En Café Montaigne: Guillermo Brown el travieso, el proscrito, el genial

 

En Café Montaigne: Guillermo Brown el travieso, el proscrito, el genial

Guillermo el gángsterAcabo de publicar en Café Montaigne un artículo (como otras veces, revisado y corregido después de aparecer en esta mano del extranjero) sobre una debilidad literaria personal que sé que comparten apasionadamente unos cuantos incondicionales, y que el resto, por desgracia, seguramente no conocerá. Se trata del inolvidable Guillermo Brown, cuyos libros son referencia imprescindible en la formación de varias generaciones en su Inglaterra natal y que, fuera de las islas, encontró en España su mejor tierra de adopción. Publicados por la editorial Molino, en los años cincuenta y sesenta gozaron de enorme fama (yo heredé mis primeros Guillermos de mi madre) y todavía en los setenta se defendieron, con nuevas ediciones (y peores, claro: cometieron la osadía de no incluir los entrañables dibujos del gran ilustrador de la saga, Thomas Henry), para ir declinando hasta desaparecer de la edición española. El último intento, no hace muchos años, compilando varios tomos, no debió de funcionar porque no aparecieron más. Y es una pena, porque estos libros son un tesoro. Parece literatura infantil, porque su protagonista es un niño de eternos once años, pero (Fernando Savater lo explica muy bien en el capítulo que le dedica en La infancia recuperada, primer texto en el que descubrí que había más lectores del personaje) sus andanzas carecen del tono blando y, por mucho que se disimule, finalmente moralizante de la mayor parte de las series de ese tipo (por ejemplo, Los Cinco) para proponer un canto a la transgresión que tiene pocos parangones en la literatura, especialmente porque Guillermo Brown no va ni mucho menos de rebelde, con o sin causa. La clave está en el punto de vista, el que aporta la admirable escritora que lo creó, Richmal Crompton. Esta antigua profesora de latín —que supo reírse de sí misma: el latín es la asignatura que más odian Guillermo y sus amigos los Proscritos, pues ¿qué sentido tiene estudiar una lengua muerta?—, retirada de la docencia por las consecuencias de una poliomielitis, entendió bien cómo situarse en la perspectiva de un niño y, sin mitificar banalmente la infancia, comprender que el mundo adulto es un universo de aburridas convenciones que no hay que destruir (Guillermo quiere bien a los adultos que lo rodean, su familia, aunque le fastidien sus intentos de controlar su libertad) pero sí del que lo mejor es alejarse el mayor tiempo posible. Nunca he dejado de leer y releer estos libros, siempre con una sonrisa en la boca… y con la triste certeza de que ya nunca podré unirme a esos Proscritos y vivir con ellos (vivir, que no es lo mismo que jugar) sus múltiples aventuras, sea encontrar espías alemanes en el cottage de al lado o pigmeos en el corazón de Inglaterra. Porque encontrarlos, creedme, siempre los encuentran.

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About Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 Responses to En Café Montaigne: Guillermo Brown el travieso, el proscrito, el genial

  1. Avatar de Renaissance Renaissance dice:

    Hace un par de años volví a releer alguno, creo que había sido Guillermo el proscrito, y siguió divirtiéndome tanto como cuando los saqué la primera vez de la biblioteca del colegio (estos sí que eran una edición de Molino en tapa dura, con las ilustraciones originales). La visión de Crompton del mundo de Guillermo, esa rebeldía, y ese reflejo de su entorno familiar y la vida en el pueblo que podemos ver a través de lo que narra Crompton, hace que resistan mucho mejor el paso del tiempo. Él, seguramente, no se llevaría nada bien con los cinco ni con las internas de las torres de Mallory, siempre tan dentro de las normas establecidas.
    Tampoco me parece raro que el intento de reeditarlo no haya salido bien. Igual que aquella edición que habían hecho de ¡Abajo el colejio!, tiene hoy un valor más anecdótico para los lectores adultos que para un niño que se sienta más cerca de El diario de Greg que de un chaval que odia estudiar una lengua que hoy ha desaparecido de los planes educativos.

    • Recuerdo haber pasado con naturalidad, de niño, de Guillermo Brown a Los Cinco, sin notar mucho la tremenda diferencia artística entre una obra y otra. A esa edad, me pareció que se complementaban sus respectivas aventuras: más cotidianas y divertidas en el caso de Guillermo; más emocionantes, más «aventureras», las de los personajes de Enyd Blyton. Es la relectura a edad adulta la que delata la blanda insipidez de unos frente a la radiante revulsión del primero. De ahí que siempre insista en que la buena literatura infantil o juvenil es la que crece con nosotros y no se queda en la edad en que la descubrimos (o no la descubren).

      Por otra parte, tampoco a mí me extrañó el fracaso (al contrario, me extrañó la audacia del editor con el primer y único libro que sacó al mercado). Es otro mundo en el que ahora tiene que competir Guillermo Brown. Por otra parte, son los padres los que eligen las lecturas de sus hijos (con ayuda de las campañas de publicidad, por supuesto) y el rumbo que ha tomado la literatura juvenil ahora es muy distinto. Supongo que seguirá habiendo cosas salvables, pero a mí ya me fastidió en su día descubrir que había libros «por edades», incluso dentro de la misma editorial (Barco de Vapor, por ejemplo). Es posible que eso también existiera durante mi infancia, pero de ser así yo no lo advertí y mis padres tampoco, pues sus regalos de libros consistieron casi siempre en versiones reducidas de los clásicos de la aventura del XIX (Verne, Stevenson…). De hecho, mi madre no me «entregó» nunca el legado de libros de Guillermo Brown sino que yo los descubrí por casualidad en un armario olvidado en casa de mi abuelo. En fin, que la literatura «para niños» recorre extraños caminos hasta encontrar el lector adecuado.

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