimensión multimediática que vimos como secuestrador de Betsy Braddock.
Excalibur nació con todos los honores en un especial titulado Excalibur: Espada en alto, con papel especial y mejor color (en un formato en esos años llamado «prestigio»), con fecha de abril de 1988. El equipo artístico, por supuesto, estaba formado por Chris Claremont en el guion y Alan Davis y Paul Neary en la parte gráfica. En esa colaboración con Chris, Davis solo firmaría el argumento de un episodio del cómic que se comenzaría a publicar cuatro meses después, el 16, y sin embargo es imposible que sus ideas no formaran parte de cada plot, sobre todo teniendo en cuenta que la riqueza de su narrativa lo exigía. Eso sí, el respeto máximo que tuvo en todo momento hacia Claremont le hizo aceptar su participación en el trabajo en equipo sin mayores ínfulas de autoría. Él nunca fue de eso.
La etapa de Alan Davis en Excalibur abarca dieciséis números, aunque estos se encuentren entre el 1 y el 24, este último con fecha de portada de julio de 1990. Dos años, más o menos. Las razones por las que no dibujó todos los números son variadas: su propia lentitud ante los márgenes de entrega, la enfermedad en el final de la primera decena de episodios y un lapso final no aclarado, entre los números 18 y 22 que yo, francamente, achaco al descontento del dibujante con la marcha de la serie. Davis, que yo sepa, nunca ha dicho nada, pero a esas alturas ya había decidido irse de Excalibur y si regresó para los dos episodios finales fue para cerrar la larguísima saga en curso desde el número 12.
Volvamos al número especial. Comienza con la huida de Fénix de la dimensión de Mojo (por supuesto, nunca se explicará qué ha pasado en ese tiempo) y el regreso a la Tierra, en concreto a Londres. Su llegada produce varios movimientos. Por un lado, Mojo envía tras ella a unos engendros biogenéticos, los Lobos de Guerra, que, además de la similitud con los cánidos terrestres, tienen la capacidad de apoderarse de esencias humanas y suplantar a sus dueños, convertidos en una «piel» que utilizan como cobertura exterior: un diseño de Davis verdaderamente genial. Por otro, Saturnina, la llamada Majestrix omniversal, guardiana de ese sector del multiverso por nombramiento de Roma, la hija de Merlín (el personaje había sido creado por Dave Thorpe, el primer guionista de la serie del Capitán Británica), considerándola un peligro, envía a la genial Tecno-Red en su busca. Los viejos amigos de Rachel, es decir, Kitty Pryde (Gatasombra) y Kurt Wagner (Rondador Nocturno) sienten su presencia y corren en su auxilio. También lo hacen el Capitán Britania y Meggan. Salvada del peligro, y teniendo en cuenta que aparentemente la Patrulla-X ha muerto ante las cámaras del mundo entero —en la saga conocida como La Caída de los Mutantes—, los tres ex miembros de ese grupo deciden quedarse en las islas, formando junto a Brian y Meggan un nuevo equipo que llamarán Excalibur porque, justo en ese momento tan emotivo, la mirada de Rachel se posa sobre un escaparate de la calle donde han combatido en el cual se alza una réplica de la mítica espada de Arturo. Y su cuartel general estará en el faro del Capitán, ya conocido de su cabecera propia.
La nueva serie se iniciaba en medio de grandes expectativas, como prueba el que contara con un papel de mayor calidad que el utilizado normalmente en las colecciones marvelitas. Claremont y Davis, salta a la vista, se pusieron manos a la obra con exultante entusiasmo: se nota que disfrutaban con lo que estaban haciendo. En Davis, es una cualidad quintaesencial, pero es que el guionista también se contagia de la facilidad del dibujante para hacer que todo parezca fácil, fluido y divertido. Abundan los gags gráficos: por ejemplo, las paredes de la guarida subterránea de los Lobos de Guerra están cubiertas de pósters de clásicos del cine sobre licantropía como El hombre lobo, Aullidos o En compañía de lobos. Las portadas son regocijantes: es famosa la del número 4 en que un limpiador, barriendo el espacio vacío, mira al espectador y suelta una larga parrafada en la que viene a decir que todo lo que se espera en una cubierta se puede encontrar, sí, pero dentro (¡genial!). Las sonrisas de los personajes son encantadoras (nadie ha sabido dibujarlas como Davis: viéndolas, uno instintivamente también sonríe).
Ahora bien, por desgracia, y vuelvo a mis reparos del principio del artículo, no tarda en advertirse que en el equipo artístico hay una rémora, algo que arrebata a las páginas una parte, pequeña sin duda pero indiscutible, de esa magia completa que podría tener. Como siempre en Davis, diríase que sus dibujos nacen sin esfuerzo de su lápiz y que todo fluye con espontánea facilidad, pero los diálogos aportan cierta pesadez que al principio se nota poco (en los principios todo parece nuevo y genial; es ley de vida que ese efecto se pierda más o menos pronto) pero que no tardará en hacerse patente. Claremont no puede evitarlo. No es consciente de que con Davis sobran los énfasis, los subrayados, la verborrea incesante, sobre todo si es para dejar bien claro que los personajes sufren, sufren mucho, siempre han sufrido y siempre sufrirán.
