Impresiones (6). La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza

6 La verdad sobre el caso SavoltaDespués de dos lecturas, separadas entre sí por siete años, en las que no he conseguido encontrar esas virtudes que han situado La verdad sobre el caso Savolta, desde el momento en que se publicó en la primavera de 1975, como un referente indiscutible de la nueva narrativa española del último tercio de siglo (como su precursora, de hecho, como el Juan Bautista que anuncia la llegada de los Marías, Vila-Matas, Muñoz Molina, Pombo y demás, aunque alguno ya había publicado previamente), creo haber dado con las claves desde la que puedo argumentar acerca de su sobrevaloración. El libro de Eduardo Mendoza surgía en un momento en que la novela española (la considerada «novela culta» con ese elitismo intelectual tan propio de nuestras letras, pero esta es otra cuestión) se había encerrado voluntariamente entre dos paredes que amenazaban con aplastarla. Por un lado, el ya tambaleante realismo de los cincuenta (y de toda la vida, aderezado en el final del franquismo con el inevitable compromiso ideológico); por otro, el reto de hacer frente al complejo de inferioridad que había provocado el boom latinoamericano y demostrar que también «nosotros» éramos capaces de ser modernos (aun cuando en la mayor parte de los casos significara tan solo ser abstruso). Pues bien, la novela de Mendoza fue saludada como un regreso de la narración, del argumento y de los personajes bien construidos, que al mismo tiempo no renunciaba a la complejidad estructural ni a la calidad estilística. Ahora bien, para mí en esta doble ambición estriba la clave de su fracaso.

Como avisa su título, el libro se articula en torno al asesinato de un poderoso industrial en la Barcelona de 1918, esa ciudad de los prodigios de la que se había apoderado una espiral de violencia social que ayudaría a desencadenar el primer golpe de estado del siglo XX español, el de Primo de Rivera. El caso es abordado desde muy diversos puntos de vista, y he ahí la complejidad estructural: Mendoza recurre a la narración en primera persona de un joven de clase media al borde del desclasamiento, Javier Miranda, sorprendido en el corazón de esos acontecimientos, pero también al relato en tercera persona de otros personajes (uno de ellos, el comisario Vázquez presagia una importancia que se irá diluyendo poco a poco), al par que se insertan artículos periodísticos y declaraciones judiciales amén de quebrarse el orden cronológico del relato, que camina hacia atrás y hacia delante creando un laberinto cuyo objeto evidente es servir como símbolo del propio laberinto personal en que se han perdido tanto el protagonista como esa ciudad que camina hacia su destrucción. El problema es que esa alambicada estructura cronológica y ese inserto de distintos recursos narrativos al final resultan del todo prescindibles, y qué mejor prueba que el hecho de que, a medida que nos vamos acercando a la conclusión, Mendoza prescinde de todo eso y deja prácticamente como única voz la del relato subjetivo de Miranda. Es más, esa estructura crea unas expectativas que al final resultan falsas. Que Miranda esté siendo interrogado nada menos que en los Estados Unidos nueve años después de los hechos narrados da a entender que ese caso Savolta posee una complejidad que va más allá de su inicial vulgaridad. Sin embargo, la explicación final a ese excurso americano resultará bastante banal. De hecho, todavía hay una demostración mayor de que ni el propio Mendoza confía en su tela de araña y es la prolija explicación con que obsequia al lector: tanta modernidad para que al final el escritor decida que lo mejor es contar las cosas del modo más claro posible, como siempre…

6 Eduardo MendozaQueda la alabada parte narrativa. Y aquí, dejando de lado no ya la pérdida de tiempo sino la pérdida de atmósfera que supone tanta distracción inútil, por mucho que en efecto el libro cuente una historia de pretensiones clásicas, ni esta tiene mucho interés ni los personajes mucha consistencia. El contexto sí lo tenía y por momentos compensa un tanto las debilidades señaladas, pero no es suficiente. Al final, La verdad sobre el caso Savolta resulta ser nada más que un clásico relato de triángulo sentimental, cuyos vértices son un pobre diablo al que todos toman por tonto, una mujer fatal y un carismático y manipulador arribista que llega a creerse en la cima del mundo. Pero esa pasión malsana que destruye a todos sus participantes no funciona porque se requería que los personajes nos resultaran dramáticamente necesarios. Y no lo son, comenzando por Miranda, ese personaje-testigo a través de cuyo relato subjetivo el lector ha de entrar en la novela, cuya hondura psicológica no está conseguida por lo que resulta muy difícil identificarse con esa zozobra existencial que padece a lo largo de toda la historia, en especial en su parte final.

En la constatación de que ningún personaje es lo que parece ser, ni los protagonistas —el supuestamente carismático Lepprince resulta tener los pies de barro, la mujer fatal lo es muy de andar por casa— ni los secundarios, podría argumentarse que justamente el propósito de Mendoza era efectuar una reflexión sobre la Apariencia. Sin embargo, para admitir esto se necesitaría que la novela presentara una entidad dramática superior a la que tiene: como no la posee, los personajes se quedan en la superficie y no como símbolo de nada más. Excluyo de esta aseveración al más interesante de todos, el abogado Cortabanyes, extraño vínculo entre Lepprince y Miranda, el único cuyo misterio queda preservado una vez concluida la lectura, seguramente porque desde el principio se presenta como un sujeto anodino que no parece tener ningún recoveco: y los tiene, otra cosa es que se aprovechen.

Ahora bien, no quiero que todo parezca negativo. Mendoza no tiene la culpa de que su novela se convirtiera en portaestandarte literario: para él era su opera prima y es por ello lógica la falta de oficio que denota. Por si alguien piensa que estoy derribando sin más su figura, añado que le debo varias lecturas gozosas de la parte humorística de su obra, la de El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas, que culminó la regocijante Sin noticias de Gurb. Además, para ser una novela tan larga y con tantos problemas, la lectura del presente libro aguanta bien hasta el final. La conclusión parece clara: en La verdad sobre el caso Savolta está el nacimiento de un narrador. Y hay partos que son muy difíciles (o que las circunstancias hacen difíciles). Por cierto que un poco antes, el gallego Gonzalo Torrente Ballester, haciendo honor al mismo propósito que Mendoza, había conseguido esa novela capaz de deslumbrar tanto por su sentido narrativo como por su complejidad estructural (esto último mediante un doble salto mortal: tiene un toque paródico que es desternillante pero este mismo recurso a la vez resulta fundamental en el plano dramático). Me refiero, claro, a La saga/fuga de J. B. Pero Torrente tenía más de treinta años de oficio y por tanto no servía como emblema de ninguna narrativa joven.

La verdad sobre el caso Savolta. Seix-Barral (colección Booket), 2016.

Primera edición de 1975.

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About Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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