Desde el momento de su publicación, Tropas del espacio (1959) ha sido considerado algo así como uno de los emblemas literarios del fascismo. La exageración es evidente, por mucho que los argumentos que dan los varios personajes que actúan como instructores del ejército bien puedan ser etiquetados así. La acción se sitúa en la Tierra de un futuro en el que ya hace mucho tiempo que se ha producido la expansión por las estrellas y esto nos ha puesto en contacto con razas hostiles, con las que solo cabe el enfrentamiento (los arácnidos que forman la sociedad-colmena a los que la traducción de la novela llama los Chinches). En esa sociedad futurista se ha alcanzado un notable bienestar económico y no existen los conflictos sociales o políticos, pero solamente alcanzan la categoría de ciudadanos (que son quienes votan y quienes componen la élite que toma las decisiones) quienes han dedicado algunos años de su vida al servicio militar. La razón es que solamente quien sabe lo que es el sacrificio por los demás (la vida castrense es durísima, no tardará en comprobar el protagonista, Johnnie Rico, cuya progreso militar seguiremos a lo largo de la novela) está legitimado para tomar las decisiones. Ciertamente, el dibujo que la novela ofrece de los mandos militares no puede ser más ideal: todos y cada uno de ellos no solo son psicólogos inigualables, sino que carecen de cualquier inclinación violenta; es más, la dura criba, que hace que la mayor parte de los reclutas abandone el cuerpo, no provoca ninguna discriminación, represalia o burla, incluso aunque esto se produzca en el momento justo previo a la entrada en combate: se entiende que lo mejor, siempre, es que quienes se queden sean los mejores, pues su dura tarea lo exigirá.
El nombre de Robert A. Heinlein (1907-1988) no ha trascendido más allá de los incondicionales de la ciencia-ficción (si bien entre estos siempre se lo ha reverenciado como uno de los más grandes), tal vez porque le ha faltado una proyección en el cine o la televisión (aunque cuenta con varias adaptaciones: entre ellas destaca Predestination, según su magnífico relato Todos vosotros, zombis). Heinlein, por cierto, había iniciado su vida profesional en la carrera militar, graduándose en la Academia Militar de Annapolis (posiblemente aquí radica el convincente retrato que da en el libro de las instituciones similares para la infantería estelar), mas tuvo que abandonarla, a los veintisiete años, como consecuencia de una tuberculosis. Es más, el soldado Heinlein tenía asimismo una buena formación científica (muy superior a la de la mayor parte de los autores de un género que, en teoría, exige algún tipo de base en dicha disciplina), por lo que no extraña que buscara una alternativa profesional en la ciencia ficción.
¿Expresa, por tanto, la novela el ideario de un escritor nostálgico de un mundo en el que había previsto que transcurriera su vida y que, más de veinticinco años después de haberse despedido por él, contemplaba bajo el barniz añadido de la nostalgia de la juventud? Muchos partidarios del escritor han defendido que el puntillismo obsesivo con que la novela defiende esa visión tiene por objeto, precisamente, advertir que la benéfica distopía militarista es, como todas las distopías, un infierno en el que no existen los valores humanísticos. Sin embargo, también es cierto que el ejército de novela se muestra inusitadamente comprensivo con las debilidades de quienes no se revelan preparados para soportar retos tan mayúsculos: los muchos reclutas que acaban abandonando nunca reciben el menor trato vejatorio e incluso se les da toda clase de facilidades, incluso la de renunciar justo cuando están a punto de recibir su bautismo de fuego, sin castigo alguno. Por otra parte, Tropas del espacio es una exposición inusitadamente inteligente de las razones del militarismo, que incluso incluye una «explicación» del fracaso de las bienintencionadas democracias del siglo XX que es el pasado en la novela: la ausencia del necesario sentido de la responsabilidad en la sociedad, entre otras razones por la falta de castigo, que siempre deteriora la exigencia del deber. En cualquier caso, la novela asume el punto de vista de su protagonista, lo cual, cuando las ideas de un libro molestan a un lector, sirve en bandeja la denuncia de que el autor habla por aquel… lo cual puede ser cierto y no serlo, si bien parece razonable creer que, en este caso, Heinlein no discordaba mucho de su Johnnie Rico.
En cualquier caso, Heinlein utiliza este recurso clásico para otorgar una notable coherencia dramática a esa visión militar del futuro. Uno podrá sentir algún escalofrío ante la mera idea de que se pueda materializar alguna vez (y también del hecho de que, en el pasado, ha habido más de una sociedad que tuviera esos mismos valores), pero es evidente que el protagonista acaba convenciéndose de la pertinencia de los mismos, y que esa convicción dramática ayuda al lector a penetrar en la novela, sin sentir que su sistema de creencias (en el caso de que no coincidan, claro: habrá de todo) ha de sentirse profundamente ofendido. Es la magia de la buena literatura y, dentro de sus limitaciones, esta novela es una buena novela. Es verdad que contiene varios lastres. El principal de ellos es cierta tendencia a la monotonía, que hace que su parte final, la misión en la que el protagonista se gana su puesto como oficial, resulte lo más aburrido de la novela. Ahora bien, Tropas del espacio está contada con suma habilidad narrativa y, por supuesto, con completa convicción por parte de un autor que, no cabe duda, cree en lo que cuenta. Es por tanto un clásico de la ciencia ficción que sus amantes deben conocer. Y que está mil veces mejor que la repelente adaptación, esta sí hipócrita por su forma de jugar a dos barajas, que Paul Verhoeven dirigió en 1997 con uno de los peores repartos de la historia del cine.
* Tropas del espacio, de Robert A. Heinlein. Traducción de Amparo García Burgos. Martínez Roca, 1982.
Título original: Starship Troopers (1959).
Yo encontré tropas del espacio como un libro fascinante. Lo más curioso es que estaba haciendo el servicio militar cuando lo leí, y no es que la gente que encontré allí se pareciera mucho a los personajes del libro, pero la descripción de la institución militar era bastante exacta. Recién años después se me ocurrió pensar que mi experiencia era distinta a la del promedio, y me pregunté por qué. La respuesta que me di, es que yo me presenté como voluntario en los paracaidistas, y cuando hay un auténtico peligro de muerte, igual para todos ( y un accidente puede pasarle a cualquiera, desde el jefe al último soldado ) el ambiente cambia
El gran atractivo, para mí, de «Tropas del espacio» es ese magistral modo en que nada en distintas aguas, compaginando y equilibrando diversas lecturas, incluso contradictorias entre sí, sin que parezca en ningún momento que el autor quiera curarse en salud y complacer a todo el mundo. Yo, eso sí, no tengo con qué comparar pues nunca he vivido ningún ambiente militar: en su día no hice el servicio llamado aquí la «mili». Eso sí, la película en cambio (aunque no la he vuelto a ver desde su estreno) creo que sí incurre en ese vicio de querer ser irónica para guardar la ropa cuando es una evidente apología militar. De hecho, me parecen cargantes todos los elementos presuntamente irónicos, que la lectura del escritor desmonta por completo. La novela es un ejercicio honrado que invita a pensar; la película, un «blockbuster» que nada entre dos aguas con hipocresía y que, en el plano narrativo, tampoco me parece eficaz.
Por mi parte, siempre encontré los libros de Heinlein muy buenos, con un ritmo narrativo impresionante, e ideas muy interesantes. Por ejemplo, amo de títeres; forastero en tierra extraña; y otros, de los que no me acuerdo el titulo
«Amo de títeres» es una de las novelas que no he leído y me atraen más. Entre las leídas, me encanta «La desagradable profesión de Jonathan Hoag».