En las páginas de La Patrulla-X el lector avezado está más acostumbrado y acaba pareciendo natural. Pero en Excalibur no, sobre todo porque la distensión es la cualidad principal de las aventuras que vive este grupo. Una distensión saludable, porque para pasarlo mal ya estaban las otras colecciones mutantes (algo parecido sucederá en Los Nuevos Mutantes cuando Louise Simonson suceda a Claremont como guionista: con la ayuda de un artista capaz de dibujar adolescentes creíbles, Bret Blevins, hará que los mutantes jóvenes por fin se comporten y reaccionen como adolescentes). Por todo ello, si gráficamente la lectura de Excalibur es encantadora, en cuanto uno se detiene a leer los diálogos (y los bocadillos se multiplican hasta el infinito), su exceso de trascendencia se hace fastidioso. Qué mejor prueba que los episodios en que Davis cede los trastos a sus dibujantes sustitutos (encima, artistas tan discretos como Ron Lim o Marshall Rogers), en donde desaparecen el encanto y el humor, y la colección se vulgariza al pasar a primer término toda la morralla psicologista, siempre quejumbrosa, del guionista.
Por supuesto, Claremont no escribe para el presente, o para un futuro inmediato, sino que empieza a introducir personajes, incidentes o ideas para largo plazo. Ese recurso era parte consustancial de su dramaturgia y en La Patrulla-X le solía salir bien (salvo cuando, repito, se le olvidaba lo que había ido planteando). Pero el arte de Alan Davis parece exigir una mayor inmediatez. Es el reino del carpe diem: disfruta de este momento; no lo pongas en peligro por algo que todavía no va a suceder. El problema es que Claremont no lo tuvo en cuenta.
Por ejemplo, en las páginas iniciales de Excalibur 1 presenta a una extraña criatura robótica, que es poco más que un rostro circular con una enorme boca (otro diseño de Davis que cae bien). En las de Excalibur 2 hace lo mismo con un niño pecoso cuyos ojos felinos lo delatan como mutante, que es acosado por una banda de sicarios de los que escapa porque el robotijo anterior, del que se ha hecho compañero de juegos, crea una especie de portal dimensional por el que se introduce. El robot seguirá apareciendo y de hecho terminará por provocar la larga aventura entre dimensiones de la parte final de la etapa Claremont-Davis. El grupo lo adoptará, sin saber muy bien qué es ni de dónde procede (ni el guionista nos lo dirá, claro), bajo el nombre de Cacharro. ¿Y el niño? Del niño nada se sabrá, hasta que un par de años después Alan Davis vuelva a la colección, ahora como responsable total, y lo aclare, este y todos los cabos sueltos dejados por Claremont. Entre los cuales, además, están los extraños incidentes que vive el grupo en su faro, encontrándose con distintas criaturas que parecen asimismo proceder de otra dimensión.
Claremont también da paso al inspector jefe Dai Thomas, secundario consolidado del entorno de Brian, y recuerda a otro que él mismo había creado (y nadie más utilizado) en los primeros números de su Captain Britania, la chica con la que planteaba (al estilo de Peter Parker y sus cuitas sentimentales) la posibilidad de un romance para el joven Brian. Courtney Ross ahora es una importante banquera y se ha teñido el pelo de rubio, lo que la convierte (sin que esto se explique, faltaría más) en una sosias de Saturnina y también de un personaje procedente de la etapa de Jamie Delano, Opal Lun Sat-yr9, la Amatrix, otra versión paralela de la Majestrix a la que Britania conoce en un mundo totalitario. Prisionera desde su derrota, otra trastada imprevisible de Cacharro hace que pueda escapar a la Tierra y que allí suplante a Courtney Ross, a la que desintegra. En este caso sí me parece una buena idea de Claremont y no una mera desmesura: deja un saludable escalofrío como colofón a un episodio en el que Courtney se había ganado el respeto de todos al ser atrapada en el Mundo Asesino de Arcade e introduce unas expectativas que parecen prometedoras.
También hay espacio para personajes nuevos. Claremont y Davis crean un organismo específicamente inglés para los asuntos sobrenaturales. En ingles, el acrónimo es WHO (Weird Happenings Organization), que en la última versión española de Panini se traduce correctamente como ASE (Agencia de Sucesos Extraños), pero se pierden los juegos de palabras con los pronombres del original: inicialmente había sido traducida como QUIÉN. Kitty Pryde se prendará de uno de sus principales integrantes, el inteligentísimo Alistair Stuart, alto, espigado y de aire encantador (aunque, ¿qué personaje de Davis no lo parece?), pero este solo tiene ojos para Rachel. Alistair se verá implicado en la larga aventura dimensional.
La etapa de la pareja se divide en dos partes bien diferenciadas: una en su dimensión y otra en ese largo viaje al que ya me he referido varias veces. Por exigencias editoriales, la colección tuvo que interactuar con la saga anual del Universo Mutantes del año 1989, Inferno, y así es como el grupo descubre que la Patrulla sí había sobrevivido a La Caída de los Mutantes (ingenuo que se creyera otra cosa, pero bueno). Los números implicados atenúan el buen sabor de boca de los iniciales porque, por la naturaleza de la historia (que implica cambios drásticos entre las filas mutantes), se prestaba a un mayor dramatismo, que Claremont amplifica, como era de esperar.
A su regreso, Excalibur es convocado por la policía y la ASE: el tren que trasladaba a la doctora Moira McTaggert (personaje familiar a los seguidores de The Uncanny X-Men, una importante genetista asociada al Profesor-X) ha sido intercambiado por otro en el que viajaba su contrapartida de una dimensión en que el nazismo triunfó. Quien está detrás de todo es el anárquico Cacharro y esa será la excusa para la saga dimensional que se inicia en Excalibur 12 y en la que también se verá implicado Alistair Stuart.
Esta aventura inicialmente parece traer lo mejor. La primera parada es en un mundo donde conviven la ciencia y la magia, pero que Alan Davis dibuja como si fuera un escenario de cuento de hadas, con sus príncipes encantadores, dragones, ogros, brujas y demás. Es una parada absolutamente deliciosa (sirve también para cambiar un poco el uniforme del Capitán, simplificando el exceso de líneas que traían de cabeza a los coloristas), pero a su conclusión Cacharro los envía a otro mundo paralelo y desde ese momento la aventura se convierte en una montaña rusa que aun cuando sigue complaciendo acaba cansando. Alan Davis disfruta inicialmente puesto que el guionista pone a su disposición la excusa para lucir sus capacidades para recrear cualquier escenario, vestuario y lo que se le pase por la cabeza. Incluso puede rendir homenaje (en ese Excalibur 16 en el que firma el argumento) a su devoción por Edgar Rice Burroughs y su saga marciana. Pero todo se va estropeando, sobre todo cuando Claremont abusa de las posibilidades de utilizar las contrapartidas dimensionales del grupo para un recurso que ya había cansado en sus guiones para las otras colecciones de mutantes: matar y resucitar a sus personajes con la excusa de que todo es un juego alternativo o sugerir que el triste destino de alguno de los dobles está contenido en el interior de los «reales».
Me parece que el entusiasmo de Alan Davis fue cediendo poco a poco y que acabó por ver que la serie no iba a ninguna parte. Y si algo ha dejado claro el artista inglés es que a él le gusta que las historias progresen: que las situaciones y los personajes evolucionen y no acaben atrapados en un impasse que amenace con convertirse en eterno. Esa era la tentación perpetua de Claremont (y por eso, el guionista aprendió a conjurarla en The Uncanny X-Men mediante radicales, y saludables, giros de ciento ochenta grados). Pero Davis quería que esos personajes que había plasmado con tanto mimo progresaran aquí y ahora, y de modo consecuente. Cuando advirtió que él y Claremont tenían conceptos diferentes, abandonó la serie.
Como he dicho, cedió los bártulos durante cinco episodios (que son rigurosamente insoportables, además de confusos) y volvió para los números 23 y 24 (junio y julio de 1990). En ellos, se cerró la aventura con el regreso de los héroes a casa, a su casa (Gatasombra, no me pregunten cómo, lo había hecho un poco antes, y la falsa Courtney Ross se las había arreglado para enredarla, pero no recuerdo cómo se resolverá esta subtrama). El episodio de cierre es magnífico, con la reaparición de Saturnina (la auténtica) y de los múltiples integrantes de ese cuerpo omniversal de Capitanes Britania al que también pertenece nuestro Brian.
Y ya está. Desde Excalibur 25 a Excalibur 42 pasan dieciocho números que no han dejado el menor recuerdo. El mismo Claremont, desinteresado, abandonó la colección en el 35. Pero de pronto llegaron las noticias del regreso de Alan Davis, ahora también a cargo del guion. Sus admiradores nos frotamos las manos y volvimos a comprar la serie. Y el asombro que se apoderó de nosotros sigue reviviendo cada vez que abrimos las páginas ya muy manoseadas de aquellos episodios. En tan solo ocho (¡ocho!) números, Davis no solo crearía una de las sagas culminantes de toda la historia de Marvel sino que se permitiría ordenar y clarificar cuantos olvidos y acontecimientos singulares habían sido dejado atrás por el impenitente Claremont, no ya en los números iniciales de Excalibur, sino en todos aquellos de otras colecciones en que hubieran aparecido jamás sus integrantes. Y sin forzar la credibilidad ni la dramaturgia, de tal modo que, doy fe de ello, hubo lectores que piensan que lo que hizo Davis fue coger los apuntes que por fuerza tenía que haber dejado su predecesor. Pero no. En esta ocasión había un genio de verdad, con sentido de la responsabilidad y respeto por los lectores. Uno. Alan Davis.